Aprender a sanar. Historia de una escuela diferente a las demás

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Foto Boris Orjuela

Leer, escribir, cantar, sumar y restar. La Escuela de Alfabetización Celmira López Sabogal les enseña habilidades básicas a mujeres mayores que han atravesado los horrores de la guerra. Pero también les ha ayudado a reconstruir su memoria, a crear lazos y fortalecerse desde el saber

Gerly Corzo Ramírez

Son las 12:45 de la tarde, es un viernes de octubre en Villavicencio y 15 mujeres, cuaderno y material reciclable en mano, como todos los viernes desde 2018, esperan la llegada de Deidania Perdomo Hite para abrir la puerta de la sede del Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda, que cada 8 días se convierte en escuela desde que comenzó el proyecto de alfabetización para mujeres adultas mayores víctimas de la guerra en el Meta. “Hoy les venimos a contar lo que la guerra nos ha hecho pasar, guerra sin límites, la guerra que nos condena, somos madres, hermanas y compañeras de nuestro dolor sumergido en llanto, ahora es nuestra fuerza, por eso venimos a clamar con nuestra verdad”, canta Bersabet Martínez, una de las estudiantes, con cadencia casanareña. A pesar del dolor que las une, el encuentro las reconforta. Hay alegría y entusiasmo. La escuela se convirtió en su refugio de tranquilidad, compañerismo y materialización de los sueños de todas.

La escuela de alfabetización lleva el nombre de la lideresa de la región del Ariari, Celmira López Sabogal, protectora de las comunidades que dejó huella desde la Unión de Mujeres Demócratas. El proyecto educativo de la escuela lo desarrolla Deidania Perdomo Hite, una mujer de 51 años con larga trayectoria social y vocación de servicio. Le viene de su familia, pues los Perdomo Hite históricamente han sido líderes en El Castillo, una región golpeada por la violencia que se extendió en el Meta en los años finales del siglo XX. Su liderazgo por la verdad y la no repetición de violencias desde su quehacer como defensora de derechos humanos y promotora en los llanos del Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda, la llevaron a dar vida a la Escuela Celmira López, para aportar saber a un grupo de mujeres que ahora saben lo que significa leer y escribir en tiempos de Internet.

La escuela surgió en Villavicencio hacia 2017 a partir del reencuentro de mujeres desplazadas del sur del Meta y como un proceso de reconstrucción de memoria promovido en paralelo por la Unión de Mujeres Demócratas del Meta – UMD. Este espacio de apoyo y reconocimiento a las mujeres desplazadas de la región Ariari-Guayabero se transformó en un proyecto pedagógico de alfabetización y formación política. “El proceso ha ido avanzando porque las mujeres no conocían las vocales, no conocían el abecedario. Hoy saben leer, escribir. Saben hacer cartas, cartas de exigencia, porque, como ellas dicen, “aquí tenemos muchas necesidades y si no las reclamamos por escrito es como si no hubiéramos hecho nada”, recalca Deidania Perdomo, que además cursó una carrera tecnología en criminología forense que hoy le permite ayudar a la búsqueda de personas desaparecidas.

Logo de la UMD

La UMD surgió desde mediados del siglo XX con el impulso del Partido Comunista Colombiano, como iniciativa para el trabajo de formación política de las mujeres en territorios de su influencia. La propuesta tuvo desarrollo en varios departamentos, pero en el Meta resultó promisorio. Deidania Perdomo recuerda que en cada municipio había una sede de la unión. “Era un trabajo comunitario, de organización y política. Las mujeres se fueron organizando hasta crear comités por veredas”. La UMD lideró el trabajo político de las mujeres que se aliaron en la región del Alto Ariari en un esfuerzo de empoderamiento que, con el correr del tiempo, le permitió a la UMD del sur del Meta la representación política de María Mercedes Méndez y Mariela Rodríguez, quienes llegaron a ser concejales de la Unión Patriótica. Y decir UP en esta zona del país es hablar de persecución, amenazas, exilio y muerte.

“Algunas dirigentes fueron asesinadas, a otras les tocó huir y dejar todo abandonado para salvar sus vidas”, resalta Deidania, quien también fue víctima del conflicto armado por el asesinato de su hermano Reynaldo Perdomo en agosto de 2003 en Villavicencio, cuando ejercía el liderazgo por la causa agraria y la paz en El Castillo. Dos hermanos más fueron desaparecidos por la misma época. Todo eso obligó a su desplazamiento a la capital del llano. Lo cuenta Deidania, mientras su compañera de estudios Bersabet Martínez lo hace canto. Es también la forma como se narra la historia en los pueblos del llano: “Llegué de Trinidad, Casanare, lugar de terrible guerra, a través del canto que es mi arte vengo a pedir justicia, venimos con nuestros seres queridos asesinados y desaparecidos, venimos por lucha gritando lo que el pueblo escucha y el gobierno oculta”.

La escuela de mujeres guerreras

El proceso de creación de la Escuela de Alfabetización Celmira López se forjó en 2004, cuando Deidania, Olinda, Cornelia y Rosa se reencontraron en Villavicencio. Se conocían de tiempo atrás en la región del Ariari, habían tenido experiencias comunes de organización política y comunitaria, y también de la tristeza que les dejó la muerte, la desaparición forzada o el desplazamiento de ellas y sus familias. En medio de las dificultades económicas, primero gestionaron cursos de manualidades y costura para generar ingresos hasta que, en 2016, Deidania se vinculó al Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda como promotora regional en Villavicencio y, a su vez, este colectivo decidió respaldar su proyecto social. La alianza hoy se traduce en la construcción de espacios de formación para mujeres adultas basado en el apoyo a la resiliencia desde el saber.

Cornelia Lombana llegó a los siete años al Meta con su madre y sus hermanos. Llegaron huyendo de Alvarado (Tolima) por causa de la guerra bipartidista y la falta de oportunidades. Nunca tuvo acceso a educación, pero entró a formar parte de la UMD en El Castillo y, desde 2004 en Villavicencio, integra el equipo de reconstrucción de la unión. Cataloga a la escuela como un espacio seguro donde pueden expresarse. “Sufrimos el mismo desplazamiento, el mismo miedo, la angustia de sentirse acorralado, que no había con quién charlar ni a quién decirle nada, y acá ellas nos han llenado de amor y uno siente ese alivio en el corazón de tanto sufrimiento que ha tenido”. Su compañera Bersabet Martínez interpreta su versión: “Somos mujeres guerreras que traspasamos barreras a través de la carretera. Somos mujeres de la Orinoquia que traspasamos fronteras de una guerra sin tregua”.

“Vengo de Vaupés, donde el ruido de los perros, las gallinas y los gatos se redujo al silencio de la ausencia. Vivía en una finquita con mis cuatro hijitos, pero por culpa de esa plaga la tuvimos que abandonar. Luego mi comadre nos convidó a una tierrita y allí la plaga nos volvió a sacar. Como me estaban puyando, acosando, decidí irme muy lejos de nuestro hogar; pasó el tiempo, el miedo y la persecución aumentó, hasta que llegó el día del gran lamento, a mi hijito en el Meta me lo arrebataron sin ningún remordimiento”, agrega Bersabet Martínez en su relato sonoro. La acompañan tres amigos con cuatro, guitarra y maracas. También son víctimas de la guerra. La misma que según el Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica, dejó en el Meta 20 611 personas afectadas. De ese universo de víctimas, 2601 fueron mujeres.

Los resultados del proceso de la Escuela Celmira López Sabogal saltan a la vista. Cuatro años de estudiantes alfabetizadas, que aprendieron procedimientos básicos de matemáticas. Habilidades que les han dado seguridad para las tareas cotidianas desde sus hogares y una suerte de autoestima que antes no tenían. Antes de que descubrieran el universo de la lectura y la escritura eran solo víctimas de desplazamiento en barrios periféricos de Villavicencio, compartiendo recuerdos de violaciones a los derechos humanos como asesinatos, desapariciones forzadas, secuestros y violencia sexual. Con bajos niveles de escolaridad y roles de género perpetuados históricamente en labores del cuidado en el espacio privado de sus casas, cuando los actores armados asesinaron o desaparecieron a sus padres, esposos, hijos o hermanos, no tuvieron otra opción que sobrevivir.

Foto Boris Orjuela

“Fui desplazada de mi tierra, Puerto Rico; el Ejército me amarró tildándome de guerrillera. Me dijeron que si no me iba otro me mataría, terminé en Villavicencio con mis tres hijos, una mano adelante y otra atrás. Sobreviví lavando platos y durmiendo en un patio. Mi familia, a dos de ellos la enfermedad se los llevó, otros tres fueron desaparecidos en Toledo hasta el día de hoy”. Todas las estudiantes de la escuela aportan estrofas de sus historias a la composición, y Bersabet las vuelve canto llanero. Luego repite una y otra vez que ella llegó de Trinidad, Casanare, con una vida a cuestas, repleta de trabajo; y que desde niña trabajó en fincas ganaderas y después como empleada doméstica en Boyacá. La escuela de alfabetización en Villavicencio fue el lugar donde recobró su pasión por el canto. Ahora es intérprete de la construcción colectiva de las estudiantes, “Mujeres guerreras”, donde una a una, cuentan sus historias de vida y de dolor.

Con acompañamiento del área psicosocial del Colectivo OFB para perfeccionar las rimas, a sus 67 años, Bersabet aprendió el oficio de ser la embajadora cantora de la escuela. “Para mí significa apoyar a mis compañeras, ya que ellas no pueden dar su voz, no pueden subirse a un escenario a cantar, porque todo el mundo no es para eso, no tiene el sentimiento de cantar, entonces pues yo me siento contenta al estar representándolas”, añade, empoderada de su nuevo rol. La canción fue presentada por primera vez en el Encuentro Regional de la Orinoquia de las víctimas de ejecuciones extrajudiciales realizado en agosto por la Comisión de la Verdad, y Bersabet estuvo acompañada en la guitarra por Eugenio Virgüez, de Vistahermosa (Meta), padre de Carlos Evaristo Virgüez, hoy desaparecido; Leonardo Prada en el cuatro, empírico de la música llanera que acompaña las presentaciones; y José Murillo en las maracas.

Aliados de la escuela de alfabetización que hoy mantiene activas a 30 mujeres, la mayoría entre los 40 y 60 años, aunque en los últimos tiempos también se han sumado hombres y mujeres jóvenes, como es el caso de Nataly Ayala, de apenas 20 años, quien ha encontrado en la escuela un espacio de unión. “Aquí no todo es estudio, es una familia, un lugar donde uno se siente segura y feliz”. Nataly llegó por su suegra, que le insistió que se vinculara. Estudió hasta noveno grado y ahora busca ser bachiller para materializar su sueño de ser abogada. Cree fielmente en la necesidad de luchar por la justicia. Lo asume como efecto del aprendizaje recibido: habilidades de lectoescritura con énfasis en sus memorias como víctimas de la guerra, preparación en artes y oficios con perspectiva ecológica, y formación política con trabajo en búsqueda de personas desaparecidas.

Foto Boris Orjuela

Historias sí contadas  

Un proyecto educativo que respalda integralmente el Colectivo Orlando Fals Borda, organización defensora de derechos humanos que rinde homenaje a la memoria del pionero de la sociología en Colombia, y que aporta 12 años de trayectoria en acompañamiento jurídico, psicosocial y forense a muchas familias de víctimas de desaparición forzada y ejecuciones extrajudiciales en Meta, Guaviare, Casanare y Nariño. Su director es César Santoyo, sociólogo y defensor de derechos humanos, Respecto a los derroteros de la escuela, resalta que a través de un proceso de investigación y acción participativa busca cambiar la realidad de las mujeres “desde el acompañamiento profesional y la construcción de escenarios conjuntos de diálogo”. Santoyo insiste en que es la consecuencia de un trabajo mancomunado animado por el deseo de aprender a leer y a escribir.

El Colectivo OFB ha desarrollado convenios de voluntariado con la Corporación Universitaria Minuto de Dios sede Villavicencio, y prácticas profesionales con la Universidad Externado de Colombia y la Alcaldía de Villavicencio por medio del proyecto Mujeres en Ambiente. El propósito es que las beneficiarias de la Escuela de Alfabetización Celmira López Sabogal tengan más opciones de capacitación laboral al tiempo que comparten sus memorias. Lo explica Geraldine Villanueva Hernández, practicante de trabajo social de la Universidad Externado de Colombia. “Como profesionales en formación, estos escenarios nos han confrontado emocionalmente. Conocer las historias de vida de estas mujeres nos ubica en la realidad de un país permeado por la violencia. Son mujeres valientes, resilientes. El aprendizaje mutuo ha sido enorme, oírlas nos ha aportado mucho”.

“Mi martirio empezó cuando un conductor atropelló a mi nieto, arrebatándole la vida y dejándonos con una profunda tristeza, maldita mi suerte, ese conductor no era ningún santo, no me quedé quieta y me fui quejando, pero claro, desperté la furia de esos hombres violentos. Ellos amenazaron a mi marido, a mi hijo y a la que entona estos versos. Tuvimos que abandonar todo e irnos a Caño Rayado. Hoy día espero una respuesta sobre mi hijo desaparecido”. No es relato, es canto. La insistencia de Bersabet en ponerles música a las historias de sus compañeras de la escuela. Como Secundina Evangelista, de 60 años, de la etnia curripaco en el reguardo de Sabanita en el Guainía, que llegó a Villavicencio desplazada y hoy comenta: “Estoy aprendiendo harto, ya sé leer y escribir, ya manejo los números hasta 200; son duras las divisiones, con las sumas me defiendo mejor”.

Para llenar los listados de asistencia, antes las estudiantes de la escuela de alfabetización pedían el favor a las más aventajadas. Ahora lo hacen solas, firmar se ha convertido para ellas en un acto de victoria. En su respaldo, el equipo jurídico del Colectivo OFB está en proceso de gestionar con la Registraduría la renovación de sus cédulas de ciudadanía. A partir de la escuela han creado y participado en diversas iniciativas de emprendimiento, como la Feria de la Resiliencia en Villavicencio que se realiza dos veces al año, el 30 de agosto, Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, y en diciembre. Además, el Colectivo OFB trabaja en la consolidación de un proceso alternativo de educación popular para certificar a las estudiantes en primaria y bachillerato, que les permita enfrentar proyectos productivos proveedores de mejores ingresos.

Portada del libro Historias no contadas

“La apuesta es fortalecer el diálogo entre víctimas, y que esta posibilidad de escucha y reconstrucción de tejido social fortalezca la escuela de alfabetización, forjada por valientes estudiantes con perspectiva resiliente”, acota César Santoyo. Ellas se piensan como infraestructura de escuela tradicional. “Quisiera más espacio, todo lo necesario de una escuela, cuadernos, tablero, computadores”, interviene Cornelia Lombana. Su compañera Rosa Emilia González, desplazada de Puerto Rico, Meta, respalda el comentario y agrega que desearía instruirse en herramientas digitales como el computador o los celulares, porque sueña con aprender otros idiomas. Lilia Malagón, bogotana, la única que no es víctima, se suma con un deseo, “que la escuela progrese bonito, que sigan apoyando a Deidania y todas logremos por ahora graduarnos de quinto de primaria”.

Tienen más que mostrar. Saben que sus historias deben ser conservadas, y por lo pronto quedaron plasmadas en dos proyectos. El libro ‘Historias no contadas, memorias de la Escuela de Alfabetización Celmira López Sabogal’, presentado el pasado 30 de agosto en el parque principal de Villavicencio; y a través de la canción conjunta que entona Bersabet Martínez, llamada por sus compañeras ‘la hija de la llanura’. Al son de cuatro, guitarra y maracas, ella cuenta lo que han vivido estas mujeres por la guerra. “Mataron a mi vecina, la dejaron en mi casa en el corredor. Mi Castillo, donde fui desplazada, tierra amada, bañada por el río Ariari y el río Guape. Asesinaron a mi esposo, dejándome sola y sin esperanza y nada que hay justicia por su muerte. Como fantasmas desaparecieron a mis hijos, anhelo que esto no se quede en la impunidad”.

Son las seis de la tarde, el tiempo pasa volando entre la revisión de las tareas y un taller de memoria. Al caer la tarde, las estudiantes comparten tinto y torta mientras la joven Nataly asiste a Deidania Perdomo en la tarea de pasar la lista de asistencia. A cada estudiante se le entrega un recurso de transporte. Además, Deidania les cuenta que ya compró las alcancías de ahorro para la lechona que se va a repartir el día del grado, que será en breve, a mediados de diciembre. Todas se ven alegres, se despiden agradecidas por la nueva sesión de la escuela. Después van saliendo en grupo para acompañarse a tomar el transporte público. Termina una jornada más de la Escuela de Alfabetización Celmira López Sabogal, que volverá el siguiente viernes, hasta que no quede una sola mujer sin aprender a leer y escribir como punto de partida de la verdadera resiliencia.

Esta historia forma parte del especial periodístico ‘Memorias en resistencia’, resultado de la formación virtual ‘CdR/Lab Cómo investigar y narrar la memoria histórica del conflicto’ de Consejo de Redacción (CdR), gracias al apoyo del Servicio Civil para la Paz de Agiamondo en Colombia.