El “bueno”, el “malo” y la Iglesia

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Fotograma de la película Los dos papas. Foto Imdb.

La cinta se encuentra disponible en la plataforma Netflix, tiene tres nominaciones a los premios Óscar por mejor actor principal, mejor actor secundario y mejor guión adaptado. Vale la pena verla y disfrutarla desde una perspectiva crítica. Alerta de spoilers: esta nota puede revelar detalles de la película

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

Hasta hace algunas semanas, la existencia de dos papas en la Iglesia Católica no generaba ni la más mínima contradicción. El Papa Francisco (Jorge Bergoglio) y el emérito Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) gozaban ante la población creyente de una extraordinaria relación en siete años de cohabitación, no solo en cuanto a la subordinación del segundo sobre el primero, sino ante los álgidos debates que se tejen al interior de la institución religiosa más importante en occidente.

Sin embargo, la publicación del libro Desde lo más profundo de nuestros corazones del cardenal ultraconservador Robert Sarah, y que además lleva la firma de Benedicto como coautor, encendió la bomba mediática con respecto a un tema sensible en la Iglesia: el celibato sacerdotal.

Las tensiones

El texto Desde lo más profundo es una defensa a ultranza de mantener la restricción de matrimonio para quienes han recibido el sacramento de la Orden Sacerdotal, publicación que sale a la luz en tiempos donde Francisco ha propuesto la posibilidad de ordenar presbíteros casados en regiones apartadas, siendo la región de la Amazonía el primer piloto reformista.

El problema, ya no en los círculos cerrados de la Iglesia sino en el mainstream que proporcionan las industrias culturales, es que para una mayoría ajena a los debates religiosos la relación Francisco y Benedicto es perfectamente comparable a la de dos amigos que se reúnen con el fin de beber cerveza y ver fútbol. Los autores de esta fábula satisfacen el entretenimiento de la cultura de masas a partir del cine y su nueva plataforma, Netflix.

Ficción y propaganda

El film Los dos papas que dirige Fernando Meirelles, conocido por la aclamada cinta La ciudad de Dios, y escrita por Anthony McCarten, es una representación ficticia de un conjunto de reuniones entre el cardenal Bergoglio con el entonces jerarca de la Iglesia Católica, Benedicto XVI. Bajo las fantásticas actuaciones de Anthony Hopkins (Ratzinger) y Jonathan Pryce (Bergoglio), la historia dibuja las semejanzas y diferencias entre dos proyectos antagónicos de Iglesia: el conservador y el reformista.

Estos encuentros y conversaciones imaginarias se recrean en un momento clave para la historia de la Iglesia: el escándalo de los vatileaks que fue la filtración de una serie de documentos que involucraron al Vaticano en corrupción y chantajes a obispos homosexuales, ruido mediático que aceleró la renuncia de Benedicto y posibilitó el surgimiento del nuevo papado en cabeza de Francisco.

Las brillantes actuaciones llevan al espectador a candentes debates religiosos, acompañados de una extraordinaria fotografía y de una reproducción sublime de la Capilla Sixtina. De igual forma, la pieza cae en la dinámica de ser una película propagandística, donde es evidente la orientación de limpiar la institución desde la perspectiva que emanan las máximas autoridades de la Iglesia.

Liberación vs. tradicionalismo

Sin querer queriendo, o quizás con intención, la película insinúa la representación de un Sumo Pontífice “bueno” y otro “malo”. Más allá de la personificación del humilde y proletario Bergoglio, o del conservador y tradicionalista Ratzinger, la narrativa cinematográfica se adentra en las discusiones que mantienen dividida a la Iglesia, tales como el celibato, la pederastia, la homosexualidad y el divorcio.

El “bueno” representa el cambio y la reforma. El “malo” se inclina a la tradición y la verdad inalterable de la institución religiosa. Mientras Francisco interpreta con un silbido la popular canción Dancing Queen de la agrupación ABBA, Benedicto toca en el piano composiciones del checo Bedřich Smetana. Las diferencias estructurales se van saldando al entablar una relación de reconocimiento. Ficción y más ficción.

La realidad es que varias posiciones reformistas de Francisco han desencadenado ira en los sectores más reaccionarios de la Iglesia. Tesis como el amor esencia del cristianismo, el reconocimiento de la ciencia y la técnica como impulsoras de la fe, la necesidad de salir a las periferias e involucrarse en procesos liberadores, la caracterización de un sistema excluyente y destructor que se ha hecho global, el imperativo de cambiar las estructuras que reproducen la desigualdad, y el compromiso de creer y trabajar para los pobres, entre otras posturas, hacen pensar que la película acierta en materializar un Francisco que ve en la comunidad católica “el instrumento de liberación”.

Sin embargo, posiciones en contra del matrimonio gay, el movimiento feminista, el aborto, entre otras, así como la crisis cada vez más aguda y sin solución de pederastia al interior de la Iglesia, apuntan a problematizar y no romantizar los siete años de papado jesuita como un proceso de reformismo profundamente limitado.

Impunidad y absolución

Para la Iglesia el sacramento de la confesión es estructural. Sobre la base de una humanidad pecadora, el perdón que necesita el creyente se basa en el reconocimiento y la curación ante los ojos de Dios por intermediación de sus representantes en la tierra.

En las escenas que se recrean en la Capilla Sixtina y el Salón de las Lágrimas, tanto Francisco como Benedicto desnudan sus pasados y se confiesan mutuamente. Para Bergoglio el tormento de su alma está en el pasado polémico con la dictadura militar que sufrió la Argentina en la década de los setenta; por otro lado, el pecado del pontífice Ratzinger, fue permitir que el cardenal Marcial Maciel continuara siendo sacerdote, mientras ejercía probada pederastia, solo para evitar un escándalo bajo el mandato de Juan Pablo II.

La particularidad está en la asimetría de los registros cinematográficos, pues se amplifica la experiencia atormentada del joven jesuita Bergoglio mientras se ocultan las graves fallas de Ratzinger al ocultar el escándalo del cardenal mexicano.

La representación ficticia se transforma con el poder de la “infinita misericordia”: la absolución simultánea y terrenal de los pecados tanto del uno como del otro. Lo que hasta el momento pareciera una pieza crítica y reformista, termina indultando los errores atroces y sistemáticos de la Iglesia en los últimos años.

Radiografía

Mientras tanto, fuera de la ficción, siguen ocurriendo casos de crisis al interior de la Iglesia. El pasado 21 de enero fue encontrado sin vida el sacerdote Jesús Manuel Rondón Molina en el estado Táchira, Venezuela. El joven de 17 años, responsable de la muerte del religioso, confesó a los organismos de seguridad que estranguló a Rondón Molina por abusar sexualmente de él desde que tenía 14 años. Las autoridades eclesiásticas del vecino país, de tendencias opositoras, sabían de las conductas del presbítero desde el 2014 y no hicieron nada para detenerlo.

Con el horizonte de la utopía reformista que se dibuja en Los dos papas, pero con la realidad desgarradora de una institución que no cambia, tal y como lo comprueba la noticia de Rondón Molina, es momento para recordar la radiografía que construía el padre Camilo Torres sobre la Iglesia Católica que se aleja cada día más de su mensaje liberador para congraciarse con la injusticia: “Cuánto dolor se experimenta al pensar que la Iglesia, nuestra Iglesia, se ha identificado económicamente con los ricos, socialmente con los poderosos y políticamente con los opresores”.