De tránsitos de géneros y cuerpos

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Manuel Antonio Velandia Mora

“Para quienes acompañamos a personas trans o intersex en sus análisis, no resulta infrecuente recoger los efectos de prácticas pretendidamente analíticas o psicoterapéuticas que reproducen las significaciones hegemónicas cisnormativas y heterosexistas”, decía Facundo Blestcher en un artículo al que denominó “Transidentidades, transexualidades, transgéneros: Una lectura sintomática de la clínica psicoanalítica”.

Continua Blestcher: “La visibilización de nuevos existenciarios y experiencias diversas en el horizonte de los procesos de sexuación hace estallar los límites, clasificaciones y prácticas legitimadoras del aparato conservador”.

En contra de tal aparato, evidentemente tenemos que reconocer que las sexualidades y sus componentes son fluidos, dinámicos, en continua construcción; de ahí que yo utilice el verbo Ser en un presente continuo y me refiera al “estar siendo” como una forma de reafirmar en la palabra ese ejercicio de continua re-construcción.

Creo que seguir con la idea del “cuerpo equivocado”, el “cuerpo ajeno” o el “género equivocado” reafirman la idea de un “deber ser” en el que la no equivocación es seguir con la dicotómica posibilidad de ser macho o hembra, mujer u hombre, masculino o femenino, olvidando las múltiples opciones que posibilita el amplio espectro de las diversidades.

Sobre esto último, hacía énfasis Laura Weinstein en junio de 2018, en la publicación en Twitter de un trino en el que decía: “Perdón, @GermanPerfetti las personas Trans no estamos en ningún cuerpo ajeno, vivimos y habitamos nuestros propios cuerpos #MejorHablemos”.

Debiera ser perfectamente claro que las personas trans no están en ningún cuerpo ajeno, sino que viven y habitan su propio cuerpo. A lo que habría que agregar:  cuerpos que muchoæs no desean cambiar.

Uno de los principales cambios que las personas trans han luchado y esperado por algo más de una década, ha sido la supresión de la lista de enfermedades mentales de la OMS del denominado “trastorno de identidad de género” en la nueva Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE).

No podemos darnos por satisfechos, en lo referente a la nueva clasificación de las identidades trans como una “incongruencia de género” (pésima traducción al castellano frecuente en los medios) y que realmente, dentro del capítulo concerniente a las “condiciones relativas a la salud sexual”, se denomina «Discordancia de género».

Este último concepto deja entrever la idea básica binarista de la sexualidad que ubica a las personas ante la disyuntiva de ser un “el” o una “ella”.

Se suele considerar que los discursos sobre las sexualidades se hacen en la clínica y por especialistas, sin embargo, “la clínica no es el lugar donde se produce la teoría; es el espacio desde el cual se plantean los interrogantes que ponen en tela de juicio las teorías cuya convicción sostenemos” afirmaba Bleichmar en 2000; a lo que habría que resaltar que quienes las ponen en duda no son precisamente los psicólogos, psiquiatras, terapeutas, acompañantes emocionales, sino las persona usuarias de sus servicios.  Continuando con Bleichmar, se torna acuciante la exigencia de efectuar una lectura sintomática de las aporías e impases que en el marco de las conceptualizaciones psicoanalíticas redoblan los imperativos dominantes.

Evidentemente, tales paradojas o dificultades lógicas insuperables (aporías) se resquebrajan a partir de las vivencias corporales y emocionales de quienes asisten a las consultas, que suelen tener claro que las definiciones suelen estar muy lejos de sus reales vivencias.

Genero fluido, genero queer, agénero son conceptos, no tan nuevos, que demuestran la gran “multiplicidad de posicionamientos identitarios, los cambios en los modos de ordenamiento de los intercambios sexuales y el estallido de las subjetividades tradicionales, con la irrupción de modalidades disidentes, alternativas, contraculturales o innovadoras, ponen de relieve la desregulación de las pretensiones normativizantes de los discursos tradicionales”, recalca Facundo Blestcher; como también la necesidad de posicionar las experiencias particulares, aun cuando comunes, por su similitud, con las de varias personas.

Habría que traer a colación a Judit Butler, quien en su “Cuerpos que importan, sobre los límites materiales y discursivos del sexo” considera que tanto el sexo como el género están determinados por la cultura. No hay naturaleza natural ni existe tampoco un destino que oriente de entrada la identidad.

Es necesario insistir en que algunas veces las personas no saben nombrar, lo que de viva experiencia conocen que les pasa. Butler, en 2009, ya aclaraba en “Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad”, que: “Cuando un sujeto se ubica en torno a alguna de las categorías que pretenden definir su emplazamiento sexuado, procura dar cuenta de sí, a la vez que apela al reconocimiento del otro, advirtiendo que “ese ‘sí mismo’ ya está implicado en una temporalidad social que excede sus propias capacidades narrativas”.

Recuperar la creatividad y la osadía de los inicios y desplegar la potencia transformadora de una teorética y una praxis que surgió para mitigar el sufrimiento psíquico y no para encarnar en la voz rediviva de los dispositivos de normativización y de la academia, debe convertirse en la oportunidad para que quienes viven las experiencias puedan auto-determinarse, autonombrarse y volverse los ejes de su propia discursiva, lejana de la normatividad binaria, sexista, excluyente y transfóbica de géneros y cuerpos.