Édgar Montañez, el obrero de la cultura

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Ilustración @cosmecastell

Militante comunista, intelectual y artista comprometido siguió a lo largo de su vida la orientación correcta: su inteligencia y creatividad estuvieron al servicio de la clase trabajadora

Jonathan Fortich
@Fortich79

Hace más de treinta años, invocando a Bertolt Brecht, la canción ‘Sueño con serpientes’ de Silvio Rodríguez le recordó a la juventud latinoamericana la importancia de entregarse a una vida de lucha. El compañero Édgar Montañez Muñoz no fue sordo a ese llamado y se convirtió en uno de los llamados imprescindibles.

Como actor y director se formó en la tradicional Escuela Nacional de Arte Dramático, ENAD, de Bogotá y en la Academia Nacional de Teatro y Artes Cinematográficas Krastyo Sarafov en Sofía, Bulgaria. Hablamos de un profesional que habría podido perfectamente poner su talento y capacidades al servicio del capital para asegurarse una vida holgada y plena de comodidades, pero no. El compañero Édgar Montañez siguió la orientación correcta: su inteligencia y creatividad estuvieron al servicio de la clase trabajadora. Así, su labor artística se complementó con la docencia y la actividad sindical.

Contra la burocracia sindical

En momentos en los que el movimiento sindical pasaba por muchas dificultades, particularmente enfrentando una ofensiva criminal por parte de la burguesía que convertía a Colombia en el país más peligroso del mundo para ejercer dicha labor, Édgar cumplió una labor muy destacada al fundar la Asociación Colombiana de Trabajadores de la Industria Audiovisual, ACTV.

Fue un reto lleno de dificultades: las nuevas generaciones de obreros sólo conocían la propaganda antisindical que siempre promueve la burguesía que, además, mantiene en el medio audiovisual prácticas como el veto o la inclusión en “listas negras”; por si fuera poco, tuvo que enfrentar la ofensiva burocrática de cierta organización “maoísta” de cuyo nombre nadie quiere acordarse pero que reconocemos como enemiga de cualquier avance en la unidad de los trabajadores.

Hoy esa organización, tan habituada a las mentiras y las falsificaciones, se arroga la fundación de ACTV. La realidad es que los trabajadores del audiovisual siempre los vieron como a un estorbo; mientras que Édgar, un auténtico miembro fundador dotado de conocimiento, experiencia y un sentido del humor que evidenciaba su inteligencia, fue una inspiración para muchos jóvenes trabajadores a quienes les enseñó que condiciones de contratación dignas no son un sueño de Hollywood, sino lo mínimo que se le debe garantizar al proletariado: la única clase que es capaz de mover el mundo.

Édgar, con su sonrisa llena de ingenio, supo desenmascararlos con argumentos contundentes y sin apelar a ninguna trapisonda burocrática o leguleyada, como suelen hacer los susodichos. Édgar deja un sindicato libre de burocratismos, y con una dirección joven, comprometidos con la tarea de crear unidad entre los trabajadores del sector.

Amor revolucionario

Su labor lo llevó a representar los intereses de los técnicos del cine colombiano ante el Consejo Nacional de las Artes y la Cultura en Cinematografía, CNACC, y durante el período 2018-2020 realizó una importante labor dándole voz a las preocupaciones de todas aquellas personas que nunca vemos en la prensa del corazón o en las noticias de farándula, pero hacen que las películas sean posibles.

Édgar fue ese compañero que todo trabajador de las artes quiere encontrarse en su camino. Su conocimiento y educación fueron ajenos a todo egoísmo o soberbia. Con él siempre se enteraba uno de alguna película que le faltaba ver, nunca faltó un consejo práctico, de esos que sólo saben dar los luchadores más honestos; su energía para asumir las tareas era inspiradora para cualquiera que estuviera cerca.

Sea también este el momento para recordar el profundo amor que siempre le profesó a su compañera Luz Dary. No es habitual entre revolucionarios referirnos a temas personales, pero aquí nos vemos obligados a mencionar que la entrega mutua de esos dos compañeros en medio de las adversidades que implica la actividad política en Colombia para los trabajadores, nos evidenciaba que un mundo mejor no sólo es posible sino, sobre todo, necesario.

Imprescindible

Hace pocas semanas Édgar se encontró en una lucha personal contra el covid-19. Una lucha que no debió conocer. Un mundo socialista donde la economía planificada democráticamente nos habría permitido confinarnos en viviendas dignas y con los medios de subsistencia necesarios, habría podido evitar fácilmente la propagación del virus. Infortunadamente en Colombia no sólo sufrimos el capitalismo sino, además, una de sus versiones más atrasadas y dirigida por auténticos ineptos.

Édgar Montañez luchó toda su vida. Silvio y Brecht tienen razón: esos son los imprescindibles. Su ausencia pesa y duele. No tenemos cielos ni fantasías de vidas ultraterrenas para consolarnos con esta pérdida. Pero los hechos no se borran y la lucha no fue utópica, sino que tuvo lugar en este mundo. Los lamentos y los ayes de estos días deben estar acompañados del recuerdo del compromiso y la honestidad de Édgar. Vale la pena seguir su ejemplo.

El mundo vive la peor crisis de la historia y Colombia sufre el proyecto político más deficiente del mundo. La construcción del socialismo internacional se ha convertido en una urgencia. Estos son momentos que nos obligan a entregarnos a una vida de lucha, tal y como lo hizo el maestro Édgar Montañez.

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