El VIH/Sida, una pandemia de la que no se habla

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Campaña contra la discriminación de personas seropositivas 2020, yo vivo positivo. Foto Esteban Miranda.

40% de la población Lgbti vive o ha sido perseguida. Se les quiso inculcar la idea que la pandemia está controlada pero no es así, según Avram Finklestein, “(…) el SIDA no ha tocado techo, no está disminuyendo, no está esfumándose, no está desapareciendo”

Esteban Miranda

La carga psicológica que representa el Sida está viva en cada uno de nosotros y nosotras, y es por tal motivo que se le teme al diagnóstico. Las y los individuos de los sectores sociales Lgbti temen realizarse los tamizajes por el miedo a ser seropositivos porque ya bastante se les han excluido y marginalizado, bastante odio y terror han tenido que pagar hasta con la vida de muchos y muchas, bastante difíciles son las garantías en los derechos laborales, académicos y de salud para ellos y ellas simplemente por ser abiertamente diversos.

Se han recaudado fondos y movilizado magnates de industrias farmacológicas a la comercialización de antirretrovirales -medicamentos que combaten la infección- sin embargo, se voltea la mirada ante la indeleble realidad; el VIH/Sida continúa siendo una enfermedad sin cura y la comercialización de la Terapia Anti Retroviral, Tarv, como única salvación, la aleja del alcance de todos y todas.

Seropositivos Lgbti en el sistema de salud

Los procesos burocráticos por los que tiene que pasar una persona seropositiva para al menos conseguir una primera cita con infectología son totalmente absurdos en el sistema de salud subsidiado. Las trabas burocráticas comienzan desde el momento en que hasta el trabajador de seguridad tiene que leer el diagnóstico para poder entrar a un centro de salud y, de ahí en adelante, todos y cada uno de los y las trabajadoras que les juzgan con la mirada y el despotismo mientras van de hospital en hospital recorriendo la ciudad como en una carrera por cazar los controles más cercanos para cada una de las especialidades a las que deben asistir según el protocolo de atención.

Todas las anteriores les preguntan si son homosexuales, prostitutas o usuarios de drogas por vía intravenosa, si es que acaso han tenido incontables parejas sexuales en su vida y hasta que rol desempeñan en el acto sexual, y a cada una le van contando un resumen de su vida para disminuir la carga del sentimiento de culpa y disimular con una sonrisa que todo aparentemente estará bien.

Las cifras no mejoran

El Sida ha sido un duro golpe para todas las comunidades menos favorecidas y vulneradas. Para 1994 más de 200 mil personas ya habían muerto de Sida, más del 75% hombres homosexuales según los datos de la Organización Panamericana de la Salud, OPS. Vivir con el estigma para estas poblaciones trasciende más allá del diagnóstico.

Ser un hombre que tiene sexo con hombres es históricamente un título que ha pasado por diferentes cargas peyorativas; desde sodomitas poseídos por demonios, hasta enfermos, criminales e ilegales. Las y los trabajadores sexuales, no son la excepción, seguramente por culpa del modo de producción al que se han visto sometidas y sometidos y sobre el cual se piensa tener un privilegio de clase cuando no se pertenece a dicho sector laboral, un modo de exclusión por medio de la división sexual y sexualizada del trabajo.

Mucho peor es el caso para aquellos y aquellas que han tenido el valor para vivir su género desde la transición identitaria al género deseado, personas transgénero y transexuales que, al menos en Colombia, viven en condiciones de 90% de vulnerabilidad y con una expectativa de vida que no supera los 35 años, en cifras de la ONG Colombia Diversa.

Es por eso por lo que cargan, por lo menos, más de tres estigmas a la vez: travestidas, pobres, prostitutas, sidosas y a veces hasta por socialistas, como si el trabajo comunitario, la resistencia popular y la lucha por la igualdad de derechos y libertades sociales que les permite ser y coexistir dentro de esta sociedad cis-heteronormalizada fuera un motivo para estigmatizarles.

Maricas, putas, travestis, lesbianas, gente depravada, así se les ha criminalizado a lo largo de sus vidas en uno y otro escenario: laboral, familiar, académico, comunitario, político y es así es como trabajadores y trabajadoras de la salud clasifican y ofenden con sus miradas intrépidas y desdeñantes cuando aceptan abiertamente su sexualidad en un consultorio médico al que asisten por una u otra necesidad, y en donde les responden con arrogancia y negaciones ante sus solicitudes como pacientes.

Objetivo, cero discriminaciones

En el marco del Mes de la Cero Discriminación, celebrado el pasado primero de Marzo, recordamos a las y los 37,9 millones de personas en todo el mundo viviendo con VIH según el reporte entregado por ONU-Sida, programa creado en 2009 como conjunto de la Organización las Naciones Unidas (ONU) sobre el VIH/SIDA, que pone sus esfuerzos en disminuir la percepción negativa frente a la epidemia en el título “Hacer frente a la discriminación”, un trabajo encaminado a superar el estigma de la infección por VIH y su progresión a Sida.

De la misma manera, Estrada JH, doctor en Salud Pública e investigador asociado a la Universidad Nacional de Colombia define el estigma, citando a Erving Goffman, como un atributo desacreditante que arruina la identidad y tiene un efecto indeseable en la condición humana. Un valor negativo de la sociedad hacia un individuo o una población determinada.

Las cifras en el mundo

En Colombia, las cifras de nuevos contagios de VIH, según el Sistema Nacional de Vigilancia de Salud Pública del Instituto Nacional de Salud, Sivigila, han aumentado en 12% para el último año en comparación con el reporte anterior, 14 mil casos nuevos en el periodo junio 2018-junio 2019 siendo Bogotá, Quindío, Barranquilla y Valle del Cauca las zonas con mayor incremento y prevalencia; más alarmante es que el 35.6% fueron registros de edades entre 24 a 35 años, seguidas de los 15 a los 24 años. Jóvenes que no han contado con una acertada educación sexual que brinde herramientas de autocuidado eficientes.

Herramienta interseccional

Y a pesar de todo lo anterior, nosotros y nosotras no estamos haciendo algo para protegernos. La lucha contra el VIH/SIDA y el estigma de la enfermedad no ha terminado y debe iniciar por nuestra propia conciencia corporal. Somos responsables de nuestros cuerpos, debemos conocer nuestro estado serológico y controlarlo, debemos disfrutar nuestra sexualidad y libertad sexual de manera contra-hegemónica haciendo frente a todos los estigmas, con los que nos han categorizado, a través de auto-cuidado y el diálogo con nuestros saberes sacando el eufemismo pequeño burgués de la bandera Lgbti entregada a la comercialización de nuestra realidad, exigiendo día a día con la resistencia propia y comunitaria cada vez más garantías para la consecución de todos los derechos como ciudadanos y ciudadanas plenos e iguales ante todo tipo de ordenamiento jurídico.

En palabras de Finklestein “El sida no es una causa, ni una fuente de ingresos, ni un baile por la vida. No es una condición crónica soportable. No son ángeles, ni cintas, ni camisetas”. El VIH/Sida también se combate con organización y resistencia popular.

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