Autoritarismo a la vista

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Iván Duque es un producto de marketing electoral. Es un político hecho a la medida de las necesidades del neoliberalismo

La clase dominante se prepara para evitar el triunfo de un gobierno alternativo en 2022. Las ridiculeces de Duque son funcionales a ese propósito, porque distrae la atención mientras se crean las condiciones para imponer un régimen autoritario

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Muchos opinadores bienintencionados llevan más de dos años pidiéndole a Iván Duque que se desmarque de su jefe y que asuma las riendas del país. Se lamentan de que alguien tan moderado y tan de buenas maneras como el presidente, no haya podido definir su propia agenda y siga preso de la ultraderecha más recalcitrante. Dicen sorprenderse de que Duque se contradiga porque mantiene un discurso en el exterior (defensa de la paz, respeto por los derechos humanos y buena gestión de la pandemia) mientras en el país todo el mundo sabe que el resultado de su gestión ha sido justamente el contrario.

Contra toda evidencia, siguen esperando que el presidente se comporte como lo que dice ser: alguien de “extremo centro”, conciliador, que escucha al país y que busca soluciones con eficacia. No comprenden por qué Duque sigue atrapado en una agenda de ultraderecha mientras luce incapaz de conectar con el público, no logra ofrecer soluciones a los problemas reales de la gente -en particular durante la pandemia- y parece un personaje de farándula más que un mandatario en ejercicio. Mientras tanto, dicen sonrojarse cada vez que hace el ridículo semanal a causa de algún gazapo, una salida en falso o un anuncio improcedente.

Sorprende que analistas inteligentes caigan en esta perplejidad y sigan quejándose porque la renovación generacional que Duque parecía representar se quedó en frivolidad y arrogancia. Muchos de ellos -y ellas- se taparon las narices cuando votaron en 2018 por Petro y algunos incluso invitaron a votar en blanco, aduciendo que Duque y Petro representaban dos extremos igualmente peligrosos. Desde entonces, han insistido en que en el fondo Duque es un buen tipo y tiene ganas de hacer las cosas bien, pero su escaso capital político le impide proponer cambios sustanciales y por eso, y muy a su pesar, debe seguir las órdenes de El Ubérrimo.

Duque payaso

Iván Duque es un producto de marketing electoral. Es un político hecho a la medida de las necesidades del neoliberalismo. Como candidato se presentó ante el electorado como alguien amable, conciliador y mesurado en el lenguaje. Su programa era una lista de lugares comunes y su juventud -44 años- le facilitó venderse como un auténtico recambio generacional, tanto que hubo que encanecer su pelo para darle una apariencia menos infantil. Su figura bonachona le confería incluso una apariencia amable, digna de ser aprobada por cualquier suegro. Iván Duque se vendió como “el buen yerno”, el “joven amable y bien preparado”.

Siguiendo el libreto de la política contemporánea, en particular los aportes de Steve Bannon -el gurú del populismo neoconservador-, Iván Duque se ha mantenido desde su elección en 2018 en una “campaña permanente”. En otras palabras, no ha asumido el papel y el comportamiento de un gobernante -como sucedía antaño- sino el de un candidato en campaña electoral. El problema es que como reclamo publicitario -y a diferencia de su jefe- Duque es vacío y por eso sus actos son vacíos y se ven fuera de contexto, como prometer un estadio de fútbol en Samaniego, Nariño, tras la masacre de ocho jóvenes o aparecerse en cuatrimoto y gafas de sol en Providencia tras el paso del huracán Iota.

Esta aparente desconexión de Duque con la realidad es lo que ha llevado a muchos a pensar que no hay gobierno, que no hay un adulto a cargo y que estamos “al garete». No obstante, eso no es cierto. Es verdad que no es Duque quien gobierna y por eso el remoquete de “subpresidente” tiene tanta legitimidad, pero también es verdad que sí hay un proyecto de país en marcha que se está implementando en la sombra y lejos del escrutinio de la opinión pública. En otras palabras, las payasadas de Duque han dejado de ser una dificultad para el uribismo y se han convertido en la mejor cortina de humo para adelantar su proyecto político en silencio.

Proyecto autoritario

La clase dominante en general y el uribismo en particular sienten pasos de animal grande y son conscientes de la posibilidad real de perder el poder en 2022. Esa expectativa ha provocado la aparición de dos corrientes que se diferencian en la forma como pretenden conservarlo: mientras un sector apuesta por una estrategia “por las buenas”, es decir, dar la batalla en el ámbito electoral, los medios de comunicación o la persecución judicial -el llamado lawfare-, el otro sector está dispuesto a ir más allá e intentar retener el poder “por las malas” si es necesario.

La rocambolesca idea de suspender las elecciones de 2022 y extender el mandato de Duque y del Congreso un año más para que coincidan con las elecciones regionales, es lo que en lenguaje politológico se llama un ‘globo sonda’, es decir, una propuesta que se hace con el ánimo de medir el ambiente político a partir de las reacciones del público. Por ello fue una propuesta que nació muerta pero que le sirvió al uribismo para recabar información útil a su proyecto de eternizarse en el poder.

Este proyecto se manifiesta, por ejemplo, en la paulatina cooptación que el Gobierno ha hecho de casi todas las instituciones del Estado, haciendo elegir a amigos y aliados suyos en las cabezas de las ramas del poder público como el Ministerio Público, la Fiscalía, las Cortes y el poder electoral, poniendo en riesgo lo poco que queda de separación de poderes en Colombia. Mientras tanto, ha logrado buenos márgenes de ‘gobernabilidad’, llevando el uso de la “mermelada” a su máxima expresión, nombrando en puestos del Gobierno a amigos y familiares de sus aliados en el Congreso y distribuyendo el presupuesto en función de intereses clientelistas.

De este modo, el uribismo pretende, en palabras del dictador español Francisco Franco, dejar todo “atado y bien atado”. Por una parte, se reparte la riqueza de la nación en una escandalosa feria de corrupción pocas veces vista y se prepara para comprometer el presupuesto nacional con vigencias futuras con el propósito de restarle margen de maniobra al nuevo Gobierno.

Por otra, garantiza que el próximo presidente -o presidenta-, si de verdad representa una alternativa, tenga que enfrentar no solo una feroz oposición del uribismo y del Establecimiento desde el Congreso, los medios de comunicación y los estrados judiciales, sino también la hostilidad manifiesta de las propias instituciones del Estado. En otras palabras, si pierden la Presidencia, procederán a hacer “invivible la República”.

No se burlen que no es chiste

La figura de Iván Duque ha pasado de ser amable y bonachona a ser ridícula. Nada le sale bien, no inspira respeto y ni siquiera suscita la animadversión de sus contradictores. Su principal tragedia no es la inexistencia del “duquismo” como proyecto político, es decir, su ineptitud para liderar una corriente de opinión, sino la del “antiduquismo”, es decir, la incapacidad para siquiera convocar una identidad que se le oponga.

No obstante, su aparente vacuidad no es casual, forma parte de la estrategia del uribismo para perpetuar su proyecto autoritario. Mientras el presidente hace el ridículo, el uribismo calladito se roba el país y cimenta las bases de su permanencia en el poder. Duque es un payaso, qué duda cabe, pero no en el sentido del personaje que hace reír, sino como el distractor en una función de circo, atrayendo las luces y las miradas del público mientras en la penumbra se cambia el decorado de la pista.

Así funciona: nos reímos de Duque y mientras tanto ellos se roban el país.

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