20 años del 11-S: El problema del terrorismo

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El 11 de septiembre de 2001, el mundo vio en vivo y en directo cómo dos aviones Boeing 767 se estrellaban en las emblemáticas torres gemelas en Nueva York. Foto Robert Clark

Los atentados permitieron crear un formidable enemigo para el imperio: uno verosímil y lo suficientemente abstracto para ser utilizado contra cualquiera, estrategia que tras 20 años ofrece resultados mediocres

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Todos recordamos qué estábamos haciendo esa mañana de martes. La confusa noticia del choque de unos aviones contra unos edificios pasó en cuestión de minutos de ser un accidente a ser el peor atentado terrorista de la historia. Toda la humanidad quedó sobrecogida y por primera vez los líderes del mundo coincidieron en repudiar los hechos y solidarizarse con las víctimas.

Las imágenes de los aviones, de los edificios derrumbándose y de las personas saltando al vacío se han grabado en la mente de todas las personas y se han convertido en símbolos de un cambio de época. Hoy, 20 años después, se pueden sacar muchas conclusiones pero lo cierto es que nadie ha podido permanecer indiferente ante el impacto –nunca mejor dicho– de ese acontecimiento.

Al menos tres reflexiones pueden extraerse de una rápida observación de lo que ha ocurrido en los dos últimos decenios como consecuencia de los atentados. Primero, no sabemos a ciencia cierta qué sucedió. Segundo, se presentó un cambio en muchos aspectos de la vida humana y en la geopolítica. Y tres, lo que se convirtió en un intento por consolidar la maltrecha hegemonía estadounidense, hoy exhibe resultados muy mediocres. Y un corolario: efectivamente tenemos un problema con el terrorismo, lo que pasa es que no nos ponemos de acuerdo sobre qué tipo de problema es.

Qué pasó

La versión oficial sostiene que 19 terroristas saudíes entrenados en Afganistán y en Estados Unidos secuestraron cuatro aviones de pasajeros tras reducir a la tripulación con cuchillos de plástico que no pudieron ser detectados por la seguridad del aeropuerto y pilotaron las aeronaves hasta estrellarlas, dos contra el World Trade Center en Nueva York, una contra el Pentágono en Washington y la última en un paraje rural en Pennsylvania. El Congreso estadounidense conformó una comisión que después de tres años publicó un informe en el que básicamente se adjudicó la responsabilidad a la “falta de previsión” de las agencias de inteligencia ante la amenaza.

Desde entonces se han publicado cientos de libros y se han realizado decenas de documentales que buscan desvirtuar esa versión, poniendo en evidencia algunos vacíos en el relato oficial que siguen sin explicación: ¿Quién financió la operación? ¿Por qué no hubo respuesta militar a tiempo si el secuestro tardó más de una hora? ¿Por qué se desplomaron las torres gemelas si estaban diseñadas justamente para resistir el choque de un avión? ¿Qué se estrelló realmente contra el Pentágono? ¿Cómo es posible que pilotos inexpertos hayan podido conducir los aviones con tanta pericia? ¿Por qué se derrumbó el edificio 7 del WTC si ningún avión lo impactó? ¿Qué sucedió realmente en Pennsylvania con el cuarto avión? Si lo que se estrelló contra el Pentágono y en Pennsylvania no fueron aviones, ¿dónde están esos aviones?

Las anteriores preguntas han dado para toda suerte de teorías de la conspiración que por supuesto incluyen la del autoatentado. Lo cierto es que los detalles probablemente nunca se sepan y el público solo podrá conocer la verdad a cuentagotas en la medida en que se desclasifiquen en los próximos decenios los archivos secretos de las agencias de inteligencia.

El impacto

Por ello es más interesante fijarse en lo que significó el atentado y los cambios que se han producido desde entonces. El más importante es que el imperio encontró un nuevo y formidable enemigo en el terrorismo, con el que remplazó al comunismo que había desaparecido con la URSS y al narcotráfico que en los años noventa no logró ser lo suficientemente aterrador para la opinión pública.

El nuevo enemigo no solo era diferente, era muy diferente. El comunismo soviético era ateo y oriental pero al menos era blanco y civilizado; el narcotráfico latinoamericano por su parte era mestizo y periférico pero al menos era cristiano y occidental. El terrorismo islamista era perfecto: otra religión, otro color de piel, otras costumbres. Todo permitió incluso ponerle rostro: un hombre árabe con barba y turbante. Sí, efectivamente, idéntico a Al Juarismi, el matemático persa –que no árabe– del siglo VII a.n.e. que ilustra la portada del Álgebra de Aurelio Baldor.

El nuevo enemigo es también formidable porque si bien es fácil ponerle rostro, en realidad no lo tiene. No es un enemigo material y concreto sino un espectro gaseoso que puede estar en cualquier parte y –lo más peligroso– sirve para denominar cualquier cosa. Como un fantasma que se invoca para asustar a los niños, se ha convertido en el mantra más eficaz para la segunda gran repercusión del atentado: la reducción en las libertades y derechos con la excusa de la seguridad y la indudable normalización de dichas medidas en nuestra vida cotidiana.

Hay autores que sostienen que vivimos en la “sociedad del control”, un tipo de sociedad aparentemente basada en libertades, pero en la práctica regulada por un entramado de dispositivos de control que van desde las omnipresentes cámaras de seguridad o los perfilamientos en redes sociales, hasta la propaganda que induce todos los días a la sumisión.

Resultados mediocres

Con independencia de lo que realmente sucedió en los atentados, lo cierto es que fueron aprovechados para lanzar la estrategia del “Nuevo Siglo Americano”, delirante propuesta de intelectuales mercenarios como Samuel Hungtinton y su famoso “Choque de civilizaciones”, que proponían imponer la hegemonía estadounidense a través de la ocupación y sometimiento de los países de Oriente Medio.

Siguiendo esa doctrina, desde 2001 EEUU ha adelantado operaciones militares en países como Afganistán, Irak, Yemen, Somalia, Libia, Siria y Pakistán, y en muchos otros países se han llevado a cabo operaciones encubiertas y golpes suaves para forzar cambios de régimen.

No obstante, los resultados tras 20 años de intervenciones, guerras y sanciones no son los mejores para el imperio. Hoy los Estados Unidos tiene la economía más frágil, más endeudada y más desigual de su historia, su sociedad sufre dolorosas fracturas por cuenta del creciente racismo y el fortalecimiento de la ultraderecha, su prestigio internacional se ha visto lesionado por las atrocidades cometidas en la lucha contra el terror, y lo más grave, si bien la sociedad ha normalizado –como se dijo– muchas prácticas de vigilancia, lo cierto es que la tal sociedad del control hace agua: El relato intimidante del terrorismo ya no convence como antes, son cada vez más frecuentes las filtraciones como las de Julian Assange, Chelsea Maning o Edward Snowden y el relato difundido por los grandes medios tiene cada vez menos credibilidad.

El fantasma del terrorismo ya no recorre el mundo como en el primer decenio del siglo XXI. El término se ha desgastado porque ha servido para designar a cualquier enemigo y así justificar su aniquilación. Mientras algunos se llenan la boca acusando a otros de terroristas, el gobierno de Estados Unidos negocia con los Talibán, el salvadoreño con las maras, el nigeriano con Boko Haram, el español con ETA y hasta Guaidó con los Rastrojos. El número de víctimas estadounidenses por el terrorismo cada año no pasa de una decena, pero sí son miles las víctimas de la violencia desatada por la lucha contra el terrorismo en los países periféricos.

Por eso puede decirse que el terrorismo es un problema global, pero no porque haya terroristas que nos amenacen sino porque hay políticos que llaman terrorista a cualquier opositor. El problema del terrorismo no es de seguridad sino semántico.