Y después del COVID-19, ¿qué?

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Cartele inspirado en la estética de la II República Española, diseñados por Félix Rodríguez Fernández (Mr. Zé) para invitar al aislamiento social.

Las predicciones sobre lo que sucederá tras la pandemia van desde el cándido optimismo hasta el catastrofismo. La sociedad del inmediato futuro será muy distinta a la actual y depende de los pueblos definir cómo será

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

La pandemia del coronavirus, sus efectos inmediatos en la vida social y sus efectos no tan inmediatos, pero ya previsibles en la economía, están siendo objeto de análisis y reflexión por parte de numerosos autores que coinciden básicamente en dos cosas: esta pandemia es algo inédito a lo que nuestra civilización nunca se había enfrentado, al menos en tiempos de globalización, y segundo, que la experiencia del confinamiento cambiará muchos aspectos de nuestra vida cotidiana en el futuro.

Retorno al vientre materno

Más allá de estas coincidencias -más que obvias, por cierto- se distinguen al menos tres enfoques que están intentando predecir en qué consistirán esos cambios que al parecer se avecinan de forma inevitable. Una primera interpretación es bastante optimista sobre nuestro futuro como civilización. Es la que sostiene que el retorno al ámbito familiar, la ralentización de la vida social y la posibilidad de reflexionar a solas mientras pasa la cuarentena, despertará en las personas una nueva conciencia ambiental y social más solidaria, generosa y amorosa. Una especie de retorno a un pasado idílico del que nunca debimos haber salido como civilización.

Si bien esta perspectiva es bienintencionada, es poco realista. Sugiere por un lado que existe en las personas una especie de “esencia de bondad” que ha sido aplacada por el estilo de vida contemporáneo y que se necesitaba algo como esta pandemia para despertarla. Es el mismo punto de vista que espera que haya una gran catástrofe para que la gente se “concientice” y cambie su comportamiento. Es, por supuesto, una mirada cándida de la condición humana, bastante apegada a concepciones religiosas y trascendentes, que en el fondo no es más que una expresión del deseo inconsciente de la vuelta al origen. Dicho de otro modo, en términos psicológicos se desea un retorno al vientre materno y en términos religiosos al paraíso terrenal. En cualquier caso, algo físicamente imposible.

Por otro lado, esta visión asume que la humanidad es una especie de niño desobediente, que por el excesivo uso de su razón se ha vuelto arrogante y soberbio creyéndose el centro del universo. Una pandemia como la que vivimos sería entonces una lección que (la naturaleza, Gaia, Dios, en fin…) nos está dando para que podamos aprender de ella y corregir nuestra conducta insolente y peligrosa.

La catástrofe

Una segunda perspectiva sobre la actual pandemia y sus efectos sobre la humanidad se caracteriza por ser excesivamente pesimista e incluso catastrofista. Es la que sostiene que esta pandemia es una especie de Tercera Guerra Mundial, por supuesto de nuevo tipo, en la que están enfrentados los grandes poderes globales: Estados Unidos, Rusia, China, Europa y las corporaciones multinacionales, y en la que los habitantes de la Tierra no somos más que peones en su juego y las principales víctimas de una guerra no declarada.

Autores como el sociólogo surcoreano Byung-Chul Han, muy célebre por estos días, incluso han llegado a insinuar que la causa de la derrota de Occidente en esta guerra no convencional se deberá a su excesivo individualismo y a la ausencia de un fuerte sentido colectivo.

Si bien posturas como la de Byung son sugestivas porque identifican el individualismo occidental como una de las condiciones que permiten la rápida expansión del virus, en realidad están ocultando un deseo de que la humanidad se comporte como, según él, lo hacen las personas en las sociedades orientales: son disciplinados, obedientes y despojados de su individualidad.

El problema con este tipo de posturas es que de alguna manera asumen el mismo infantilismo que exhibe la primera visión: los humanos somos desobedientes y malcriados, se nos ha ido la mano y debemos ser corregidos. Incluso, el propio Byung llega a criticar el derecho a la intimidad por considerarlo inconveniente para detener la pandemia.

Es inquietante, por decir lo menos, la alabanza que hace del uso del Big Data (la información de todas las personas alojada en la red, como estado de salud, gustos, ideas políticas, por ejemplo) por parte del gobierno chino, para identificar a los contagiados y contener la epidemia. Según Byung, el celo con el que los occidentales guardamos nuestra información personal será la causa de la debacle de nuestra propia civilización. En otras palabras, Occidente llegará a su fin debido a la renuencia de sus ciudadanos a dejarse controlar.

Fin del neoliberalismo

Finalmente, la última visión hunde sus raíces en la teoría crítica y plantea un futuro que no dependerá del azar sino de lo que las personas hagan de él. Autores como Slavoj Zizek, David Harvey o el propio Joseph Stiglitz han asegurado que este puede ser el fin del capitalismo global neoliberal como lo hemos conocido, no tanto por consideraciones culturales o ideológicas sino advirtiendo la debacle económica que vendrá a causa de las fallas estructurales en la economía mundial de hoy.

Para estos autores, las enseñanzas que van quedando a medida que avanza la emergencia son, entre otras, que lo público, en especial el sistema de salud pública, es esencial para nuestra supervivencia como especie. No quisiéramos imaginar una epidemia como la actual siendo contenida por las EPS o por cualquier sistema privado de salud. Segundo, que las profesiones menos valoradas en el capitalismo del éxito son las más necesarias en estas horas cruciales para la humanidad. Barrer, limpiar, atender enfermos, cuidar niños o llevar comida a domicilio, por ejemplo, se han convertido en acciones heroicas hechas por personas que merecen todo nuestro aplauso y respeto.

Tercero, que el problema del coronavirus sí es político y de clase. A pesar que se presenta la insólita situación de que son los europeos quienes están transmitiendo el virus, este afecta en especial a personas vulnerables como ancianos (quienes son desechados por el sistema de salud) y pobres (quienes son víctimas de la desigualdad y la marginación).

Cuarto, que, así como en el decenio de 1970 se dio el surgimiento de la ética neoliberal, el 2020 será el principio de su fin. Atrás van quedando las ideas de competitividad despiadada, del triunfo a cualquier precio o de la obsesión de llegar a la cima. Se equivocaba Margaret Thatcher cuando afirmaba en los años 80 que no existía eso llamado “la sociedad”, que solo había individuos y familias. Hoy, nuestra supervivencia como especie depende no del éxito de unos pocos sino de la cooperación entre todos, es decir, de nuestra conciencia colectiva.

Mundo pos-coronavirus

Finalmente, lo que queda es justamente construir ese mundo pos-coronavirus donde tengamos una relación más dialéctica con la naturaleza, recuperemos el valor de lo público y transitemos hacia un consumo modesto y responsable. El futuro del mundo no estará definido por fuerzas sobrenaturales o mágicas. Será el que construyamos entre todos y todas, pero no desesperemos. En palabras del filósofo italiano Antonio Gramsci, “lo viejo no termina de morir, lo nuevo no termina de nacer, mientras tanto todo son claroscuros y allí habitan los demonios”.

Por ello, por ahora cuidémonos, luego haremos la revolución.

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