¿Y ahora qué?

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La unidad de sectores políticos que acompañaron la candidatura de Colombia Humana se mantiene de cara al Congreso. Foto William Garavito.

Gabriel Becerra Y.
@Gabocolombia76 

Con los resultados de la segunda vuelta presidencial se cierra un nuevo ciclo de recambio del poder institucional en el país. Por los próximos 4 años habrá que entenderse con el nuevo Congreso que se posesiona el  20 de julio y el nuevo presidente que asume funciones el 7 de agosto.

Emerge así una nueva correlación de fuerzas y una recomposición política, marcada entre otros hechos, por dos grandes conclusiones: en primer lugar, el éxito de la fracción uribista, de extrema derecha, principalmente en la Cámara de Representantes y la Presidencia de la República y, en segundo lugar, en lo electoral, el salto cuantitativo y en parte cualitativo de las fuerzas democráticas y progresistas reflejado en los 8 millones de votos por la candidatura de la “Colombia Humana” y lo que puede llegar a representar, si actúan unidos, una bancada de mínimo 27 Senadores y 23 representantes a la Cámara.

Ya es claro, más allá de las apariencias – los anuncios del nuevo gabinete ministerial no dejan duda – el triunfo de las derechas lideradas por el Centro Democrático ha llegado al gobierno para buscar recomponer y profundizar el proyecto económico, ideológico, político y cultural de dominación de las oligarquías, que se ha visto amenazado por la posibilidad cierta de un cambio político democrático, derivado de la oportunidad histórica que representan los contenidos progresistas del acuerdo de paz con las FARC y otros acumulados de luchas sociales y políticas.

No se tratará de un simple recambio de gobierno, ante todo es una apuesta de la extrema derecha por una nueva regeneración conservadora de larga data, articulada a la contra ofensiva imperialista que en Latinoamérica alienta el derrocamiento de gobiernos de izquierda y progresistas.

Teniendo en cuenta estas premisas es que debe adecuarse la táctica de lucha social y política de las izquierdas y los progresistas. Y como elementos fundamentales de la misma, por lo menos deberían considerarse tres: En primer lugar, el programa de lucha, integrando las reivindicaciones y demandas de los movimientos  sociales en curso, que tenderán a crecer frente a la política del nuevo gobierno, y las propuestas agitadas durante la campaña electoral, entre ellas, la defensa de la vida,  las libertades democráticas, el agua y el medio ambiente, la defensa de lo público, el acuerdo de paz, los derechos sociales, entre otros contenidos que surjan de la interacción con las comunidades y desde los territorios.

En segundo lugar, el despliegue y fortalecimiento de una acción política unitaria que permita mantener el respaldo ciudadano  y avanzar en gobiernos alternativos locales, comenzando por un gobierno democrático para Bogotá y otras de las capitales y municipios que se manifestaron a favor del cambio. Lo que implica no retroceder en la política de coaliciones, convergencias, consultas ciudadana y alianzas en medio de la diversidad. Pretender reducir el acumulado democrático que se expresó en las elecciones presidenciales en una sola organización, sería castrar su riqueza y vaciar su potencial transformador.

Finalmente, y sin desconocer la ausencia de garantías para la oposición social y política, hay que ganar en la batalla ideológica e ir más allá del exclusivo campo discursivo limitado a la resistencia,  que puede llevar incluso al inmovilismo. A pesar de las adversidades, la lucha democrática y revolucionaria en Colombia cuenta con avances y un potencial capaz de conquistar nuevos espacios para ser gobierno y poder alternativo.

De ahí el gran valor las frases del apóstol de Cuba José Martí, inspiradoras de las deliberaciones del XXIV Foro de Sao Paulo que acaba de concluir en la Habana. “En política, resistir vale tanto como arremeter”. “Perder una batalla no es más que la obligación de ganar otra”.

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