El G-7 le apuesta a otra ‘Guerra Fría’

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Aspecto de la reunión del G-7 en Cornualles, Reino Unido

Algunos observadores se preguntan hasta dónde está dispuesto a llegar el complejo militar-industrial de Estados Unidos, que controla el timón del Gobierno de ese país, para evitar la pérdida de la supremacía mundial

Alberto Acevedo

La cita anual del llamado Grupo de los Siete, el club de los países más ricos e industrializados del planeta, se interrumpió el año pasado por la pandemia del coronavirus. Ahora ha vuelto a reunirse, esta vez en Cornualles, una pequeña población de la Gran Bretaña, y su agenda se centró en al menos tres temas, que las potencias consideraron fundamentales: El cambio climático, la vacunación del mayor número de personas en el planeta y la lucha por contener el avance económico arrollador de China, que ya algunos la sitúan como la primera potencia en no pocos aspectos.

Uno de los hechos más publicitados ha sido el anuncio de la entrega de mil millones de vacunas anticovid para los países pobres. “Me complace anunciar que este fin de semana los líderes se han comprometido a aportar más de mil millones de dosis, ya sea directamente o mediante financiación del Fondo Covax”, dijo el primer ministro británico y anfitrión de la reunión, Boris Johnson.

Esta es la salida que las grandes potencias proponen para contener la pandemia. En ningún momento asomó en la discusión de los líderes del capitalismo global la propuesta de suspender los derechos de propiedad intelectual de la vacuna, para que los países en desarrollo la produzcan, se apropien de su tecnología y hagan frente a la escasez de suministros.

No a las vacunas populares

El propio Boris Johnson encabezó la negativa de las grandes potencias a renunciar a la patente de las vacunas. Es decir, las vacunas no se pueden fabricar si no están de por medio las multimillonarias utilidades de las farmacéuticas. Para el G-7 no hay ‘vacunas populares’ a pesar de que las investigaciones han sido financiadas con fondos públicos.

El otro compromiso tiene que ver con el anuncio de que los líderes entregarán cien mil millones de dólares cada año, hasta el 2025, para financiar programas que contribuyan a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Los gobernantes de las economías más desarrolladas se comprometen a ampliar rápidamente las tecnologías y políticas que aceleren la transición a fuentes de energía sostenibles.

Estos temas, importantes sin duda, fueron evacuados rápidamente. Lo que más atención mereció de la reunión fue la relación que las grandes potencias, a instancias de Estados Unidos, tendrán en el futuro frente a China y Rusia. Antes que encontrar salidas a los problemas del desarrollo, el club imperialista prefirió indagar formas de asilar a China y Rusia, en una reedición de la ‘Guerra Fría’.

Poder del mercado

Un problema, de entrada, que el G-7 no entiende es que, en la década de los años 70, mientras los socios del G-7 representaban alrededor del 80 por ciento del PIB mundial, hoy solo representan el 40 por ciento, situación que los pone en enorme desventaja para competir con potencias como Rusia y China.

Una desventaja adicional para Estados Unidos, quien lideró la animadversión hacia el gigante asiático, es que hoy los mayores mercados en el mundo son China y la Unión Europea. Y por el poder gravitacional del mercado, es imposible evitar un acercamiento de estos dos polos de comercio y de desarrollo.

Pekín es consciente de ello y desarrolla un megaproyecto comercial conocido como la Nueva Ruta de la Seda, con centros de valor agregado, un rasgo que favorece la economía de todos los países que atraviesan esa megaconexión. Y Estados Unidos quiere evitar a toda costa ese acercamiento. Quiere aplicar la ley de la jungla mientras sermonea sobre derechos humanos.

El problema de Taiwán

Los líderes de las potencias reunidos en Gran Bretaña, aseguran que China debe responder por políticas de derechos humanos acordes con lo que occidente considera como el sentido de la democracia. Y en esa perspectiva, rectificar su estrategia frente al problema de Taiwán y de algunas minorías étnicas.

“Promoveremos nuestros valores, incluso pidiendo a China que respete los derechos humanos y las libertades fundamentales, especialmente en relación con Xinjiang y esos derechos, libertades y alto grado de autonomía para Hong Kong, consagrados en la Declaración Conjunta Sino-británica”, dice una declaración del G-7.

Lo que se preguntan algunos observadores es hasta qué punto de agresividad está dispuesto a llegar el complejo industrial-militar de los Estados Unidos, que es el que en realidad controla el timón del gobierno de ese país para evitar la pérdida de la supremacía mundial. El relato sobre derechos humanos y el caso de Taiwán no obedecen a una situación concreta sino a fabulaciones de los servicios de inteligencia norteamericanos y británicos para crear un ambiente favorable que permita inmiscuirse en los asuntos internos de China.

Decisiones mundiales por consenso

El gigante asiático reaccionó enérgicamente a las pretensiones de los líderes del capitalismo global. El mismo día en que terminó la cumbre del G-7, el portavoz de la embajada china en Londres hizo unas primeras declaraciones.

“Han quedado atrás los días en que las decisiones globales eran dictadas por un pequeño grupo de países”, dijo el diplomático y precisó que todos los Estados son iguales, independientemente de que sean grandes, pequeños, pobres o ricos, por lo que “los asuntos mundiales deben tratarse mediante la consulta de todos los países”.

La declaración del G-7 sobre la situación en Taiwán contiene versiones “tergiversadas”, precisó el diplomático, y dijo: “Instamos a Estados Unidos y a otros miembros del G-7 a respetar los hechos, entender la situación, dejar de calumniar a China y hacer más cosas que contribuyan al desarrollo de la cooperación internacional, no a la creación artificial de confrontaciones”.

Un acontecimiento adicional, del que se ocupa la prensa mundial, y que pone fin al periplo que el presidente de los Estados Unidos ha hecho por Europa, que incluye además una reunión con la OTAN, es la cita prevista para este miércoles, con el jefe de gobierno de Rusia, Vladimir Putin.

Cuando Biden ha hecho una declaratoria de guerra contra China y Rusia, quiere activar la OTAN como punta de lanza para un nuevo intervencionismo, impone sanciones a diestra y siniestra, se esperaba que la cumbre resulte particularmente tensa. Observadores internacionales confiaban en que se imponga el pragmatismo y el sentido común y se consiga oxigenar las relaciones entre las dos potencias.