El capitalismo contra el clima

0
319
Protesta para frenar el cambio climático en Núremberg, Alemania. Foto Markus Spiske en Unsplash

Se reúne la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, COP-26, en Glasgow, Escocia, con el propósito de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y evitar que el aumento en la temperatura global sea superior a 1,5°C para el año 2100. ¿Por qué se espera poco de este evento?

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

Para llegar a Glasgow, Escocia, lugar donde se desarrolla la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, COP26, el presidente Iván Duque tuvo a su disposición el avión presidencial llamado “República de Colombia 1”. El aeroplano es un Boeing 737-700, reconocido internacionalmente por ser uno de los pocos aviones presidenciales militarizados con el estatus OTAN E-4 (que significa nivel máximo de protección), además está monitoreado por satélites norteamericanos e israelíes y cuenta con capacidad balística nuclear de cuarto grado.

Para cruzar el Atlántico, Duque y la delegación colombiana que está en Escocia tuvo que asumir un viaje de 15 horas. El avión de fabricación estadounidense es bimotor, de reacción y con fuselaje estrecho, para funcionar utiliza el JET-A1, un hidrocarburo diseñado especialmente para aeronaves. En la ida y regreso del viaje, el “República de Colombia 1” gastará aproximadamente 250 millones de pesos en combustible y generará cerca de 200 toneladas de dióxido de carbono (CO2), uno de los gases más contaminantes que se emiten en la Tierra.

Ante lo que es una abierta paradoja con la emergencia climática, hay un elemento adicional que raya entre el absurdo y lo cómico. En la delegación oficial están María Juliana Ruiz (esposa), Luciana, Matías y Eloísa María Duque Ruíz (hijos menores de edad), Andrés Gregorio Duque Márquez (hermano) y María Fernanda Sandoval Ramírez (prima de la primera dama). Y así, como si se tratara de un clásico paseo de olla familiar, el Gobierno de Colombia llegó a Glasgow a una de las conferencias internacionales más importantes en la historia de la humanidad.

La COP26

Como ya se dijo, entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre se reúne en Glasgow, Escocia, la COP26, acrónimo que obedece a la edición vigésimo sexta de las partes que desde 1992 se congregan alrededor de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. También será un espacio donde se incluye la quinceava asamblea de los países que firmaron el Protocolo de Kioto (1997) y la segunda junta del Acuerdo de París (2016).

En dos semanas cruciales, las principales lideresas y líderes del mundo discutirán en torno a la misma promesa de hace casi treinta años: reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y frenar la crisis climática. Agregado a ello, en esta nueva reunión hay una meta clara. Evitar que el aumento en la temperatura global sea superior a 1,5°C para el año 2100, que según organizaciones científicas y los movimientos defensores de la naturaleza, puede llegar a 2,7°C si no se toman decisiones radicales para mitigar la emergencia.

Lo anterior es fundamental para el futuro de la humanidad porque de calentarse el planeta, tal y como indica el camino actual de 2,7°C, las consecuencias serían catastróficas. El aumento del nivel del mar sería de 1.8 pies; prácticamente todos los corales del mundo se blanquearían; se derretiría el hielo marino del Ártico, con una proyección de al menos uno cada 10 años; más de dos mil millones de personas estarían expuestas al calor extremo y las plagas derivadas; se incrementaría a un 170% el riesgo de lluvias y nevadas; entre otras graves secuelas.

Las cifras

Para entender la crisis climática, las cifras son concluyentes. Desde la primera Revolución Industrial que se inició en la segunda mitad del siglo XVIII hasta la actualidad, el planeta Tierra se ha calentado 1,1°C. La explicación es que el proceso de transformación económica, social y tecnológica ha liberado una cantidad de gases por la quema de combustibles fósiles y por la deforestación de grandes extensiones de bosques, ocasionando daños en la atmosfera de la tierra.

En la actualidad los países que más emiten son China (26,1%), Estados Unidos (12,6%), Unión Europea (7,5%), India (7%) y Rusia (5,3%). Por su parte, entre los gases que más contaminan y que son generados por la humanidad se encuentran el Dióxido de Carbono (66%), el Metano (16%), los Clorofluorocarburos (8%), el Óxido Nitroso (7%), entre otros.

Desde otra perspectiva, los sectores económicos que más producen gases que afectan el clima global son la producción de electricidad y calor (25%); la agricultura, silvicultura, deforestación y otros usos de la tierra (24%); la industria (21%); el transporte (14%); y la construcción (6%).

Desesperanza

La compleja coyuntura ha derivado que diversas voces y medios corporativos de comunicación de orientación liberal, adviertan sobre la desesperanza que despierta el debate sobre el cambio climático.

La primera es que es un fenómeno desigual, porque los países del norte industrializado que más contaminan no son los que sufrirán las consecuencias devastadoras, sino por el contrario, será el sur global el más afectado. Si bien las imágenes de inundaciones en Nueva York y granizadas espectaculares en Sídney ocupan los principales titulares, se invisibiliza que, por ejemplo, en Madagascar llevan cuatro años de sequías donde medio millón de niños y niñas están al borde de la desnutrición, fenómeno que se ha llamado la “hambruna del cambio climático”.

Y lo segundo, pero no menos importante, es que un cambio radical en las políticas globales que generan contaminación implicaría un esfuerzo financiero exorbitante, situación que está lejos de concretarse. La pandemia y el fracaso del mecanismo Covax, que pretendía combatir la desigualdad en la vacunación global, es un precedente de como en geopolítica prevalece la insolidaridad, el nacionalismo económico y el “sálvese quien pueda”.

Lo curioso de todos los análisis, que en cierta medida configuran diagnósticos secundarios, es que evitan a toda costa señalar que el pecado no lo tiene el dióxido de carbono o el consumo de carne, sino que la culpa tiene un responsable y es el capitalismo como modo de producción hegemónico.

Enfrentar lo de siempre

Al cierre de esta edición, en el COP26 todo marcha según lo previsible. Rimbombantes anuncios, presupuestos ambiciosos para mitigar el cambio climático y “cooperación” entre el norte industrializado y el sur pobre. Incluso, el presidente Duque y su comitiva familiar han anunciado que Alemania, Noruega y el Reino Unido consignarán 35 millones de dólares para frenar la deforestación del Amazonas, al mismo tiempo, que presenta una ruta publicitaria de como el país será para el 2050 un territorio con carbono neutro.

Pero más allá de la conferencia, que como con los Protocolos de Kioto y el Acuerdo de París serán solo promesas, debemos ser conscientes que, si la tendencia sigue, el cambio climático lo transformará todo en nuestro mundo. Hasta el momento, las potencias económicas han hecho poco o nada frente a la catástrofe, fundamentalmente porque reducir las emisiones contaminantes significa un conflicto estructural con la naturaleza del capitalismo depredador y afectaría los intereses de la elite minoritaria de billonarios que dominan la economía global, los principales procesos políticos “democráticos” y los más influyentes medios corporativos de comunicación.

Aunque el panorama es catastrófico, siguiendo las reflexiones de la periodista canadiense Naomi Klein, el cambio climático también representa una oportunidad histórica de cambio, porque la sacudida que provoca la crisis puede llegar a ser un “shock del pueblo”, una conmoción desde abajo: “La emergencia climática podría constituir la base de un poderoso movimiento de masas, un movimiento que entrelazaría todos estos problemas aparentemente dispares tejiendo con ellos un relato coherente sobre cómo proteger la humanidad y la naturaleza de los estragos de un sistema económico salvajemente injusto”.