Afganistán, 20 años después

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Fuerzas del Talibán en ofensiva general desde el 1 de mayo

Estados Unidos ha perdido una larga guerra en la que se jugó su prestigio imperial. Cuando invadió Afganistán prometió la derrota definitiva del Talibán. Invirtió 2.3 billones de dólares en un intento fallido por ganar una guerra en un país que sigue siendo terriblemente pobre, pero invencible

Alberto Acevedo

La retirada definitiva de las tropas norteamericanas de Afganistán, prometida para el 11 de septiembre de este año, se ha adelantado. La administración Biden finalmente ha retirado, hasta este momento al 90 por ciento de sus fuerzas de ocupación.

La primera potencia del mundo, que soñó siempre con imponer su modelo de ‘democracia’, ha reconocido su derrota en este escenario. El hecho más significativo en este aspecto sucedió en la madrugada del 2 de julio pasado, cuando hacia la media noche, casi en secreto, y sin notificar a las autoridades afganas, las tropas que ocupaban la gigantesca base militar y aérea de Bagran, 72 kilómetros al norte de Kabul, abandonaron las instalaciones.

Bagran era un símbolo del poderío imperial. Llegó a albergar cien mil soldados americanos, que coordinaban desde allí las principales operaciones de combate contra los grupos rebeldes talibanes en el resto del país. Tenía una pista de aterrizaje de 3.500 metros, piscinas, bares, restaurantes, cómodos dormitorios con aire acondicionado, puestos de venta de hamburguesas Burger King y piza Hut. Incluso una prisión interna con capacidad para 5.000 rebeldes.

Control del territorio

Cuando las autoridades afganas llegaron al lugar, sin ocultar su desazón y sin entender todavía el compartimiento de su principal mentor, encontraron que instalaciones y vehículos habían sido destruidos por los norteamericanos, temerosos de que pudieran ser utilizados por los talibanes, una vez recuperen el poder, que para muchos es cuestión de horas.

Esto último no es un cálculo exagerado. Los combatientes talibanes controlan ya el 85 por ciento del país. Hace una semana tomaron el control del principal puente hacia Tayikistán, sobre el río Amu Daria. De hecho, tienen el control de los puntos fronterizos, donde han comenzado a cobrar aranceles e impuestos, antes en manos de las autoridades de Kabul, la capital.

La mayoría de las capitales provinciales están sitiadas por las fuerzas rebeldes, incluida Kabul. Los muyahidines, seguros de su victoria, dicen que no tienen interés en sostener combates en las ciudades principales, que no lo desean, para no causar muertes innecesarias entre la población civil, porque la caída de las ciudades es cuestión de tiempo.

Ejército en desbandada

Esto lo corrobora el hecho de que, a su paso arrollador, desde que iniciaron una ofensiva el primero de mayo pasado, han demostrado una superioridad militar de tal envergadura, que han puesto en colapso el gobierno central del presidente Ashraf Ghani. El Ejército Nacional Afgano, ENA, ha abandonado numerosas posiciones claves, no sin antes entregar armamento, vehículos e instalaciones estratégicas. La ofensiva rebelde se incrementa cada día y han incautado tantas armas a las tropas oficiales, que tendrían munición para una larga guerra de posiciones. Muchas de las armas incautadas estaban sin uso y todavía conservadas en cajas de embalaje.

Estados Unidos ha perdido una larga guerra en la que se jugó su prestigio imperial. Cuando invadió Afganistán, prometió la derrota definitiva de los talibanes. Organizó una coalición militar, bajo la coordinación de la OTAN, en la que participaron Francia, Gran Bretaña y otras potencias. En dos décadas, Washington invirtió 2.3 billones de dólares, en un intento fallido por ganar una guerra en un país que sigue siendo terriblemente pobre, pero invencible.

No es la primera derrota vergonzosa para Estados Unidos. Perdió la guerra en Vietnam. Sufrió una aparatosa derrota en Playa Girón, cuando quiso doblegar al pueblo cubano. También perdió la batalla cuando tendió un cerco naval al gobierno sandinista, parta asfixiarlo. Tampoco ha resultado victorioso en su empeño por derrocar al gobierno bolivariano de Venezuela. Los pueblos, cuando se movilizan, hacen valer sus derechos soberanos.