“El amor hacia mi hijo me permitió seguir hasta el final”: Yuri Neira

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Yuri Neira señala a la institución responsable de la muerte de su hijo. Foto Movice

Un juez de la República condenó a Néstor Rodríguez Rúa, agente activo de la Policía Nacional, por el asesinato de Nicolás Neira. Sin embargo, en el emblemático caso de violencia policía aún quedan cabos por atar. Entrevista con el padre de la víctima, que por más de una década buscó abnegadamente justicia y verdad

Redacción Política

La justicia declaró culpable al policía Néstor Rodríguez Rúa por el asesinato de Nicolás Neira. ¿Cómo recibió la noticia?

-En la parte sentimental es una alegría amarga. Es reír y llorar al mismo tiempo, es contradictorio alegrarse porque al fin la justicia dictamina la culpabilidad de alguien por el asesinato de mi hijo.

Desde la parte jurídica es un fallo esperado hace 15 años, en algo tan sencillo, porque las pruebas siempre fueron abrumadoras desde el principio. Todo se complicó en el momento en que la Policía Nacional decidió meterle mano al caso y proteger a sus asesinos. El hecho de querer que sea la justicia penal militar la instancia para llevar el caso así lo evidenció. Querían impunidad.

¿Cómo fue el proceso de enfrentarse contra el Establecimiento y buscar la verdad?

-Ellos por experiencia saben que la mejor estrategia fue dilatar, dilatar y dilatar, pues les daba tiempo para manipular el proceso. Las victimas bajo esa circunstancia no tenemos el poder económico ni psicológico para aguantar tanto tiempo.

Para desgracia de ellos se encontraron con alguien que es supremamente terco y una persona que le tiene mucho amor al hijo. Y fue lo que nunca pensaron que uno pudiese llegar hacer hasta el final.

Lo dijo un Fiscal que tuvo el caso un mes: “Esto es político, lo que están haciendo es una política de impunidad para tapar las cosas”. Al mes lo trasladaron.

Hicieron todo lo posible para que el país no conociera la verdad. Amenazas, atentados, allanamientos, difamación, falsos procesos judiciales, torturas, exilio y un largo etcétera en mi contra. Sin embargo, tengo la piel de burro y aguanté hasta el final, y aquí sigo.

Los cabos sueltos

-Con la condena al agente Néstor Rodríguez Rúa, ¿Cuál es el estado actual del caso Nicolás Neira?

-Con todo lo que pasó el 9 de septiembre en Bogotá, donde la Policía asesinó a más de 10 personas, quedó en evidencia que la Fiscalía no protege a las víctimas, sino que favorece a los victimarios. Es decir, en lugar de unir todo lo acontecido en un solo proceso, decide atomizarlos en cuatro casos para evitar la fuerza jurídica.

Con el proceso de Nicolás hicieron lo mismo. En lugar de centrar todo en un solo caso, decidieron abrirlo. Hay un juicio contra Rodríguez Rúa que hizo el disparo, hay otro proceso contra los tipos que en el suelo lo golpearon y hay otro en contra del coronel que en su momento era capitán, que empezó a encubrir la situación, a utilizar los poderes que tiene la institución para unificar conceptos y tapar la verdad.

Es decir, ¿existen cabos sueltos que van más allá de la condena a Rodríguez Rúa?

-Hablemos del proceso que tiene el coronel retirado Fabián Mauricio Infante Pinzón, quién en su momento fue la persona que comandó el operativo del Esmad. Este señor está imputado por el delito de encubrimiento.

El capitán que manejaba las escuadras, Julio César Torrijos Devia, que ya está condenado por el delito de narcotráfico, se le vincula al caso Nicolás Neira. Torrijos decide contar la verdad porque se siente preocupado que le digan a su mamá que es un asesino de niños. ¿Cuál es la verdad que cuenta? Sencillo, dice que toda la institución, en cabeza de Infante Pinzón, decidió esconder todo lo relacionado al caso de Nicolás.

¿Este caso se puede convertir en un referente para otros casos de violación sistemática de los derechos humanos por parte de la Policía y en especial por parte del Esmad?

-Indiscutiblemente es algo muy bueno para las víctimas saber que si se puede pelear contra el Estado. El problema es que en este momento estamos pendientes por la sentencia, que se dictará el 5 de marzo a las 4 de la tarde y ahí nos pueden bajar los humos, porque la sentencia puede ser un saludo a la bandera, no conocemos su contenido y cualquier sorpresa puede ocurrir.

Puede ser idéntico al caso de Jhonny Silva, donde dijeron que los agentes implicados eran buenos policías, van a misa, mantienen a sus hijos, entonces no hay que dañarles la carrera judicial. Recordemos que Rodríguez Rúa todavía es miembro activo de la Policía, sigue recibiendo dineros públicos, está en la calle y se puede fugar en cualquier momento pues no tiene medida de aseguramiento.

Recordemos el caso del grafitero Diego Felipe Becerra, donde el directamente implicado se fugó y por supuesto la Policía no lo buscó. Es decir, las instancias pueden dictaminar la culpabilidad de mucha gente, pero eso no garantiza nada. La justicia en Colombia es maquiavélica, donde queda en evidencia un entramado de corrupción para encubrirse los unos con los otros.

“A las víctimas del Esmad, que es un verdadero escuadrón de la muerte, yo les digo que hay que resistir, que hay que salir adelante”. Foto Sophie Martínez

La lucha contra la impunidad

¿Cuáles fueron los momentos más duros durante estos 15 años que duró el proceso judicial?

-Para hablar de los momentos difíciles, debo comenzar por ese fatídico primero de mayo, donde tuve que ver a mi hijo agonizar en el Hospital de la Perseverancia; ver como las autoridades no hacían nada, donde el Distrito tenía el deber de proveer una ambulancia y un cupo en un hospital y no lo hizo. Fue Fecode, fueron los profesores, que de su sueldo sacaron para pagar una ambulancia. No fue el Gobierno, no fue el Distrito, no fue la Policía.

Ir a recoger el cuerpo de Nicolás a Medicina Legal y encontrarme con dos camionetas de policía y una moto que me querían desaparecer. Encontrar que en su momento el periodista Julián Ríos Rojas de Caracol Televisión y su camarógrafo se percataron de la situación, tomaron registro de los rostros, de las placas, de estos ocho o diez individuos. Teníamos la mejor prueba y este periodista decide esconder el registro. Se lo he dicho públicamente y él me ha amenazado con demandarme por difamación. Eso duele.

Usted ha denunciado una persecución sistemática en su contra.

-Por supuesto. Cuando los abogados me dicen que me debo cuidar, todavía no entendía la magnitud del problema. Todavía tenía la imagen de estar enterrando a Nicolás, el peso del féretro seguía ahí. Cuando de pronto voy caminando hacía la casa y recibo tres tiros desde una moto. Después de todo esto voy a la estación de Policía en el barrio Centenario y cuento que tuve un atentado, y el encargado de hacer la denuncia me pide marca, placa y color de la moto como requisito para recibir mi testimonio, algo inverosímil. Fue el primero de muchos atentados.

Sumado a esto es importante señalar todas las detenciones que me hacían en la calle. Demostramos con el abogado, que en un solo día me detuvieron once veces, ¡once veces! ¿Por qué esa persecución tan fuerte?

Y también hubo allanamientos. Cuéntenos un poco sobre lo que pasó en «Casa Salmón».

-En efecto. Años después del asesinato de mi hijo, fundamos entre varias personas un centro cultural en la calle 32 con carrera 13, “Casa Salmón”. La idea era bastante interesante, un espacio donde no solo nos reuníamos para la discusión política sino también para formular denuncias en contra de la brutalidad policial. Funcionamos bien hasta el allanamiento en 2009.

Una Fiscal corrupta dictó una orden de allanamiento, diciendo que yo pertenecía a las Farc y que en ese lugar fabricábamos explosivos. Seis horas duró el operativo, con carro antiexplosivos y con perros, donde levantaron los pisos de la cocina y el salón, donde perforaron las paredes, las butacas. No encontraron nada, salvo a una generación de jóvenes revolucionarios que se reunían para cambiar el mundo.

Al siguiente día viene el otro atentado y ahí me toca irme por primera vez del país. Me fue muy mal en ese exilio que fue en Brasil, viví en la calle varios días. Regresé, las cosas siguieron igual, tuve que volver a salir para preservar mi seguridad, hasta que finalmente me recomendaron que me quedara por fuera. Hoy vivo en Europa.

Momentos difíciles han sido bastantes, de gozos pocos, por eso guardo los tiempos de risas porque los de llorar fueron muchos.

-En medio de la cuarentena, usted denunció el robo de la placa en memoria de Nicolás. ¿Respondieron las autoridades?

-Es como volver al pasado. La placa había sido donada por la ACEU, pero en medio de la cuarentena se la robaron. Colocó una tutela y la gano. A Claudia López, alcaldesa de Bogotá, literalmente no le importó la tutela. Mi “amigo”, Vladimir Rodríguez, alto consejero para las víctimas de la ciudad me escribe una carta donde dice que eso no es problema de ellos porque esa placa es particular y no pública.

Fuera de eso, mi otro “amigo”, José Antequera, que dirige el Centro de Memoria, me dice por el privado, “dígame como quiere la placa y se la colocó ya”, y yo le digo, “mil gracias, pero eso es como decir, ‘la rompemos, pero se la pagamos, como tenemos plata se la pagamos’, para mi esa es una actitud propia de los victimarios”.

Con lo del robo de la placa de Nicolás hay una responsabilidad política y con plata no lo van a pagar, la Alcaldía debe responder, la ciudad estaba en cuarentena y en confinamiento estricto y solo la Policía estaba en las calles. ¿Quién se la robó?

El silencio no es opción

¿Qué le puede decir usted a las víctimas que aún hoy reclaman justicia por el accionar del Esmad?

-En 22 años de funcionamiento, el Esmad ha asesinado a 59 personas en medio de movilizaciones sociales, pero son más de 100 casos. ¿Qué pasa? En muchas de estas situaciones de brutalidad policial las amenazas hacen que se retiren las denuncias o manipulan el accionar para determinar que las causas de muerte son otras y no acciones violentas por parte de la institución.

A los familiares, a las víctimas del Esmad, yo les digo que hay que resistir, que hay que salir adelante. Yo entiendo que tengan miedo,    somos seres de carne y hueso que sentimos, que reímos, que lloramos.

15 años he tenido miedo, pero se ha antepuesto el amor a Nicolás, la promesa de llegar inicialmente a una verdad y después a que se haga justicia. El amor hacia mi hijo me ha hecho levantarme y seguir adelante, porque estamos contra una máquina de la muerte y un gigante de la impunidad y del terrorismo, que lo tiene todo, formación, entrenamiento, dinero, Fiscalía, Procuraduría, cartel de la toga, jueces, investigadores.

La lucha es desigual, pero el silencio no es la opción. Si nos callamos ganan ellos.

Placa en homenaje a Nicolás Neira robada en medio del confinamiento general en 2020. Foto Andrés Bedoya

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