En busca de Nancy Cunard

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1919
Icónica fotografía de Nancy Cunard capturada por el lente del artista modernista Man Ray

La escritora, poeta y periodista británica es una de las referencias más representativas de una generación que se puso al servicio de las clases oprimidas cuando el fascismo era una fuerza inatajable

José Luis Díaz-Granados

Es posible que no exista en ninguna parte una antología donde aparezcan poemas o cuentos suyos. Tampoco creo que en época reciente alguno de sus libros se haya reeditado. Y mucho menos puede ser probable que en las crónicas sobre la historia literaria europea de entre guerras, se cite su nombre.

Sin embargo, Nancy Cunard resulta ser una de esas referencias imprescindibles en la descripción de la travesía generacional de escritores representativos del siglo XX, sobre todo de aquellos que revolucionaron la expresión estética, al mismo tiempo que pusieron su pluma al servicio de los indefensos y los oprimidos cuando el imperio del fascismo parecía inatajable.

A esta mujer frágil, fina y extravagante le importaba un pepino que sus amistades aristocráticas la vieran entrar a un café londinense con un músico negro o con un obrero de la construcción y sentía una intensa felicidad al compartir con ellos al igual que con Evelyn Waugh, Aldous Huxley, W. H. Auden, Stephen Spender o Cecil Day-Lewis, con quienes bebía absintio (ajenjo) en homenaje a Baudelaire, en medio de bailarinas que danzaban el can-can o el charleston.

Bohemia artística

Nancy era la única heredera de la famosa empresa naviera Cunard Line, en cuyos trasatlánticos millares de viajeros atravesaron los siete mares del mundo en medio del más soberbio esplendor.

Vivió un idilio pasional con Huxley -ella es la Lucía Tantamount de Contrapunto (1928)- y, enloquecida con el cubismo de Picasso y Braque, la música de Stravinski y la introspección de la conciencia a lo Proust y Joyce, en los años febriles del surrealismo se trasladó a París y se hizo amante de uno de sus más brillantes profetas: Louis Aragon.

Juntos vivieron una borrascosa historia de amor que casi culmina con el suicidio del poeta en Venecia después de «haber recorrido sus eróticas aventuras con la extraña y diabla Nancy Cunard», según escribió años más tarde Rafael Alberti, amigo entrañable de ambos.

Aragon y Nancy tradujeron el intraducible poema de Lewis Carroll, Hunting of the snark, el cual editaron en una imprenta que ella tenía en su castillo campestre de Reanville, cerca de París. De su idilio con Nancy, Aragon dio fe en su novela Blanca o el olvido y en su relato erótico El coño de Irene.

Lucha anti-fascista

En los años treinta Nancy abandonó su mansión londinense y se escapó con Henry Crowder, músico de jazz de raza negra, episodio que causó tal escándalo que su madre procedió a desheredarla. En represalia, Nancy escribió un panfleto titulado El negro y la blanca Lady Ship, con el cual abofeteó la purulenta sociedad de su época. Al poco tiempo viajó a Addis Abeba con el fin de defender a los etíopes de las tropas invasoras de Mussolini y más tarde se dirigió a los Estados Unidos para solidarizarse con jóvenes negros que venían siendo víctimas de la justicia racista de ese país.

En 1936, el asesinato de García Lorca en Granada y el levantamiento de Franco contra la República, alertaron a los intelectuales españoles contra la inminente entronización de la bestia nazi en España. Al estallar la guerra civil, César Vallejo, Alberti, Neruda, Nicolás Guillén, Miguel Hernández y González Tuñón, entre otros, escribieron libros imprecatorios, hicieron llamamientos a los poetas del mundo y organizaron eventos en donde se multiplicó el vocerío popular contra el fascismo creciente.

A finales del año, Neruda se desplazó a la campiña francesa y en la imprenta de Nancy editó la revista «Los Poetas del Mundo Defienden al Pueblo Español», de la cual aparecieron seis números. Terminada la contienda, Nancy viajó a Chile tras las huellas de su amigo y desembarcó en Valparaíso completamente ebria, con un amante torero, a quien abandonó apenas pisó suelo andino.

Se trasladó a Santiago en donde se prendó de un «poeta vagabundo», al decir de Neruda, «chileno de origen vasco, no desprovisto de talento, pero sí de dientes, borrachísimo, quien propinaba a la aristocrática inglesa frecuentes palizas nocturnas que la obligaban a aparecer en sociedad con grandes gafas oscuras».

Pero, «¿cómo no recordar ahora a la pálida y bella inglesa -escribe Alberti en sus memorias-, propietaria de la Cunard Line, apasionada más tarde de nuestra guerra civil, militante entusiasta en el campo republicano, que llegó a alquilar un castillo en Francia para recoger a los intelectuales refugiados?».

En defensa de las muchedumbres

En los años cuarenta Nancy regresó a París y su vida se fue envolviendo en las tinieblas del olvido. Una tarde de 1965, enferma y solitaria, falleció en una habitación oscura de un hospital de pobres de la Ciudad Luz. Algunos cronistas registraron la noticia refiriéndose a Nancy como «la femme fatale de los años 20» o a la dama rebelde que había escandalizado a Londres con su romance con un músico afroamericano.

Pero Nancy Cunard «fue algo más que una figura excéntrica de los años locos -escribió Georges Sadoul en «Las Lettres Francaises», el periódico de Aragon, citado por su biógrafa Anne Chisholm-. Alrededor de su sombra flotan los blues y los spirituals afroamericanos, las baladas de la España republicana y los himnos inmortales de la poesía francesa moderna».

De sus libros, si acaso alguno se recuerda, sobresale una antología de la poesía negra angloamericana y sus poemarios Out laros (1921) y Sublimario (1923), entre otros. Sin embargo, basta abrir uno de ellos en cualquiera de sus páginas para que de sus brasas sintamos, indelebles, no sólo el ardor de su pasión amatoria sino la vehemencia con que abordaba la defensa de los pobres, los marginados y los oprimidos de todos los rincones de la Tierra.

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