Derecha tosca, discurso empobrecido

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Designación de Iván Duque como Presidente Emérito del Sector Privado de las Américas

Pietro Lora Alarcón

En el Cono Sur de América, ha llamado la atención el lanzamiento reciente de dos obras que al parecer aspiran a idéntica finalidad: retratar y explicar elementos de nuestro tiempo, especialmente el ascenso y las condiciones en que se desarrollan los proyectos de poder de una derecha tosca, de discurso empobrecido, pero igualmente salvaje y agresiva, en medio de la acentuada crisis de un capitalismo en descomposición.

Con efecto, a la primera de ellas, lanzada por la UniRío en Argentina, con el título “Más allá de los monstruos’, se suma la obra de la editora brasileña Estacao Liberdade, “A grande Regressao”. Lo curioso es que las dos, que condensan ensayos de autores de matices distintos de la izquierda mundial, parten de una caracterización similar: la actual es una etapa en la que el pasado aún no se fue y el mañana no se desnudó por completo. Advertía Gramsci, cuando estaba encarcelado por Mussolini en 1930, que en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados.

Algunas reflexiones surgen de ese punto de partida. Primero, que la vieja e histórica clase dominante tiene dificultades para mantener su control tradicional y contradicciones con los lobos hobbesianos que aparecen como expresión de lo más retrógrado que en años de deterioro y pugna de intereses ella puede generar. Son personajes como el propio Trump, Orbán y en nuestro terreno, Uribe y Bolsonaro, por ejemplo. Pero la cuestión más grave no son exactamente los hombres, sino los intereses de clase que representan, especialmente el poder de un complejo militar industrial diseñado para la guerra, para actuar conduciendo la violencia como método de reproducción y reciclaje del sistema, dentro de una estructura hegemónica internacional en la cual algunos países son dominantes y otros son los escenarios de los conflictos.

Esa derecha facinerosa sabe que esta crisis no se resuelve con la restauración de lo viejo -para la muestra algunos botones: el decálogo del FMI para Ecuador de Moreno (me niego a llamarlo por el nombre), fue contestado enérgicamente con la lucha popular; el ajuste estructural preprogramado para Argentina que configuró el fracasado ciclo macrista que debe caer el 10 de diciembre; el descalabro económico del gobierno de Jimmy Morales que tornó a Guatemala, en uno de los tres países más pobres de América- y por eso la salida es la más brutal represión.

En ese paisaje, la institucionalidad internacional clásica reafirma su papel de estructura de coartada o subterfugio de las clases dominantes, manifestándose en tonos que dan un aire de formalidad y respetabilidad a lo que queda del “Estado de Derecho”. Por eso, nada dice la OEA sobre las acciones militares contra el pueblo en las favelas de Río de Janeiro o de las alianzas entre paramilitares y Guaidó, o de los asesinatos impunes de los excombatientes de las FARC. Es más cómodo para el señor Almagro acusar de vándalo al movimiento popular ecuatoriano.

A pesar de este cuadro, los autores concluyen afirmando algo que resulta innegable: desde los tiempos de Gramsci la realidad muestra que los pueblos, a pesar de la política predatoria imperial, de la transnacionalización del capital, nunca se rindieron.

Estudiar estas visiones es fundamental siempre, pero hoy es de extrema necesidad para un debate productivo, de elaboración colectiva de propuestas que aliadas a la movilización popular generen esperanzas de transformación de la dura realidad del pueblo.