Celebraciones y resacas

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Nixon Padilla
@nixonpadilla

Junio se antoja siempre como un mes de celebración, no solo porque tenemos la mayor cantidad de puentes feriados en un mes, o porque el sol veranero agita los cuerpos, sino porque, con los años se ha ido apropiando como el mes de la diversidad y de la lucha de las personas LGBTI.

Desde las pantallas de los televisores, los edificios públicos, los logos de innumerables marcas, discursos políticos, pasos peatonales, e inclusive hasta algunas iglesias, se visten de arcoíris, en un festín de reconocimiento y de rechazo a la discriminación. La marcha o desfile que conmemora los disturbios del Bar Stonewall Inn en New York desde hace mas de medio siglo, que se convirtió en el ícono de la lucha por la libertad sexual, cierra con un derroche de cuerpos rebeldes que celebran, festejan y reclaman poder realizarse sin más límites que los derechos propios y ajenos.

Pero cuando termina junio, cuando los festones, guirnaldas y lentejuelas yacen en el pavimento, recogidas a desgana por algún trabajador del aseo, volvemos a una realidad que ya no es tan alegre, tan gay. Empieza la resaca.

Volvemos a contar muertas. Sí, en femenino. Porque la mayor parte de cuerpos martirizados por violar las normas del sexo y del género, que solo llenan algunas estadísticas, son de las mujeres transgénero, de las putas que no importan para todos los que se apropiaron del arcoíris y lo convirtieron en su declaración progresista de verano.

Volvemos a la “limpieza social” que, en barrios y pueblos azotados por la violencia, amenaza a las “maricas” y las expulsa del territorio.

Volvemos a las violaciones de mujeres para que se les quite lo “areperas” probando lo que es estar con un macho.

Volvemos al colegio, donde la cátedra mejor enseñada y aprendida es el acoso.

Volvemos al miedo que causa que alguien se entere de un diagnóstico de VIH. Pues mata más el estigma que el virus.

Volvemos, siempre volvemos.

No basta solo con reconocimiento, con la palabra condescendiente de aceptación, con la bienvenida a la moral sexual hipócrita aceptada socialmente, con incluirnos en las formas “aceptables de familia”. Todos los avances son importantes, el matrimonio igualitario, la adopción homoparental, las leyes antidiscriminación, etc.

Pero la raíz del problema aún está intacta, la causa de todo este retorno deshumanizante continúa. La estructura de jerarquías sexuales y del género que constituye la base de la sociedad se mantiene incólume, esa que asume que la conducta y valores de la heterosexualidad es la que debemos aspirar, a la que debemos llegar, como sino fuera ella misma la causa de la desigualdad.

Es tanto como decir que la meta de los trabajadores debe ser aspirar a convertirse en explotadores y renunciar a destruir el sistema de explotación.

Nada va a cambiar si la meta es incluirse en el sistema, adecuarse para ser aceptado, comportarse para ser asimilado. Es necesario cuestionar la norma heterosexual, pues ésta es una cárcel cómoda para quienes creen merecer privilegios por estar allí, aunque cárcel, al fin y al cabo.

Se ha alcanzado mucho, aún falta mucho más. Falta que los derechos reconocidos y los que faltan por reconocer, pasen del discurso al ejercicio cotidiano en la vida real y no solo en las películas gay friendly de moda. Pero sobre todo falta transformar el sistema que explota y divide.

Mientras desbrozamos el camino de los derechos, no olvidemos que el destino es la igualdad.