Cajamarca: Entre el agro y el oro (Lecturas de cuarentena)

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Panorámica de Cajamarca, Tolima. Foto Erika Prías

Artículo publicado en el impreso del semanario VOZ el 31 de julio de 2019

Cajamarca es un municipio del departamento del Tolima en la Cordillera Central, a 30 km al oeste de Ibagué. Está a una altitud de 1814 msnm y para 2007 contaba con una población de 19,789 habitantes. Cubre un área de aproximadamente 51.528 hectáreas, de las cuales el 79% están en la Reserva Forestal Central. Es conocido como “la despensa agrícola de Colombia. Su clima templado, con una temperatura media de 19oC, por lo que es propicio para cultivos tales como arracacha, café, fríjol, maíz y muchas variedades de fruta como naranjas, limón mandarino, plátano y banano.En Cajamarca nacen ríos que son de importancia estratégica para todo el Tolima. El municipio tomó mayor protagonismo cuando en 2017, mediante una consulta popular, rechazó la continuidad de un megaproyecto para la extracción de oro a cielo abierto por parte de la multinacional AngloGold Ashanti.

Parque principal de Cajamarca. Foto J.C.H.

Juan Carlos Hurtado Fonseca
@aurelianolatino

Estoy en un Crepes and Waffles en Bogotá. Tengo ante mí un suculento plato de Saqqara hecho con arracacha, y una preparada de gulupa, productos cultivados por campesinos de Cajamarca en el departamento del Tolima.

Pienso en toda la relación social dada a través de un producto del campo. Desde las familias que lo cultivaron y cosecharon, el transporte a los centros urbanos, hasta la degustación en una mesa de cualquier hogar o restaurante.

Recuerdo a los labriegos cajamarcunos y su entrega que por generaciones han hecho a las labores de los surcos, y me parece grato saber que esta firma no utiliza intermediarios para comprarles varios de sus frutos. Lo empezó a hacer inmediatamente después de que ganaron la consulta minera en marzo de 2017, cuando los pobladores decidieron decirle No a una explotación de oro en la loma La Colosa, por parte de la multinacional AngloGold Ashanti, AGA.

Evoco el viaje que hice dos semanas antes a ese municipio. Salí de Ibagué en un trayecto de una hora en bus intermunicipal por la vía Panamericana, que zigzaguea 31 kilómetros hasta encaramarse a 1.814 metros sobre el nivel del mar en la Cordillera Central.

Es un pueblito con alrededor de 20 mil habitantes -según sus mismos pobladores-, pues por estos días los datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, no son muy confiables. Está enclavado en montañas que emanan agua y hacen más fértiles sus tierras y que, al sumarse a su clima, entregan todas las condiciones para el cultivo de una gran variedad de productos agrícolas. No por nada se atreven a llamarlo de manera rimbombante: La Despensa Agrícola de Colombia.

El casco urbano está dividido abruptamente por la Panamericana, una de las arterias viales más importantes del país. Su comercio también se basa en los miles de viajeros que diario pernoctan y se alimentan para continuar su camino.

Monstruo al acecho

Lo que alertó a los cajamarcunos del monstruo que los acechaba, fue una declaración en

Maquinaria para extracción minera. Foto archivo

medios de comunicación del entonces presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez, en el año 2007 en la que decía que en Cajamarca habían encontrado uno de los yacimientos de oro más importantes del mundo. La noticia pasó desapercibida para muchos. Pero pocos meses después empezaron los primeros asomos de la multinacional. En consecuencia, la organización de algunos pobladores para conocer el tema, rechazar el proyecto minero y lograr la realización de la consulta.

Hablé con uno de los líderes del movimiento que se opuso a los intereses de la multinacional, Julio Roberto Vargas Malagón, en un pequeño establecimiento comercial que vende productos fabricados a base de cultivos orgánicos, traídos de las cuarenta y un veredas del pueblo. Conversamos mientras mojo la palabra con una fría, deliciosa y adictiva chicha de arracacha, que inicialmente pruebo con desconfianza, pero que con el primer sorbo me rindo ante su suavidad y dulzura.

Julio Roberto Vargas Malagón.

Relata que el proyecto de la AGA es la creación de un corredor o distrito minero entre los departamentos del Quindío y el Tolima que involucra a los municipios de Salento, Pijao, Calarcá, Cajamarca, Ibagué y Piedras. “La pretensión es construir un mineroducto, extraer aquí la roca desde Cajamarca, pasando por Ibagué, el plan del Tolima hasta el municipio de Piedras. Pero Piedras hizo una consulta y rechazó la minería porque la empresa pretendía construir allá las piscinas de lixiviación y la infraestructura para coger la roca, triturarla, echarle el cianuro y dejar allá las montañas de roca muerta”, explica Julio Roberto quien a sus 34 años de edad es la tercera vez que es candidato a la Alcaldía.

Eso fue un ejemplo para que el movimiento, con el favor de varios concejales, lograra que se aprobara la consulta popular en 2017, y con la participación de 6.200 personas el pueblo dijera No a la minería.

El candidato viste una camisa azul oscura manga larga y luce un sombrero aguadeño beige de cinta negra y ala corta. Mira hacia la calle mientras acaricia su barbilla con los dedos índice y pulgar derechos y de manera muy pausada y asintiendo con la cabeza dice: “Ellos van a intentar volver, no sé si lo harán en este gobierno. Se fueron pero no han dejado botado el proyecto, están esperando a ver qué pasa en el ámbito nacional en cuanto a lo político y jurídico. Creemos que van a llegar y lo harán financiando campañas a la Alcaldía, como lo han hecho. Desde que llegaron han puesto alcaldes y han regido la política”.

Mientras lo escucho, sigo saboreando la chicha y veo que habla con el conocimiento propio de haber estudiado los temas, haber nacido, crecido y estudiado en una de las veredas del municipio y de haberse graduado en Trabajo Social en la Universidad del Quindío. Es aspirante por un movimiento ambiental que agrupa a líderes sociales y organizaciones de campesinos, y que seguramente tendrá el aval del Partido Verde.

Le digo que algunos medios de comunicación en el ámbito nacional han dicho que con la salida de AngloGold el municipio ha sido impactado en los índices de desempleo. Julio dice que es mentira porque la principal fuente de trabajo siempre ha estado en el campo.

Constantemente mira a todos lados, levanta su brazo, extiende la palma de su mano, sonríe, abre los ojos y responde a campesinos, quienes lo saludan desde otras mesas o al paso por la calle. Algunos de ellos le dicen que la tercera será la vencida.

Bajonazo en las ventas

Doña María, quien proviene de Santa Rosa de Cabal, Risaralda, vende chorizos de cerdo con arepa a dos mil quinientos pesos en una esquina del parque principal. Me cuenta que desde la partida de la AngloGold ha perdido ventas y se ha visto muy afectada: “Mi hijo los hace y yo los vendo. Vendía 150 diarios y ahora solo traigo 120 y me regreso pa´ la casa con unos 30”.

Gran parte de los cajamarcunos no son oriundos del municipio. Como la señora Rosa, desde 1886 varios antioqueños en búsqueda de oportunidades llegaron a lo que hoy es la vereda de Anaime en donde fundaron la cabecera municipal de Cajamarca para desarrollar actividades productivas propias del campo. Solo hasta 1916 la Asamblea departamental dispuso el traslado del poblado al lugar donde se encuentra actualmente.

Pero no solo las ventas ambulantes se vieron afectadas con la suspensión del proyecto. Otros comerciantes, quienes se beneficiaron con el boom de la minería en su etapa de exploración, se perjudicaron con la partida de la empresa. Aunque otros estuvieron a favor del No en la consulta porque tienen fincas y cultivos que, dicen, serían perjudicados por el proyecto.

El Hotel Nevada es uno de los establecimientos desfavorecido. Funciona hace más de 40 años. Cuenta con 50 habitaciones de las cuales alrededor de 20 estuvieron por años contratadas por ingenieros de la AGA. Según sus dueños, ya no hay unas ganancias fijas y la disminución en las utilidades fue alta.

Otro caso es el de Gustavo Guevara, quien es un ecuatoriano que llegó a Colombia en la

Gustavo Guevara

década de los 80 por un viaje de aventura como estudiante de Ciencias Sociales. Quiso hacer un recorrido de carácter arqueológico. Comenta que se quedó porque se enamoró de una cajamarcuna y porque aprendió a trabajar en el negocio de las telas en Bogotá, luego de que le robaran su dinero y documentos en San Victorino.

El domingo que hablamos estaba feliz con el triunfo de Richard Carapaz en el Giro de Italia y con orgullo lucía una camiseta de la selección ecuatoriana de fútbol.

Hace décadas que compró un pequeño negocio con su esposa. Luego, poco a poco, lo fue levantando, hizo un curso de modistería dictado por Comfenalco y estudió en el SENA, lo que le dio bases para fortalecerlo y proyectarlo.

Inicialmente, el único mercado que tuvo fueron los uniformes para los colegios y le bastaba con dos fileteadoras y una plana. Al llegar la Ashanti vio la oportunidad de presentarle un portafolio y empezó a producir uniformes para sus trabajadores: “La empresa fue muy benévola con nosotros y nos hizo el primer pedido que constaba de 80 camisas, 80 pantalones, 40 pares de botas y 40 impermedables. Eso fue como en el 2008”, comenta el comerciante.

El trabajo estuvo tan bien hecho que los pedidos se aumentaron y fueron más frecuentes. El negocio se amplió y en poco tiempo pasó de dos empleadas a dieciséis. “Tuvimos que capacitar a las niñas que trabajaban y la empresa nos ayudó trayendo unos instructores. También tuvimos que contar con dos puntos satélites en Ibagué, donde confeccionaban”, comenta Gustavo Guevara.

Sacó créditos bancarios y amplió el negocio. Compró más máquinas y el volumen en pedidos fue mayor.

El problema comenzó cuando la multinacional tuvo que irse por la consulta popular. “Cajamarca perdió una gran oportunidad. Y se perdió la consulta, no con gente de aquí sino traída de otras partes, porque si solamente los cajamarcunos votan, no lo hacen más de tres mil ya que la gente sabía que iba a perder muchísimo. Ninguna empresa le ha dado tanto a Cajamarca como la Anglogold Ashanti que le dio un buen estadio, un buen matadero, una plaza de mercado, el gas domiciliario, ayudaron a las asociaciones de arracacheros, aguacateros y de frijoleros”.

Él mismo se muestra como víctima porque debió despedir a las trabajadoras, quienes a la vez quedaron sin cómo atender a sus hijos. La mayoría debió salir del municipio a buscar oportunidades. Me pasea por las instalaciones de lo que fue una fábrica de ropa para trabajadores y estudiantes. Ahora está sin personal. Solo unas fileteadoras y máquinas planas que le recuerdan sus años de apogeo.

Le explico que en mi labor de periodista por años he recorrido varios municipios con presencia de grandes compañías mineras que influyen en su economía, y que las quejas de comerciantes, campesinos, habitantes y trabajadores son muchas, sobre todo en relación con incumplimientos a promesas hechas antes de extraer. Que las afectaciones medioambientales, el alto costo de vida y las tasas de desempleo son altas, que traen trabajadores de otras partes, incluso de otros países.

Me dice que para solucionar eso lo que falta es que desde el Congreso de la República se expidan leyes que protejan al medio ambiente, pero que esos recursos que da la naturaleza son necesarios para la humanidad. Me pone el ejemplo de Chile donde Pinochet llamó a las empresas a invertir, pero les puso leyes para que las cumplieran. “Queremos una minería responsable con el medio ambiente y que dé trabajo a nuestros habitantes”, concluye don Gustavo Guevara.

Entre el surco y la mina

Uno de los motivos para ir a Cajamarca fueron unas notas de prensa acerca del desempleo en ese municipio como consecuencia de la retirada de la AGA. No era difícil interpretar que aunque fuera cierto, se buscaba echar parte de la responsabilidad del hecho al triunfo del No. El empleo era un caballito de batalla de quienes querían que el proyecto continuara.

Por eso, me di a la tarea de buscar a un trabajador que hubiera dejado sus labores de jornalero por las de obrero en el proyecto. Quise ver las diferencias.

Jesús María Ramírez a sus 43 años vive con su esposa y es padre de dos hijas. Desde los

Jesús María Ramírez.

ocho años empezó a labrar la tierra. Fue tanto el tiempo en esa rutina lo que lo impulsó a aventurarse: “Estaba cansado de tanto fumigar y todo eso… y me dio por pasar la hoja de vida allá”.

—¿El salario era mejor?— Le pregunto sentados en dos sillas Rimax en la oficina de una asociación de campesinos.

—No. Gana uno más en el campo, trabajando la tierra que en esa empresa. El jornal, de siete de la mañana a cinco de la tarde en un cultivo de arracacha lo pagan a 42 mil, con cuatro comidas diarias. Hay que abonar, fumigar, cosechar y hacer de todo. En el campo siempre hay trabajo. Uno descansa el domingo.

—¿Y qué hace el domingo? —Se viene uno pa’cá, pal’ pueblo a hacer mercadito, a pasear, a tomarse unas poker.— Sonríe.

—¿Y en la mina cómo era?

—Allá arreglábamos cunetas, alcantarillas, carreteras, sembrábamos árboles y nos llegaban quincenas de 400 mil.

—¿Usted abandonó el campo por ese salario en la mina?

—Pues sí, uno lo hace es por ir a catear a ver qué pasaba y vea… supuestamente allá pagaban bien.— Me responde mientras suda como si estuviera echando azadón en un surco bajo un potente sol de mediodía.

—¿El trabajo era más suave en la mina?

—Sí. Allá se descansaba mucho.

—¿Cómo era el contrato en la mina?

—Con todo lo de ley.

—¿Y en el campo?

—No allá no se tiene nada de eso.

—¿Alguna vez les dijeron que cuando empezara la fase de explotación les darían un mejor trabajo?

—No. No señor porque allá nos decían: “Aprovechen ahorita porque cuando metamos maquinaria pesada ya no los necesitamos”.

Mi mamá me mima

Una extrabajadora del proyecto supo de mi presencia en el municipio y quiso contarme su experiencia. Yo también buscaba un caso así. Johana Espitia se graduó de matemáticas y estadística en la Universidad del Tolima en 2007. Inmediatamente entró a trabajar con AngloGold, aunque a través de una temporal como encuestadora donde preguntaba en las veredas sobre la cantidad de pobladores y sus estratos socioeconómicos. Por unos meses estuvo laborando en las oficinas de la multinacional en Bogotá en el proceso de tabulación de los datos. Luego, trabajando en una plataforma en la que se recogían muestras, midiendo, pesando y armando los rompecabezas de las rocas extraídas, donde se aplican químicos para evitar derrumbes y taponamientos en las perforaciones.

Johana Espitia.

Johana me recibe en su hogar y mientras sentada en un sofá acaricia un gato regordete, amarillo, parecido a Garfield al que llama Dani, me cuenta: “Esos químicos hacen que las muestras salgan muy babosas, resbalosas y difíciles de manipular, y no se pueden lavar porque hay que irlas midiendo e irlas empacando”. Las plataformas son estructuras en madera de 10 metros cuadrados en las que hay tanques de sedimentación y máquinas de perforación.

El 11 de marzo de 2011, Johana les informó a sus superiores que hacía una semana estaba enferma: “Sentía mareos, dolores de cabeza muy fuertes, me caía porque se me dormían los pies, pero pensaba que era por los decibeles del ruido de los motores diésel que a la vez producen vibraciones muy fuertes”. No pudo seguir trabajando.

Para este tipo de labores los uniformes de dotación apenas eran jean, camisa, guantes de caucho y tapabocas: “Eso no era lo adecuado para el manejo de los químicos que se utilizaron. No había un sistema de seguridad y salud fuerte, solo nos daban cartillas para leer. Eso era insuficiente más cuando no se sabe qué hay en el subsuelo”.

A los dos meses de haber salido del trabajo sufrió un aborto: “Estuve en el médico en Ibagué, pero no me atendieron. Al regresar a Cajamarca sentí mareos fuertes y me tocó devolverme a esa ciudad donde me detectaron un aborto retenido, me hicieron legrado. Pasaron siete meses y me dio una lesión cerebral”. Se desentendió del gato porque debió utilizar sus manos para expresarse mejor.

Encuentra un punto en la pared que está detrás de mí y se queda mirándolo para concentrarse y recordar. Comenta que había viajado a California, Santander, a visitar a su esposo. Allí entró al baño y se cayó. No sentía ningún dolor. Al bajar las escaleras volvió a caerse. No tenía fuerza para levantar una cuchara y se le durmieron los brazos. “Me siento mal”, le dijo a su esposo. Decidió ir al médico, quien le dijo que eso le pasaba por el frío.

Ante la preocupación de varios galenos por una sintomatología que no presentaba dolor, Johana respondió que tampoco podía leer. “Eran cosas raras las que me pasaban. El médico me pasó una hoja y un esfero y me dijo: ‘Escriba mi mamá me mima’. Iba en la mitad de la frase y no pude”.

La principal actividad económica del municipio es la agricultura. Foto J.C.H.

Inmediatamente fue llevada en ambulancia para Bucaramanga a una resonancia en la que le encontraron una masa en el cerebro. Le aplicaron corticoides y quedó en cuidados intensivos. Una junta de neurocirujanos decidió que se requería una biopsia heterotáxica. Inició otro calvario durante año y medio peleando con la EPS Salud Total para que se la hiciera. Mientras tanto, soportó dolores de cabeza y un segundo aborto. Producto de una tutela logró que se la realizaran. Fue intervenida por seis médicos, quienes le dijeron que tenía una Gliosis Astrocitaria Reactiva producida por un agente externo.

Fue enviada a toxicología en donde le manifestaron que todos los síntomas concordaban con los de las personas contaminadas con mercurio. Solo había dos con lo mismo en el país, Johana y una mujer de Segovia, Antioquia.

“Tuve una quelación de ochos días con catéter central al corazón para poder expulsar el mercurio que me había producido la caída del cabello y los dolores de cabeza que aún no se quitan”, me comenta Johana, mientras Dani se despereza, me mira, se baja del sofá y se retira.

Inició un nuevo viacrucis. Ahora contra la transnacional para que le pagara lo que había gastado en sus tratamientos, cirugía e incapacidades por ser una enfermedad de origen laboral. Demandó a la empresa temporal SOS Empleados y a Anglogold Ashanti, ya que la primera trabajaba para la compañía.

“Me llevaron a junta regional y a junta nacional de la ARL Colpatria. Anglogold dijo que solo trabajaban con ACPM y gasolina, pero no dijeron que usaban diecinueve químicos. No sé si tenían permiso para eso. Uno de esos materiales necesita un traje especial para ser manipulado, un traje parecido al de un astronauta, y nosotros solo usábamos un tapabocas y guantes que aveces se rompían. La junta dijo que yo me contaminé en la calle o sea por ahí…”, explica la profesional.

Ante una juez de Ibagué, Johana presentó todas las pruebas y un estudio que hizo la Universidad Nacional que demuestra el uso mercurio por parte de AGA. Finalmente, la juez admite que hay un contrato de trabajo, pero Johana Espitia fue condenada a pagarle a Anglogold cinco millones de pesos por daños y perjuicios, y otros cinco a la ARL.

Actualmente, el fallo está en una segunda instancia: “Ellos no reconocen el problema porque al hacerlo se descubriría que usaban esos químicos sin permiso. Prefiero irme a la cárcel, pero no le voy a pagar ni un peso a Anglogold”.

Johana se siente impotente. Sabe que es una pelea entre David y Goliat, y que el gigante cuenta con el favor de algunas autoridades. Seguirá peleando. Cuenta con la solidaridad de abogados y organizaciones sociales, con el apoyo moral de su bebé, su esposo y el resto de su familia, aunque sabe que no es suficiente para que se haga justicia.

Es una de las miles de víctimas de esta transnacional en todo el mundo. Según el informe intitulado, La Colosa: Una muerte anunciada, de la organización Colombia Solidarity Campaign, AGA está enfrentando demandas potencialmente multimillonarias de ex trabajadores enfermos de silicosis. Hausfeld, una de las empresas que representa legalmente a los trabajadores, estima que puede haber entre 320 mil y 500 mil enfermos en Sudáfrica.

La verdadera riqueza

Agricultores de arracacha.

La principal actividad de Cajamarca es la agricultura y este municipio es el principal productor de arracacha del país. Todas sus familias, de una u otra manera, están ligadas a la producción en el campo. Pero los problemas para obtener mejores utilidades con sus productos se asemejan a los de otros campesinos en otras regiones: la ausencia de políticas de mercadeo, la producción sin subsidios y las cadenas de intermediarios, entre otros. Muchos cultivadores se ven obligados a dejar sus productos en el mercado a precios irrisorios que apenas les permiten sobrevivir.

No obstante, algunos han logrado organizarse en diferentes asociaciones con el objetivo de encontrar mejores formas de producción y comercialización. Por eso, veinte familias cultivadoras de arracacha, frijol, granadilla, lulo, limón mandarino, café, banano y gulupa, entre otros, lo hicieron en la Asociación de Productores de Semillas Andinas, Asprossan.

La iniciativa tuvo como origen dar soluciones a problemas de las semillas de arracacha, y con el apoyo de Corpoica, desde hace cuatro años producen en otras condiciones.

Además, varios de sus productos los venden a buen precio y directamente; es decir, sin intermediarios, a la cadena de restaurantes Crepes and Waffles. Cada semana casi una tonelada de arrancha sale para esta empresa, lo que ha repercutido positivamente en los cultivadores. Al saber esto, me propongo ir a comer allá a mi regreso a Bogotá. Me despierta una gran curiosidad saber lo que hacen con el limón mandarino, la gulupa y la arracacha que compran.

En la sede de Asprossan cuelga un pendón con fotos de cultivadores, del tubérculo y una

Bernayn Vargas Fandiño.

frase que reza: “Si la gente supiera cuan difícil es producir alimentos, más respeto tendría por los agricultores”. Dialogo con Bernayn Vargas Fandiño, agricultor y representante legal de la organización, quien me comenta que a través de biomoléculas multifuncionales han logrado encontrar otras maneras de hacer control de arvenses, plagas y enfermedades. Han empezado con fertilización radicular, como foliar. “Hay muchas cositas caseras que estamos haciendo en las fincas, a lo que es solo agregarle la nanotecnología y funcionan perfectamente”, explica Bernayn, quien agrega que antes de lo económico hay que pensar en que primero está la vida, el cuidado del suelo, mejores cosechas y alimentos, que es el valor agregado de sus productos.

Y las águilas ahí

Llevo dos días detrás de Jimmy Fernando Torres Fajardo, uno de los líderes campesinos que se echaron al hombro la campaña por el No en la consulta. Siempre está muy ocupado en su finca a media hora del casco urbano. En el pueblo tiene un negocio en el que sin ser intermediario vende productos que le llevan varios campesinos. Ahí lo espero. Solo podemos vernos entrada la noche.

—Por fin podemos hablar.

—Primero acompáñeme allí, a la Policía.

—¿Y eso?

—Me mandaron llamar para entregarme unas cartillas de protección porque hace unos días

Jimmy Fernando Torres Fajardo.

nos amenazaron las Águilas Negras.— No pude creer que estuviera tan tranquilo. Vamos, pero la agente que lo había citado no estaba. Regresamos por una calle oscura mientras me va comentando los hechos que le cambiaron la vida.

En 2007 vieron a Álvaro Uribe en televisión diciendo que en Cajamarca se encontraba una de las minas de oro a cielo abierto más grandes del mundo. Tres años después la compañía inició a socializar en las veredas y en el pueblo.

“Nosotros no teníamos idea de qué era minería y empezamos a indagar. Nos enteramos lo del Cerrejón en La Guajira. Vimos muchos documentales que nos aportaban amigos de la Universidad del Tolima. Por eso, luego nos opusimos a que le empresa nos pintara la escuela en una vereda”, dice Jimmy Fernando, mientras da instrucciones en su tienda o pregunta si Fulanito o Zutanito ya pasaron a recoger unos productos.

Se echaron la comunidad encima porque enviaron una carta pidiendo el retiro de la pintura. Les decían que estaban locos, que se oponían al desarrollo. “Alguna vez ellos mismos nos dijeron que el proyecto sería a cielo abierto y nos mostraron unas máquinas con unas llantas super grandes, eso nos preocupó, pensar que meterían esa maquinaria a la alta montaña”, comenta el líder campesino.

Por oponerse a la pintada de la escuela le tocó a él y otro campesino meterse la mano al bolsillo, comprar la pintura y hacerlo; aunque ya con el acompañamiento de 80 personas, entre quienes había representantes de una ONG internacional y estudiantes de comunicación social de la Tolima, entre otros. La tarea terminó en una fiesta. El proceso crecía rápidamente.

Mientras tanto, la AGA pintaba otras escuelas, arreglaba carreteras, financiaba proyectos productivos de gulupa y aguacate. Llevó concejales y al alcalde a Brasil a mostrarles proyectos de minería responsable, quienes luego negaron la posibilidad de la consulta popular.

“Por más tecnología que tengan deben tener en cuenta que estamos en una estrella hídrica, en una falla geológica, en una zona de reserva forestal central y eso pone en riego la vida de las personas. De La Colosa hacia abajo habría cerca de millón setecientas mil personas en riesgo. Además, el fallecido hidrogeólogo Robert Morán nos explicó que para sacar un gramo de oro deben triturar una tonelada de roca, y la empresa tiene títulos mineros a 40 años, prorrogables a 70”.

La comunidad se preocupó más cuando la misma transnacional en su proceso de socialización, le dijo que la montaña sería trasladada a Piedras, Tolima, a través de una banda transportadora. El tema cada vez tomó más fuerza en los medios y la academia.

“Siempre pedimos que viniera el Gobierno a explicarnos el proyecto, nunca lo hicieron, aunque sí vinieron a la mina. Propusimos la consulta. La primera vez fue negada en el Concejo municipal”.

El trabajo de campo se intensificó. Se recogieron firmas para que por fin se convocara a una consulta y se plantearon como estrategia traer personas de otras regiones, quienes ya sufrían las consecuencias de la minería para que ayudaran en la campaña. La consulta fue realizada por la Registraduría y el 97,9% de los votantes dijo No a la continuidad del proyecto.

Jimmy Fernando Torres cree que hay intenciones de que se reincide el proceso y se pase a la fase de explotación. Sabe que para hacerlo posible es necesario revertir todo, hacer muchas leguleyadas. “Pero nosotros resistimos demostrando que somos la despensa agrícola de Colombia, trabajando la tierra, seguiremos argumentando, y mostraremos lo que pasa con la minería a cielo abierto en Antioquia, lo del Cerrejón, Hiodroituango y el Páramo de Santurbán”

La mina no es el debate

Camilo Ernesto Valencia Agudelo.

Camilo Ernesto Valencia Agudelo es precandidato a la Alcaldía del municipio por los partidos de la U y Conservador. Es comunicador social de la Universidad de Ibagué. Dice que aspira al cargo porque Cajamarca tiene un gran potencial agroecológico y turístico para aprovechar. Que la minería ya no debe ser el debate de los aspirantes a burgomaestre porque es un tema del pasado.

Le pregunto si cree positivo o negativo haber detenido el proyecto minero de La Colosa, a lo que responde que más allá de eso el Gobierno tenía que haber intervenido socializando porque le pertenece a él como Estado y no a una empresa minera. Además, que se debió planear cómo mitigar los impactos del cierre.

—¿Qué impactos generó?

—La empleabilidad. Los que trabajaban en la empresa quedaron sin empleo y eso genera afectaciones sobre la economía.

—¿Cuántas personas trabajaban ahí?

—No sé. El proceso tuvo varias etapas y dependiendo de cómo estas se movieran, se empleaba.

El precandidato cree que el Gobierno nacional falló al no asistir al municipio cuando la transnacional se fue. Le pregunto si es verdad que el desempleo aumentó con la partida de la empresa. Me dice que no se sabe, que no hay un documento sobre eso, aunque sí quedaron personas sin trabajo.

Lo interrogo acerca del regreso de la AGA porque algunos pobladores que lo desean me han dicho que él es el candidato de la mina, y que al quedar Alcalde podría ayudar en ese sentido. Dice que eso no depende de esa entidad sino del Gobierno nacional. Además, aclara que él no es el candidato de la multinacional, no obstante manifiesta haber trabajado en esa empresa como profesional de Gobierno, cargo en el que realizaba relaciones institucionales con las entidades del Estado para proyectos de inversión.

Camilo Ernesto Valencia cree que faltó un estudio de impacto ambiental para poder saber si se podía pasar a la fase de explotación en La Colosa.

—Al estudio le faltaban unos tres años, la compañía no alcanzó a presentarlo, así lo determina la ley, nosotros no lo conocimos.

—Pero es un estudio de la misma compañía, ¿se podría tener confianza en un estudio hecho por ellos mismos?— Le digo para cuestionar su argumento.

—Usted está induciendo su pregunta a una respuesta que quiere escuchar. El Estado determina las condiciones. El Código Minero establece las condiciones sobre las cuales puede operar un proyecto minero. Quien opere una mina tendrá que hacerlo conforme a la ley.

Mira un ejemplar del periódico VOZ que le doy para que conozca el medio para el que habla. Al observar su portada ve una foto del senador Iván Cepeda y comenta que personajes políticos como ese se opusieron a la explotación minera, pero nunca aparecieron por allá con proyectos productivos para el municipio. Le digo que como legislador no es su función y me refuta argumentando que si quisieran ayudarían mucho con ese tipo de iniciativas.

El candidato a la Alcaldía le pregunta a Cortolima, a las organizaciones del municipio y a las organizaciones internacionales que lideraron y apoyaron la oposición al proyecto minero, ¿qué le dejaron a Cajamarca en cuanto a proyectos de desarrollo, oportunidades de laborales? Y al Estado le pregunta qué hará porque el proyecto se cerró, pero siguen vigentes los títulos.

Un daño colosal

Pero, ¿cuál es la compañía que posee títulos mineros en Colombia, entre ellos los de La Colosa? En el informe de la organización Colombia Solidarity Campaign, AGA es la tercera multinacional minera de oro en el ámbito mundial, con presencia en países que incluyen Sudáfrica, Tanzania, Ghana, Congo y Colombia. Las acciones de la empresa cotizan en bolsas de gran envergadura como las de Londres y Nueva York.

Actualmente, tiene su sede en Sudáfrica, y la participación de capital sudafricano corresponde al 31% de sus accionistas. Sin embargo, el 44% de ellos son de Estados Unidos, y el 8% del Reino Unido. En el 2005, la ONG Human Rights Watch denunció que la empresa había financiado paramilitares en el Congo, un hecho reconocido por la propia compañía. En 2011, Greenpeace le otorgó el premio de Empresa más Irresponsable del Mundo, debido a la contaminación de fuentes de agua potable ocasionada por sus operaciones en Ghana.

Su interés en Colombia quedó más claro en el Foro del Oro de Denver en septiembre 2012, cuando Mark Cutifani, ex director general de AGA, afirmó que este país era una de sus tres principales prioridades globales.

“La importancia de Colombia para la empresa también se puede evidenciar en el hecho de que aparte de Ghana y Sudáfrica, Colombia es actualmente el país en que AGA tendría las más grandes reservas. Ante expectativas de tal magnitud no es de extrañar que AGA gasta en Colombia la mayor parte de su presupuesto en exploración (39%) en el mundo”, argumenta el informe citado.

¿Por qué tanto interés de AGA en La Colosa? En palabras de Colombia Solidarity Campaign, inicialmente se creyó que había 12,9 millones de onzas (Moz) de oro, equivalentes a casi 22 mil millones de dólares. Sin embargo, en un informe de 2013 la empresa anuncia reservas de 26,85 Moz, y de acuerdo con los informes a los inversionistas, la reserva podría llegar a los 35 Moz, equivalentes a casi 60 mil millones de dólares.

Si a lo anterior se suma que el Plan Nacional de Desarrollo del gobierno de Iván Duque le da prioridad a la minería, se podrán entender las tensiones de las comunidades y los sujetos sociales que entran en contradicción, especialmente en Cajamarca.

Es decir, en palabras de la socióloga Patricia Sánchez García, en su texto De La Colosa a La Habana: conflicto por la producción del territorio en Colombia: es evidente “…el carácter conflictivo que reviste el proceso de producción del territorio en Colombia, a través del abordaje de uno de los principales conflictos territoriales actuales: la confrontación existente entre la continuidad del territorio colombiano en función de la realización de actividades agrícolas o pecuarias o su conversión en un territorio eminentemente minero, con base en el desarrollo de minería a gran escala”.

La mayoría de los entrevistados coincide en decir que la AGA regresará, seguramente en enero de 2020, y con ella, las incertidumbres. Sujetos sociales y políticos, y comunidades apuestan por mantener el municipio como productor agropecuario. Y por un modelo de desarrollo minero, se encuentran instituciones del Estado como el Ministerio de Minas, el Servicio Geológico, la Cámara Colombiana de Minería, el Gobierno nacional y la empresa minera. El territorio sigue en disputa entre estas dos opciones, y los pobladores saben que desde el Estado le pueden hacer trampa a los resultados de su consulta.

Plato de Saqqara.

Mientras doy forma a este escrito, me entero que Saqqara significa guía que abre y muestra el camino. A propósito, es un puré de arracacha con carne molida de res y ternera, adobado con especias, salsa de maní, un toque de picante, uvas pasas, es dulce y salado a la vez.

Cada sabor del plato me transporta al municipio; a los rostros alegres de su gente; a su dignidad; a esos hombres y mujeres de manos ásperas que día a día se levantan antes que los primeros rayos de sol a labrar la tierra para alimentarnos, y se van a descansar con la tranquilidad del deber cumplido; a los colores de sus montañas; a su riqueza en aguas; a su biodiversidad; a pensar en todas las posibilidades que hay si se potencia su producción agropecuaria. Realidades y posibilidades que pueden desaparecer si se impone la opción de la megaminería.