Beethoven revolcó la música

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La obra libertaria del músico nacido hace 250 años nos acompaña en las movilizaciones

Leonidas Arango

Ludwig van Beethoven nació en Bonn, Alemania, el 16 de noviembre de 1770, hijo de un músico disipado y una madre resignada. Tuvo una infancia infeliz. A los 13 años mostró virtuosismo musical y la corte de su ciudad pequeña y tranquila lo contrató como organista ayudante. Y a los 21, en 1787 fue enviado a Viena, capital del imperio austriaco, para continuar su preparación con Haydn, el más grande compositor vivo tras la muerte de Mozart. Por esos días murió su madre. Al año siguiente regresó a Viena, se instaló allí para siempre y se dio a conocer con obras que mostraban una línea de ruptura con el clasicismo de Mozart y Haydn.

Tiempo después comenzaron los síntomas de su sordera. Por un tiempo los mantuvo en secreto eludiendo a los amigos y pasando largas temporadas en el campo. Desesperado por hallar una cura, ensayó todas las terapias posibles y cuando tenía 31 años escribió: «No fue mi voluntad apartarme de la sociedad y vivir como un proscrito. Un poco más y habría puesto fin a mi vida». A pesar de todo, era un ídolo de la aristocracia y comenzaba a desarrollar ideas originales sobre la música.

Europa era un territorio de guerras y revueltas. La Revolución Francesa había barrido la basura acumulada del feudalismo y extendía el espíritu liberador. Los ejércitos de la República Francesa derrotaban monarquías en todos los frentes. Mientras el imperio austriaco encabezaba la coalición contrarrevolucionaria contra Francia, el joven compositor se comprometió con la causa revolucionaria. Las fuerzas de Napoleón expandían por las armas las proclamas de la Revolución y en 1805 ocuparon Austria. Beethoven, entusiasmado, compuso su única ópera, Fidelio, llena de fiebre liberadora, la primera en que una mujer se convierte en heroína.

A los héroes anónimos

Aunque no era activista político, el instinto revolucionario de Beethoven lo llevó siempre a conclusiones correctas. Bajo el mismo espíritu rebelde compuso la Tercera Sinfonía en honor de Napoleón, a quien consideraba continuador de la Revolución Francesa. Pero cuando en 1804 supo que el general se había autoproclamado emperador, el músico se sintió traicionado, rebautizó Heroica la sinfonía y la dedicó a los héroes anónimos de la revolución. Con ella rompió todas las convenciones por su duración, su complejidad y su estilo tan violento como la sociedad de esos días. En su momento, la crítica la tachó de pesada, interminable e insípida porque, en vez de armonías sencillas y agradables, el autor enfrentaba al oyente con ideas expresadas en música. Esta enorme innovación iba a ser el fundamento de toda la música romántica.

Tras unos años de guerras se derrumbó toda esperanza de cambio social. Napoleón fue derrotado, la aristocracia recobró el poder, las leyes se hicieron más restrictivas y Austria se convirtió en un estado policial. A pesar de los riesgos, Beethoven seguía protestando en las tabernas, pero nadie se atrevía a tocarlo porque era famoso. Sin esperanzas de recuperar la audición, se encerró en su arte.

Nunca fue feliz la vida personal del maestro de Bonn. Se enamoraba de mujeres aristócratas inalcanzables para su condición, que lo encontraban amable y talentoso, pero lo rechazaban por su aspecto descuidado. Esto le produjo nuevas depresiones.

Solo y sin amigos

Para Beethoven –y para los románticos que le siguieron sus pasos– lo importante no son las formas, la simetría o el equilibrio interno, sino el contenido. Su música no es hermosa, como las de Mozart y de Haydn, sino cargada de conflicto interno y contradicciones. Perturba y conmociona en vez de tranquilizar, obliga a pensar y a sentir.

El espíritu libertario recorre cada compás de las sinfonías de Beethoven, especialmente la Quinta. «Esta no es música; es agitación política», dijo el director Nicolaus Harnancourt, otro iconoclasta.

Después de 1815 Europa se sumió en la contrarrevolución monárquico-feudal. Para 1820 Beethoven era un hombre sordo y golpeado por conflictos familiares. A pesar de las tinieblas de la reacción, nunca perdió la fe en la revolución y en el futuro de la humanidad. Solo y sin amigos, se dedicó a crear las obras más profundas e inquietantes de su vida. Ya no componía para el público sino para él mismo. La burguesía vienesa no quería escuchar melodías que la desafiaran a luchar sino los alegres trinos de Rossini, el compositor de moda.

La cabeza erguida

La Novena Sinfonía, estrenada en 1824, mantiene hoy toda su capacidad de impacto y de inspiración. En el movimiento final, el coro entona partes de la Oda a la Alegría del poeta Friedrich Schiller con un mensaje directo para toda la humanidad: «¡Todos los hombres se vuelven hermanos!», una expresión de optimismo revolucionario. En la adversidad, Beethoven no admitió la derrota y mantuvo la cabeza erguida.

Ludwig van Beethoven murió de cirrosis el 26 de marzo de 1827 en Viena, a los 57 años. Sus funerales paralizaron la capital del Imperio y movilizaron a 15.000 personas.

Todo el planeta rinde homenaje a Beethoven en sus 250 años. En Colombia, la Orquesta Filarmónica de Bogotá ha programado las nueve sinfonías, el Teatro Mayor pondrá en escena su ópera Fidelio y la Biblioteca Luis Ángel Arango está ofreciendo los cuartetos de cuerdas en siete ciudades.

Con las fuerzas de la reacción a la ofensiva, el mundo atraviesa una situación similar a la que enfrentaron los contemporáneos de Beethoven. El maestro también está con nosotros en las movilizaciones de estos días en Colombia y en muchos países.

Entre varias fuentes, este artículo utilizó: Alan Woods, Beethoven: hombre, compositor y revolucionario (www.marxist.com/beethcoven-hombre-compositor-y-revolucionaro.htm).