¡Desengañaos!

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Alejandro Cifuentes

“Desengañaos”, así gritaba el herrero bogotano Miguel León en 1853 en la víspera de la revolución artesanal. Le advertía al pueblo trabajador que, a pesar de su retórica populachera, los liberales representaban los intereses de comerciantes y especuladores, quienes buscaban una apertura económica total para favorecerse del comercio internacional de tabaco y no les importaba la potencial destrucción de la manufactura nacional.

En pleno siglo XXI la proclama de León sigue vigente, solo que ahora el enemigo del pueblo es el llamado centro. Los Mockus, López y Fajardos han embelesado a ciudadanos de buena voluntad que buscan una alternativa, pero temen al cambio. Creen en el centro por su retórica antiuribista y su mensaje de moderación, obviando que este representa el mismo proyecto que parió a Uribe: el neoliberalismo.

Podríamos decir que el centro gira ideológicamente en torno a la creencia en un neoliberalismo “honesto”. Desde el difunto Galán y todos aquellos que conformaron el “Nuevo liberalismo” (¿una irónica traducción del prefijo griego “neo”?), pasando por los “profesores” Mockus y Fajardo con su autoritarismo disfrazado de pedagogía, hasta los “ciudadanismos” desarrollistas de Enrique Peñalosa y Claudia López, todos tienen en común la defensa y aplicación del modelo neoliberal. Se han dedicado al rechazo y destrucción del patrimonio público para darle prioridad al interés del capital financiero, lo que ha conllevado la eliminación de derechos sociales, mientras que, al mismo tiempo, se han dedicado a denunciar las lacras del narcotráfico y el paramilitarismo, que han hecho posible la privatización y el aperturismo en nuestro país.

Para el centro la relación entre violencia y la apertura económica no existe. Por un lado, está la legalidad representada en el Estado, y por otro, los ilegales carteles de la droga y los grupos armados al margen de la ley. El problema es que el uribismo ha significado una especie de puente entre ambas partes, y por ello es moralmente reprochable.

Para los políticos autoproclamados de centro, la miseria impuesta al pueblo mediante la violencia no es el problema, el problema es que esta se imponga con métodos inconstitucionales. Al centro solo le importa la forma, no el contenido; el problema de Uribe no es el programa que enarbola, sino que buscó romper la alternancia electoral y el orden constitucional para aplicarlo.

El centro no pretende modificar las medidas de flexibilización laboral, las políticas antisindicales, el modelo extractivista o el aperturismo que tanto ha golpeado a la lánguida industria colombiana; no pretenden reivindicar la soberanía nacional frente al capital transnacional o los derechos políticos y sociales de las mujeres y las minorías; es más, a los autoproclamados políticos “profesores” del centro ni siquiera les interesa el desarrollo de la ciencia o de la educación pública, de la que tanto se han aprovechado. Solamente quieren desligar al neoliberalismo de prácticas que consideran ilegales.

Planteado así, y considerado a la luz de la historia reciente de América Latina, muchos creerán que esta cándida idea fue concebida por un grupo de idealistas ingenuos bien intencionados. Pero su particular idea sobre el neoliberalismo es solo un anzuelo electoral. A la hora de gobernar, cuando los barones de la banca les exigen la aplicación de medidas antipopulares, combinan todas las formas de lucha para darle curso normal a la acumulación. Llegó la hora del desengaño, el centro no representa los intereses y aspiraciones de los oprimidos.

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