“Chucho” Alberto y la casa de la 23

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Jesús "Chucho" Alberto García.

Carolina Tejada
@carolltejada

En el baúl de los recuerdos encontré un separador de libros que traía un poema dedicado a “Chucho” Alberto. Algunas personas de mi generación, y otras mayores, recordarán en donde vieron por primera vez el nombre de Jesús Alberto García, desde ese jardín de los recuerdos, les voy a contar cómo lo conocí.

Después de viajar desde Cúcuta por más de 16 horas en bus, algunas veces «pidiendo la colita» hasta cierto lugar para sacar el pasaje más barato y poder llegar a Bogotá, nos recibía algún camarada que nos decía que debíamos llegar a la casa de la J, en la 23, era como el refugio de quienes no podíamos pagar un hotel o no teníamos otro lugar a donde llegar.

Allí, rodeada de casas de prostitución, de fachadas de negocios “legales”, de venta de drogas, de episodios de puñaladas, atracadas, etc, quedaba la casa y, al lado de ella la muy popular “Piscina”. Algo lúgubre y triste sigue siendo el barrio Santa Fe, en el centro de la capital. Lo primero que notabas al pararte al frente de la fachada, era una ventana con señales de algunos disparos que no la alcanzaron a cruzar gracias al vidrio blindado. Al ingresar por una puerta blanca y pesada, y luego de un saludo cálido, acompañado de un “bienvenido/a camarada”, te dabas cuenta de que, desde la ventana, a mano izquierda, había a una garita en donde algún muchacho o muchacha de la JUCO hacía guardia, y era quien por lo general con previo aviso, dejaba entrar.

Seguido de ello, en medio de la oscuridad; con apenas la luz que lograba entrar por la ventana, notabas a mano derecha una pared cuya pintura estaba corroída de lo vieja y sobre ella, una placa hecha en bronce con una leyenda: “Aquí cayó Jesús Alberto García”, camarada de la Juventud Comunista Colombiana JUCO, asesinado por el Estado, fechada el 12 de diciembre de 1985.

Era una casa opaca, pero era nuestra casa, de tres pisos, fría, aunque cálida por la camaradería que encontrabas tras el concreto de esa fachada vieja en ladrillo. Como si fuera ayer, recuerdo el día que nos dijeron, “no pueden regresar a Cúcuta, aquí se quedan, no se comuniquen por teléfono con la familia, las líneas están chuzadas y lo mejor es que nadie se entere en donde están, por ahora”. Allí permanecimos un largo periodo y al menos yo, aprendí lo importante que era el correo, aún conservo algunas cartas, en papel amarillento que me llegaban o escribía en aquella época. No se imaginan el frío, la tristeza y la angustia de estar allí. Siempre con ganas de salir corriendo por la situación que nos había obligado a quedarnos en la ciudad “paleta”, claro, y porque el ambiente no era el mejor para salir corriendo, un: cójanlo, cójanlo sería lo más rápido en escucharse por esa calle de la 23. No era fácil subir el ánimo y las noticias que recibíamos tampoco ayudaban.

De guardia en guardia y con una “minuta”, un cuaderno viejo y ajado en donde escribíamos detalles importantes del día o la noche, cosa que se fue aprendiendo con el tiempo, y que se fue perdiendo también, hacíamos bromas con Chucho, cuando se acababan las pilas de una linterna, “pues que lo acompañe Chucho” o cuando faltaba algo en la alacena colectiva, de la rancha, alguien atinaba a decir: mínimo fue “Chucho”, también había una que otra riña, apenas normal en una convivencia de esas. Eran días largos, tanto que nos daba tiempo para espiar uno que otro “polvo” por una ventana del tercer piso, bueno, más que el polvo, el tiempo que duraba cada cliente en entrar y salir de la habitación de alguna buena vecina de la cuadra. Cuando solo llegaban borrachos a molestarlas, estas mujeres, de carácter y curtidas por la calle, sacaban de sus carteras una doña navaja o un cuchillo, en su efecto. Pedro Navaja sería una buena banda sonara para esos trailers que se alcanzaban a observar, tras esas ventanas viejas.

Recuerdo las necesidades colectivas en esa época, el encierro en cada cuarto de quienes vivían allí. Cuando alguien nuevo llegaba, además de ubicarle un lugar, aparecía la pregunta: ¿usted de dónde viene?, ¿por qué está aquí?, con una media sonrisa, ya sabíamos que no había llegado porque “estaba rezando”. Obvio, venía corriendo, huyendo, o como uno que otro, estaba allí, porque “midiositoesmuygrande”, “me salvó la altura”, o como le ocurrió a un compañero que venía de nuestro regional, solo me hice el muerto.

Esa historia la recuerdo muy bien. “Masacre en un establecimiento de un barrio de Cúcuta”, relataba La Opinión, el periódico regional. Se trataba de una matanza hecha por los paracos en un barrio popular fundado por el partido, era el año 2002 y las cosas se habían calentado. Los paramilitares llegaron a la ciudad luego de las grandes movilizaciones del Catatumbo, y para los y las comunistas se hacía más complejo hacer su trabajo. En esa época aprendí lo que era la disciplina, “no hablar tanta mierda”, cómo despistar al enemigo, y lo que significaba la preservación que era trabajar casi en la clandestinidad. Aunque no a todos los salvó esa mística revolucionaria.

De esa masacre en la que murieron como cinco personas, solo se salvó nuestro compañero, con quien militábamos en la secundaria y en realidad, como en una película, se hizo el muerto en medio de los rafagazos, y con un balazo que le atravesó la mano y le rozó la cabeza lo alcanzaron a llevar al hospital. Imagino que, por la misma adrenalina del momento, no recuerdo como se comunicaron conmigo, lo que recuerdo es que llegué al lugar a donde lo llevaron luego de que lo sacaron a escondidas del hospital entre el esquema de seguridad del partido y la ayuda de una enfermera militante. Los paracos se dieron cuenta que había quedado vivo y lo estaban buscando.

Cuando lo vi, lo abracé, no recuerdo la broma que le hice, su ropa estaba llena de sangre, y como no podía quitársela, entonces me dijo: “mija, se le hizo el milagrito, le tocó desnudarme”. Entre risas nerviosas y con una palmada en el culo, así lo hice. Lo ayudé a cambiar de ropa. El partido había organizado todo un protocolo para sacarlo de la ciudad, junto a varios compañeros armados, incluyendo el secretario político, lo llevaron hasta el aeropuerto y salió rumbo a Bogotá. En la casa de la J, en la 23, me lo encontré meses después. Historias como esa se contaba cada nada que llegaba alguien nuevo a la casa, era la época de Uribe, era muy común. Una mesa gruesa, pesada y grande de madera era el sitio para el ritual. Y claro, también se les hablaba de Chucho. El huésped maldito.

En la medida que pasaba el tiempo poco a poco se iban haciendo grupitos de personas para pasar los días, o simplemente para hacer que la soledad y la tristeza se hiciera menos cruel. Recuerdo con mucho cariño a una compañera de Bogotá, de las pocas personas que nos visitaba de ese regional, además de la dirección nacional, claro. Ella estudiaba en una universidad privada, y a veces llegaba con su sonrisa, su amabilidad, su piel descurtida y una bolsa con mercado. Ella, creo que aún no sabe la penosa alegría y el hambre que lograba calmar cuando aparecía con su mercado, “salvaba la patria”, decíamos. Ese principio de la solidaridad se aprende, se enseña y se cultiva con el tiempo.

Un día, hace casi un año, lo quise aplicar con alguien de Bogotá, una persona joven, era “cercana”, y el sentido de seguridad o inseguridad personal, hizo que, en lugar del abrazo fraterno reaccionara de manera ofensiva y retadora, “usted no sabe lo que es pasar una necesidad”. Hay cosas en la vida que no se olvidan, la barbarie y los actos infames de la gente. Nunca respondí nada, porque cada cosa tiene su lugar.

En fin, como olvidar la comida de pasta y arepa con café de esos tiempos, y a doña Marina quien tenía su tienda de venta de cerveza al lado de la casa. Ella, además de hacer parte de esa vigilancia, sin saberlo, o tal vez lo sabía muy bien, nos guardaba en una pequeña nevera algunas cosas de comer, pues en la casa por lo general, nos cortaban la luz, menos había nevera, también nos regalaba monedas para que escucháramos música en una rockola vieja que tenía, y de vez en cuando, nos tomábamos una póker. Imposible no mencionar a José que lloraba frente a la placa de Chucho mientras recitaba algún poema y se tomaba algún trago barato. Cuando se embriagaba, a todos y todas nos buscaba y nos hacía brindar, mencionar el nombre de algún camarada asesinado y exclamaba: “por la vida, por la vida”. Parecía irónico, brindar por la vida mientras exclamaba la muerte.

El poeta José Luis todas las semanas nos llevaba el periódico VOZ, en esa época en la JUCO, teníamos la manía de leer al menos las editoriales, era parte del estudio individual. Él vivía en el segundo piso, su habitación estaba llena de libros, solo había espacio para una cama vieja, una mesa pequeña y para la humedad, su compañera fiel. Un día como tantos otros, le escribió un poema a Chucho:

“Te pedimos que nos lleves hasta el otro siglo.

Pero no al siglo XXII, sino al otro siglo,

al de los niños, al de las mujeres

y al de los hombres;

cuando tengan todos que comer”

En esa casa, en la de mi tiempo, siempre hubo espacio para la poesía, para un Cortázar, un cuento de Borges, una novela de Perozo. “Hasta el Sol de los Venados” era mi favorita, no recuerdo el nombre de uno de sus escritos que asimilaba con esa época que vivimos. Épocas de Juventud queriendo hacer la revolución, escapando de policías y matones y resguardándonos casi en el mismo infierno. Pero siempre optimistas, sin bajar la guardia y con Chucho, o más bien, por los cientos de Chuchos, que se había llevado la violencia y por los que también alcanzaron a pasar por aquella casa, y que poco tiempo después de estar allí, se los llevó alguna bala que sí logró atravesar la ventana de algún sueño, en algún lugar del país. Pese a esa tormenta, en medio de esas paredes frías, seguimos diciendo como José en uno de sus poemas a Chucho:

«¿Habrá posible?

¿Habrá revolución que nos lleve la mano?

No. Porque la revolución es con mandarinas,

y un ramo de flores de astromelias y SOCIALISTA”.

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