El centro y el pueblo

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Pietro Lora Alarcón 

Una frecuente expresión de realismo político es celebrar la derrota de unos, pero no necesariamente, o por lo menos con la misma intensidad, la victoria de sus adversarios. Para Latinoamérica la derrota de Trump no significa vivas a la victoria de Biden, tampoco en Brasil la derrota bolsonarista en las alcaldías y la municipalidad significa un viraje celebrado alegremente. En ambos casos se impuso la lógica del aparentemente “menos peor” bajo el lema de que, en tiempos de crisis, “no hay lugar para aventuras; hay que votar en aquel que sabe y tiene experiencia. Por lo tanto: nada de improvisar”.

La UE, a su turno, dio a conocer el Informe anual sobre el Estado de Derecho, que alerta para las “amenazas a la democracia” y contra los gobiernos de Hungría y Polonia, que bloquearon el presupuesto comunitario 2021-2027 y “no guardan respeto por la separación de poderes”.

En este cuadro, hace ya un tiempecito que a la derecha tradicional y a su gran prensa les encanta jugar a los “polos políticos”: arman un tinglado con, de un lado, la derecha grotesca, la “no civilizada”, resultado del desgaste de la “política tradicional”; del otro, la “izquierda radical”, de lenguaje inclusivo pero que es igual de violenta porque “eliminará la propiedad” y, si gobierna, su torpeza hará caer las inversiones, abrirá sus brazos a China y Rusia. Por eso, los “imparciales” comentaristas terminan al final proclamando que lo mejor es: ¡el centro, claro! ¿Y que es el centro? La derecha “tradicional civilizada” y “políticamente correcta”, que es “culta y con experiencia para gobernar”, al final, llevan mucho tiempo haciéndolo, y por eso conocen la fórmula para salir del atolladero.

Como se observa, nada de crisis, ni de trabajadores, ni de derechos. A la receta electoral de por quien votar se llega con chismes políticos y claro, sin abrir espacio a “peligrosas propuestas”.

En Colombia la derecha tradicional nunca fue, con contadísimas excepciones, civilizada ni políticamente correcta. Su carácter de clase y su dependencia ante los monopolios gringos, hizo que históricamente sus grados de actuación sobre lo fundamental -tierra, capital, trabajo, democracia, fuerza y persuasión- en su relación con un pueblo que reclama por derechos varíe entre ser omisa, cómplice, agente o protagonista de la violencia, simbólica y explícita.

Sin embargo, sin reduccionismos hay que decir que el panorama es complejo. En el país hay sectores más allá y más acá. Lo que implica, naturalmente, identificar aliados para un proyecto político constructivo capaz de derrotar a los enemigos de la paz, hacer cumplir los acuerdos y avanzar a otra etapa. Pero para la derecha, polarizar será fundamental. Es una buena carta. La jugará previsiblemente buscando el “Biden colombiano”, para su gatopardismo sempiterno.

En esas circunstancias lo peor que nos puede pasar en el análisis y la acción política es entrar en coyunturales campañas, que ciertamente habrán de jugar en el desarrollo de los acontecimientos, pero que no pueden hacernos rehén exclusivamente de ellas, sino que tienen que ser movilizadoras para construir organización, preparar escenarios, aprender de experiencias y educarnos en la lucha por la conquista concreta de derechos para la gente.

La unidad en la pelea cotidiana es la que define el rumbo, si es proyectada al terreno de la política con impacto transformador. Por eso, si algunos apuestan en el centro, otros tenemos que continuar apostando en el pueblo.

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