Desempolvar música y oír los sonidos de la historia

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La propuesta para esta semana es desarchivar, o por lo menos recordar, los discos, CD, cassettes y listas de reproducción que constituyeron la atmosfera cultural y musical en diferentes épocas de la historia

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

La humanidad sigue en cuarentena como única medida para superar colectivamente el Covid-19. A las espinosas problemáticas económicas que se viven, y que se proyectan para Colombia en el corto, mediano y largo plazo, también existe un dispositivo de tensión ante el hecho de sobrevivir un confinamiento de las proporciones actuales: el componente psicosocial. Nadie, absolutamente nadie, estaba preparado para vivir más de cuatro semanas sin salir de su casa.

Muchos medios de comunicación, incluido este, han sugerido una serie de planes para hacer más amable la cuarenta. Por lo tanto, mi propuesta para esta semana es desempolvar, o por lo menos recordar, los discos, CD, cassettes y listas de reproducción que, invadidos de sonidos con sentido de época, formaron culturalmente gustos musicales y dibujaron las páginas en miles de relatos anónimos. Comparto parte de mi experiencia con la historia.

La llegada del Compact Disc

Con mis treinta años, siempre evoco los cruces culturales con los que crecí. Los sonidos vallenatos y tropicales que heredé de mis padres se mezclaban con la música pop que oían mis hermanas, así como con el ruido pesado del rock extranjero y nacional que de manera rebelde mi hermano importaba a casa.

Fruto de la globalización cultural de los años noventa, la atmosfera musical se fue convirtiendo en una parte fundamental de la cotidianidad. No teníamos ni discos gramofónicos ni tornamesa, pues la totalidad de ellos fueron robados en una recordada jornada donde amigos de lo ajeno se “mafiaron” una selección de acetatos variados de Juan Luis Guerra, Pandora, Noel Petro, Diomedes Díaz, Joe Arroyo, Alfredo Gutiérrez, Juancho Polo Valencia, el Caballero Gaucho, entre otros.

Por lo tanto, soy hijo del Compact Disc, CD. El primero que vi desfilar en mi vida tenía en la caratula a cinco jóvenes de una agrupación venezolana llamada Barranco Mix (1993), propuesta que rescataba comercialmente los sonidos tropicales del Caribe colombo-venezolano. Sin tener como reproducirlo, el CD de Barranco se convirtió por mucho tiempo en una enigmática pieza de adorno que acompañaba el ambiente familiar.

Los sonidos de una época

Por supuesto, el recurso inmediato para la mayoría de las personas en la década de los noventa serían los hoy olvidados cassettes. En estos dispositivos de almacenamiento de audio, la gente utilizaba el recurso de grabar música directamente de la emisora de radio, en una especie de ritual donde se rogaba la no intervención del locutor en medio de la canción, para tener una pieza limpia y digna de escuchar.

Con la compra de un modesto equipo de sonido Sony, llegaron los CD prestados. ¿Dónde jugarán los niños? (1992) de la agrupación mexicana Maná, Greastest hits (1995) de la banda de reggae UB-40, Los años inmensos (1997) del dúo Ana y Jaime, y La voz de los 80 (1984) de Los Prisioneros, se escucharon una y otra vez.

Gracias al ahorro consagrado de mis hermanos, los primeros CD propios serían el Sueño Stereo de la banda de rock argentina Soda Stereo y el New era de la banda neoyorquina de merengue-house, Proyecto Uno. Aunque existían tiendas de discos, como Tower Records o Prodiscos, los precios eran inaccesibles para la clase popular y media, por lo tanto, el recurso sería la ilegalidad.

Como si se tratase de una carrera para adquirir alucinógenos, se tenía que cruzar un laberinto de locales comerciales del imponente San Andresito de la 38 para llegar al local del paisa, pintoresco vendedor de música contrabandeada. Ese puesto escondido en la mitad de la meca del comercio ilegal bogotano nos proporcionó los mejores CD que moldearían para siempre nuestros gustos musicales. Recuerdo la compra del Use your illusion II (1991) de Guns´n Roses, Ten (1991) de Pearl Jam, Opiate (1992) de Tool, The Bends (1995) de Radiohead, Smash (1993) de The Offspring, Doble vida (1988) y El último concierto (1997) de Soda Stereo, Vasos Vacíos (1993) de Los Fabulosos Cadillacs, entre otras piezas originales.

La particular generación X

Existía un protocolo en medio de un país condenado a la violencia del conflicto armado. Todos los viernes esperábamos que fueran las diez de la noche para ver El Siguiente Programa de Martín de Francisco y Santiago Moure, los sábados a la misma hora disfrutábamos el programa de vídeos musicales trasmitido por el canal City TV llamado El Videódromo, mientras a diario sintonizábamos 102.9FM Radioacktiva, que en 1997 pasó a llamarse El planeta rock.

Sin saberlo y aún con la inocencia de la niñez, fantaseaba con ser parte de la generación X, retratada de manera magistral por la serie animada Los Simpson en su capítulo de la séptima temporada llamado Reventón. Aquella época, caracterizada por el Windows 98, la llegada del internet y la aparición de la consola de videojuegos Play Station, estaba desbordada de consumismo y capitalismo.

Aunque la tendencia era el rock tanto en inglés como en español, también había un espacio para la salsa. Mi primo, quien hoy es músico profesional, obsesionado por la historia de la Fania All Stars, compró Fantasmas (1981) y Demasiado corazón (1998), ambos discos del norteamericano Willie Colón. Las emisoras combinaban salsa de antaño con los sonidos de nuevos artistas como Víctor Manuel, Gilberto Santa Rosa o Mariano Cívico. Incluso una novela de Cenpro TV, Perro amor, dedicaba el contexto cultural de su guión a la salsa.

Nuevo milenio, nuevos sonidos

Con la llegada del nuevo milenio, también llegaron nuevos sonidos. En definitiva, el Brave New World (2000) de la banda inglesa Iron Maiden y el boom del power metal europeo nos fue acercando a sonidos más pesados. El internet, que avanzaba a pasos agigantados, permitía descargar música sin necesidad de comprarla, mientras la piratería generaba la posibilidad de acceso a los últimos trabajos discográficos; ambos procesos perjudicaban al artista, pero beneficiaban al consumidor.

Con el declive del rock nacional, el posicionamiento del vallenato nueva ola y la intempestiva aparición en el mercado latinoamericano del reggaetón puertorriqueño de Ivy Queen y el dúo Héctor & Tito, los sonidos de mi generación, que efectivamente no era la X, se fueron decantando por lo urbano.

La música ya no se escuchaba en cassettes (walkmans) o CD (discmans), sino por medio de un dispositivo miniatura llamado MP3 que almacenaba miles de canciones en formatos de pésima calidad que satisfacían la necesidad de abundancia musical. Aún recuerdo esa nostalgia adolescente, mientras caminaba la calle 19 de Bogotá, al pensar que el regalo de cumpleaños para mi hermano sería un disco, el Lateralus (2001) de Tool, mientras el mundo se extasiaba con la simpleza del internet.

Desarchivar

Al escribir estas líneas me acompañan pocos CD: Sueño Stereo de Soda Stereo; Superville de la banda argentina de electrotango Bajofondo; Visions de la agrupación de power metal Stratovarius; Greastest hits de la noventera Smashing Pumpkins; Voces contra el olvido, selección de música social producida por H.I.J.O.S México, Alzado en canto del cantor revolucionario Julián Conrado; Inflamable de la banda Skampida; y Espiral de la banda de rock bogotana Los Cocoa.

Escucharé uno a uno los discos y evocaré las nostalgias guardadas en cada una de sus melodías. La invitación es a que la lectora o lector que me acompañó en este viaje por mis recuerdos desempolve sus discos y los escuche, ya sea con equipo o gracias a la magia del YouTube. Es un excelente plan retro para acompañar este anómalo aislamiento social.

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