Adiós a una tradición

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“Estudiante muerto” o “El velorio”, obra de Alejandro Obregón

Era costumbre del pueblo colombiano hacer sus rituales de velación en la sala de la casa, pero se fueron produciendo cambios culturales a raíz de la aparición del mercado funerario. Recuerdos de una historia que nació en las barriadas

Arlés Herrera (Calarcá)
@calarcaoficial

En los velorios de antes las familias se esmeraban en hacer los arreglos en la sala de recibo en donde se ubicaría el ataúd. Todo se hacía en silencio, las mujeres cubrían la cabeza con un pañolón negro y todo listo para recibir al difunto.

Fue costumbre del pueblo colombiano celebrar los velorios en la sala de sus casas, hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, se fueron generando cambios culturales a raíz de la aparición en el mercado de empresas funerarias. En principio las familias fueron reacias a tales cambios, pero hoy, los rituales funerarios en esos sitios frívolos ya hacen parte del paisaje.

Una historia

Cali, abril de 1948. Barrio obrero fundado en 1919, habitado por artesanos, zapateros y trabajadores de los ferrocarriles del Pacífico. En este barrio tenía una pequeña tienda de víveres don Ismael Zapata, oriundo de Titiribí, Antioquia, persona de agradable conversa y buen humor por lo cual se ganó la simpatía de los vecinos del barrio lo que contribuyó a que su tienda progresara.

Pero el 7 de abril corrió la «bola» en el barrio, que don Ismael Zapata había “estirado la pata”, manera folclórica popular de anunciar el fallecimiento de una persona. Las personas encargadas de regar la noticia fueron las señoras que regresaban de misa de cinco de la mañana en la iglesia de San Nicolás

“Que mi Dios lo haya recibido y perdonado, porque era un ‘perro’”, musitaban las feligresas, “el desgraciado hizo sufrir mucho a su esposa Jesusita pasándole las mozas por la cara”, comentaban.

Después de los papeleos sobre el difunto Ismael fue llevado a su casa. Todo estaba arreglado para el acontecimiento especial. Encima de la mesa del comedor, ubicada en el centro de la sala de recibo, fue donde ubicaron el ataúd. En la pared estaba colgado un crucifijo, cuatro botellas desocupadas de cerveza y dos de aguardiente con sus respectivas velas encendidas prestaban guardia, había vasos llenos de agua para que el alma de don Ismael calmara la sed después de largos recorridos.

El catafalco rodeado de amigos

“Las llamas de las velas languidecen como la vida”, exclamó un viejo con aire de poeta. La viuda, misiá Jesusita, estaba rodeada de sus vecinas quienes le expresaban frases de aliento: “fuerza Jesusita”, “valor Jesusita”, “ese desgraciado de su marido no merece sus lágrimas, perdone que se lo digamos”.

Todo iba bien, cuando de repente apareció en el umbral de la puerta el compadre del difunto Ismael con botella de aguardiente en mano. Lo apodaban ‘el paisa’. Era un hábil vendedor de cachivaches lo cual hacía en su vieja camioneta. Sin mediar palabra se dirigió a donde estaba el difunto, abrazó el ataúd y exclamó las icónicas palabras que se oyen en todos los velorios populares: “¡compadre! ¡compadre!, no creo que estés muerto. ¡Compadre, llévame!, ¿por qué tú y no yo?, no somos nada. La parca hijueputa, no perdona”.

El compadre ‘paisa’ tambaleando se dirigió hacia su comadre Jesusita, la abrazó y al oído le susurró: “Comadre, sé de su sufrimiento, porque yo soy viudo, pero, para eso estoy yo, para brindarle consuelo, cuando quiera está mi casa a la orden y todo lo que usted quiera, podemos irnos a pasear a Medellín para olvidar las penas, ¿de acuerdo comadre?”. “Sí vez, el muy «perro» calentándole el oído a la comadre. Es que todos los hombres son iguales”, le comentó una vecina a la otra.

‘El paisa’ se levantó y sirvió una ronda de licor para todos los asistentes y con voz aguardientosa declamó un verso del poeta Julio Flores:

y en todo instante, es tal mi desconcierto

que, ante mi muerte próxima, imagino que

muchas veces en la vida…. he muerto

Tradición

La costumbre era desfilar alrededor del ataúd para mirar al difunto. Los vecinos y las vecinas no fueron ajenas a tal costumbre e hicieron el comentario respectivo cuando observaron el rostro de don Ismael: “sí vez, hasta después de muerto se le ve lo corrompido que era con Jesusita”.

Otra gran sorpresa. Apareció en la puerta una mujer con elegante sombrero, velo negro cubría su rostro, no saludó, se dirigió hacia el ataúd, puso la mano sobre éste, agachó la cabeza dio la vuelta y desapareció. “Es la moza del don Ismael. Descarada, sinvergüenza, no tener el menor respeto por el dolor de Jesusita, asquerosa, desgraciada, infeliz”, susurró más de una voz en la casa. Para rematar, entraron cuatro jovencitos, todos tenían la misma estampa del finado: “Ahí estaban, ‘pintiparados’, más parecidos pa’ donde”.

Hubo los rezos, los padrenuestros y las avemarías y los ruegos de costumbre: “Que Dios lo saque de penas y lo lleve a descansar» Eran las dos de la madrugada, hora de repartir el caldo de costilla, hora de los chistes y recordatorios de cómo era Don Ismael y los brindis con aguardiente para lo cual hacían recolectas cada hora. Después dormían para descansar un poco.

A la una y diez minutos de la tarde se despertaron sobresaltados ante los gritos de la muchedumbre. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Desfila la gente con machetes en mano, otros con rollos de paño, la ira del pueblo se había desviado al pillaje, no había dirección política, el objetivo tomó otro curso, el saqueo y la anarquía hizo que la burguesía almorzara más tranquila.