Carta a la gente de bien

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Víctor de Currea-Lugo

Yo soy un levantado y un resentido. Eso no es bueno ni malo, solo es. Alguna vez, por unos segundos, sentí vergüenza de haber crecido en Bosa, Palestina, pero se me pasó rápido. Viviendo en Europa aprendí a tener orgullo de ser latinoamericano, y mucho antes había aprendido a la dignidad de ser de un barrio pobre. Ahora, con total descaro escribo esta carta para la gente de bien.

Eso que ustedes llaman odio yo lo llamo indignación, sin embargo, le seguiré diciendo odio en esta carta para que ustedes me entiendan. Yo conocí el odio entre clases cuando era niño, recuerdo a mi mamá limpiando en una cocina de una casa de ricos, esa cocina era muy grande, algunas cosas colgaban de las paredes (más que como objetos para cocinar, como demostraciones de lujo). A petición de la dueña de la casa yo debía quedarme quieto, y me quedé quieto en una silla mientras mi mamá limpiaba.

Eso para ustedes puede parecer tonto, pero para mí no, porque el mensaje de ustedes es que nosotros siempre debemos quedarnos quietos, inmóviles, resignados por orden de ustedes.

No es que vivamos en países diferentes, es que tenemos presupuestos diferentes. Para ustedes la pandemia fue una incomodidad y el paro un obstáculo para ir a un campo de golf. Para otros la pandemia fue un rebusque mayor y el paro la posibilidad de gritar juntos que nos están matando.

Ahora ustedes salen vestidos de blanco. Ya habían salido en Cali vestidos de blanco y armados a dispararle a la minga. Ya habían salido antes a advertirnos que plomo es lo que hay y plomo es lo que viene. Ya lo habían dicho en Pereira y en Cúcuta y están regados por todo el país.

Ustedes se sienten orgullosos de haber elegido al mismo por tanto tiempo. A veces los miro, más que con desprecio, con algo de lástima porque algunos tienen unas economías tan precarias y unas vidas tan pobres que no entiendo su voto por el verdugo. Ustedes no solo votan por él sino que lo idealizan, lo vuelven el mesías.

Pero la idea de gente de bien no es de una camisa blanca (y me acuerdo de las camisas negras del fascismo) sino que es una vieja historia; de lo que ustedes no se han dado cuenta es que hay diferentes tonos de blanco: los blancos de verdad, los dueños del país, como Luis Carlos, Julio Mario; otros como Álvaro e Iván, simplemente los capataces de una finca; y están los jefes de los peones, que ganan como peones, viven como peones, pero se creen capataces. Así nació el paramilitarismo, así se consolidó la extrema derecha, y, como El Cóndor, rezan de día y ordenan masacres de noche.

Ya me sé toda su retahíla de que pagan impuestos, y asumen que los que están en Siloé o Ciudad Bolívar no pagan impuestos cada vez que consumen en Colombia.

Ya me sé su retahíla de las instituciones, esas mismas que he visto cómo abandonan a la gente o solo se acercan a los territorios en nombre del Estado para masacrar y desplazar.

Ya me sé su cuentico de que la violencia solo engendra violencia y de que el camino es la paz, al mismo tiempo que engrasan sus pistolas para matar impunemente a quienes se les ocurra.

Ya sé que corren a refugiarse en las normas, con las mismas que pisotean a la gente; en las leyes, las mismas que han expropiado por generaciones; y en los tribunales, los mismos que siempre los han declarado inocentes.

También hay algo que debo reconocerle a algunos y es que están dando la cara. Hay otros de blanco que, por el contrario, están agazapados, los neutrales, que llaman a la tolerancia, para los que toda la violencia es igual, los que no miran el contexto y quieren sonreír hacia todos los lados para quedar bien con el mundo, pero les recuerdo que nadie es monedita de oro.

Ustedes están metidos en el paro, no a favor, sino en contra. Son esos que obligan a sus trabajadores a llegar a tiempo a pesar de los trancones o serán sancionados, los que les quitaron el 10% del salario a los trabajadores de la salud en la mitad de la pandemia, los que miran a otro lado cuando cae un joven, los que aprendieron a decir que la víctima no estaba cogiendo café. También son los que están encapuchados incendiando cosas para culpar a los manifestantes, como ya se ha demostrado. Son también esos de blanco que se visten de verde, porque sabemos que hay unos de verde que se visten de blanco.

Y claro, los timoratos y los tibios me dirán que no debo polarizar. En una sociedad económicamente polarizada, socialmente polarizada, políticamente polarizada, yo no puedo polarizar, según ellos. ¡Qué ironía de la vida y qué hipocresía!

El problema, para ustedes, es que la gente se despertó. A ustedes les molesta que una reforma tributaria de blanco, para la gente de bien, haya sido tumbada; y que una reforma a la salud, para la gente de bien, también haya sido retirada. Y yo sé que les molesta que al ministro de Hacienda, que hace parte de la gente de bien y que dejó sin agua a varios millones de los que no son la gente de bien, le haya tocado perder su puesto.

No sé si es una coincidencia de colores, pero la gente de bien se viste de blanco y los timoratos de bien, algunos, invitaron a votar en blanco.

Ya sé qué me van a decir mis amigos, algunos de ellos muy cercanos a la gente de bien, tanto que parecen parte de ellos, que mi postura llama al vandalismo. Me dirán también que no puedo tomar todo tan personal, pero lamento informarles que recordar a mi mamá limpiando en esa cocina me enseñó que no hay nada más personal que la injusticia y que no hay nada más personal que la indignación, sobre todo cuando tiene nombre propio, se llama la gente de bien.

Lamento informarles que ya tomé partido, y es posible que perdamos, pero si estamos acostumbrados a perder por qué no vamos a luchar para tener un juego en condiciones un poco más justas, entre iguales; por qué vamos a preocuparnos porque ustedes duerman bien, cuando nos han dañado los sueños.

Nos veremos por ahí en las calles, me mirarán con desprecio, dirán que soy poco académico, que siendo médico debería estar con la gente de bien, que el resentimiento no ayuda, que el pasado es el pasado y que juntos tenemos que abrazarnos para construir un mejor país. Esa última frasecita la he escuchado por décadas sin que ustedes hayan puesto un grano de arena para que esto mejore.

Me despido, debo irme a tomar fotos en otra marcha, a echar una mano en una asamblea popular. Y, como buen hincha de Santa Fe, no me preocupa la derrota, me preocupa la deslealtad. Buen día.

PD: Si usted no se considera gente de bien, no tiene por qué sentirse ofendido.