Afganistán: Dimensiones de la derrota gringa

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La cúpula Talibán regresó al palacio presidencial tras 20 años de guerra

Veinte años después de la aventura intervencionista de Washington, en el saldo se cuentan los miles de jóvenes soldados estadounidenses que murieron en combate y otros miles que regresaron a sus casas mutilados, con graves heridas o con problemas psicológicos

Alberto Acevedo

Han pasado muy pocos días desde la vergonzosa salida de Estados Unidos y sus aliados del teatro de operaciones de Afganistán para hacer un pronóstico de los escenarios que pudieran sobrevenir en esta región, con la llegada de los talibanes al poder. Una visión más despejada de las cosas va a depender del comportamiento de la dirigencia talibán en el sentido de si va a mostrar con hechos su disposición de hacer cambios respecto a su gestión de gobierno hace 20 años, o persistirá en sus doctrinas fundamentalistas cerradas.

En medio de toda la literatura que se ha vertido para explicar qué pasó en aquel país, una de las cosas que sí es evidente es que, la estrategia militar de Estados Unidos en Asia central, Asia occidental y el norte de África, sufrió un golpe devastador. La política norteamericana en la región deberá ser rediseñada a partir de nuevos componentes, si quiere recuperar alguna influencia. En la lógica de Washington, buscar nuevos ‘enemigos’ y establecer alianzas de nuevo tipo. Pues la zona que invadieron hace 20 años tiene una nueva configuración política y una estrategia diferentes.

Así pues, la agresiva ocupación de Afganistán por parte de Estados Unidos y las fuerzas de la OTAN terminó en un rotundo fracaso militar, político, diplomático y económico para la decadente potencia imperial, al retomar los talibanes a Kabul e instalarse en el palacio presidencial.

Fabricando enemigos

Quiere decir que no solo marcó la derrota de Estados Unidos en la guerra más larga de su historia. También pone fin a su intento por imponer un sistema internacional unipolar, tras los atentados contra las torres gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001.

En aquel año, la Casa Blanca declaró la guerra al terrorismo y a todos los países que lo auspiciaran, en lo que denominó ‘Operación Libertad Duradera’, señalando a Osama Bin Laden como el autor intelectual del atentado a las torres gemelas y al gobierno talibán de Afganistán como su protector. Comenzó el juego por imponer un mundo unipolar. Estados Unidos emergió como la única potencia capaz de emprender una lucha exitosa contra el nuevo ‘comunismo’, que ahora se llamaba ‘terrorismo”.

Emergió la teoría Bush sobre la utilización de cualquier arma de guerra que fuera necesaria, la prolongación en el tiempo de las operaciones militares, la obligación del resto de naciones de aliarse a la política intervencionista norteamericana: “O están con nosotros o están con el terrorismo”, dijo Bush. Cambió la agenda internacional, abriendo paso al apoyo a Washington como el objetivo prioritario, y a la propuesta de conformar una coalición internacional contra el terrorismo, que también devino en una discusión en torno a la seguridad nacional de las grandes potencias.

Nunca crear una democracia

Todo este entramado se vino abajo el pasado 15 de agosto cuando los talibanes entraron triunfales a Kabul. Un triunfo militar que arrasó de paso también con la doctrina Obama, que en 2011 declaró que Estados Unidos sería una potencia en los océanos Índico y Pacífico, a partir de lo cual hizo ingentes y costosísimos esfuerzos por construir un bloque de países asiáticos contra China.

Hoy es evidente que Estados Unidos nunca quiso derrocar al gobierno talibán paran instaurar una democracia, como alguna vez ingenuamente lo insinuaron algunos medios afectos a Washington. Fue una guerra prolongada, entre otras cosas para responder a los poderosos intereses de la industria armamentista gringa. Eso lo acaba de confirmar el presidente Biden, cuando la semana pasada dijo: “nuestra misión nunca fue crear una democracia”. Una confesión de parte, válida también para Cuba y Venezuela.

Una confesión, además, al cabo de 100.000 muertos afganos y 5.000 bajas norteamericanas, después de gastar billones de dólares en armamentos para dotar a una fuerza armada que actuó más como destacamento mercenario que como bastión de defensa de la nación. Después de tantos bombardeos a la población, en los que cayeron mujeres, ancianos, niños, confiesan que la ‘democracia’ les importó un bledo.

Gastos onerosos

Veinte años después de la aventura intervencionista de Washington, entre el saldo a contabilizar, están los miles de jóvenes soldados norteamericanos que murieron en combates; otros miles que regresaron a sus casas mutilados, con graves heridas o con problemas psicológicos. Muchos de ellos no se adaptaron a la vida civil y terminaron agrediendo a sus familiares, sucumbieron en el suicidio, o en la actualidad recorren las calles de Nueva York, Los Ángeles, Washington o Florida, pidiendo limosna o sumidos en el alcoholismo y la drogadicción.

Según cálculos del Financial Times, Washington despilfarró más de un billón y medio de dólares en gastos de guerra en Afganistán. La administración norteamericana asumió abultados egresos para a mantener por dos décadas gobiernos títeres, con la ayuda de tropas del Pentágono y la OTAN.

Solo hasta 2010, Estados Unidos y los integrantes de la coalición atlántica habían entregado al gobierno de Kabul 22.000 vehículos, entre ellos 514 todoterreno nuevos, carros blindados, 44 aviones y helicópteros, 40.000 armas y miles de equipos de radio y piezas para equipos de comunicación.

Derrota moral

Estas cifras se triplicaron entre 2010 y 2020. Esas armas en su mayoría pasaron a manos de los talibanes en tres meses de ofensiva final. El dinero de los contribuyentes norteamericanos siguió fluyendo. Miles de empleados, tanto militares como civiles y contratistas mercenarios, recibieron asignaciones mensuales 250 veces superiores a las de un trabajador promedio norteamericano.

El pueblo afgano resultó siendo la víctima mayor de esta monstruosa aventura de guerra. De cerca de 28 millones de habitantes, 12 millones están desocupados, el 85 por ciento son analfabetas; la falta de agua potable y alcantarillado es casi total en el país. El 55 por ciento de los niños padecen desnutrición y cada día mueren 600 niños afganos por enfermedades que se pudieron prevenir.

Ya antes de la toma del poder por los talibanes, la Acnur (Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados), ha certificado que tres de cada diez refugiados en el mundo son afganos. Con el 96 por ciento de ellos refugiados en Pakistán e Irán. Es el triste saldo de la guerra. Con una derrota para Estados Unidos militar, económica, política, pero también moral.