Vallenato del pueblo o de las élites

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Fotograma de la película Los viajes del viento de Ciro Guerra. Foto Internet.

“El acordeón ha sido desde siempre un instrumento proletario”: Gabriel García Márquez

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos 

Al llegar a Valledupar, Cesar, los vientos de la Sierra Nevada de Santa Marta, de la Serranía del Perijá y de los desiertos de La Guajira, proveen una cálida bienvenida. La ciudad respira vallenato y late al ritmo de su música. En cada esquina, calle, lugar y espacio se escuchan cantos de antaño, cantos que se resisten a ser olvidados.

La ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar o simplemente Valledupar, es el epicentro de la historia de un pueblo con sus pasiones, esperanzas, tristezas, logros y desgracias. Es la región, que llamaron “La Provincia de Padilla y Valledupar” o “La Provincia”, y que comprende numerosos pueblos del norte del Cesar, el sur de La Guajira y el río Magdalena como su límite hacia el occidente. Es la comarca que vio nacer y florecer el vallenato, expresión artística y musical, que con los años se ha configurado como elemento de identidad del imponente Caribe colombiano y expresión nacional por su profundo sentimiento popular.

Todos los años finalizando abril, la ciudad y el territorio, celebran una nueva edición del Festival de la Leyenda Vallenata. Las calles reciben a miles de turistas, aficionados, medios de comunicación y burguesías de todo tipo. El atractivo, que no puede ser otro que la promoción de los cantos vallenatos, tiende a desdibujarse en los múltiples espectáculos que proveen artistas mainstream y en la segregación económica para acceder al principal concurso del festival, que antes era abierto y gratuito en la plaza Alfonso López. El festival ya no es del pueblo, es de las elites.

Al pueblo vallenato le quedan dos caminos: El primero, continuar alimentando la privatización de su cultura, recreada por una casta de empresarios, políticos, celebrities y mafiosos, que hacen del Festival una fiesta del poder y el dinero. O construir un segundo camino de pelea, resistencia, organización y propuesta, por un Festival distinto, gratuito y sin segregación.

Recordar la emotiva Plegaria Vallenata composición de Gildardo Montoya popularizada en la voz melancólica de Alejo Durán, y entender que en la potencia del vallenato, está la resistencia de su historia: “Mira tanta gente pobre / que vende su sangre para poder vivir / no te das cuenta que el rico / es feliz mirando al pobre sufrir”.

Emergencia popular y mestiza

Úrsula Iguaran, aquella matriarca protagonista de Cien Años de Soledad, sostenía que el vallenato era una música perniciosa y popular. Su bisnieto, Aureliano Segundo, había tenido “la feliz desgracia” de ganarse en una rifa un acordeón y con ello seguir el encanto de “un instrumento propio de los vagabundos herederos de Francisco el Hombre”. García Márquez nos describe en las páginas de su obra maestra, lo que muchos vallenatólogos olvidan, la emergencia de abajo y popular del vallenato.

Imposible precisar con exactitud dónde, cuándo y cómo nació. Sabemos por la investigación de Pilar Tafur y Daniel Samper Pizano en su libro 100 años de vallenato, que es centenario y que ello lo hace contemporáneo al bolero. Que la región donde nace y se desarrolla es “La Provincia” pero que el fenómeno no es privativo a este territorio, sino que encuentra cantos pioneros en las riveras del rio Magdalena, y en las sabanas y montañas de Bolívar.

No obstante, “La Provincia” y su ubicación geográfica sí fue definitiva para su configuración sociocultural. El aislamiento de la zona hizo posible la emergencia de una expresión cultural auténtica, primero por sus límites, en el norte con las montañas más altas de Colombia, al oriente con los desiertos guajiros, y al sur con selvas densas y una enorme ciénaga; y segundo, por el mestizaje racial de los indios chimilas, amos del valle, los españoles colonizadores y los negros esclavos asentados en el norte y en el río magdalena.

Siendo una especie de isla en medio de sabanas y montañas, “La Provincia” centró su economía en la agricultura y la ganadería. Es probable que el vallenato haya nacido caminando, con trovadores y vaqueros como sus precursores. Un surgimiento de abajo, mestizo y campesino.

Instrumentos y ritmos

El vallenato no es ajeno al sistema musical que se desarrolló a lo largo de todo el Caribe colombiano. En la confluencia de los tres pueblos, indígena, español y negro, existían elementos comunes como la percusión de los tambores, el empleo del canto antifonal donde un solista canta y otro responde, y la fiesta musical como ágape popular.

Se consuma entonces el matrimonio de tres instrumentos: El acordeón, de origen europeo y cuya llegada a Colombia está abierta al debate historiográfico; la guacharaca, como síntesis de la cultura de los indios chimilas; y la caja, instrumento que deriva de la rica herencia africana.

Matrimonio que deja por fuera instrumentos, que quizás hoy están relegados en la ortodoxia vallenata, pero que fueron fundamentales en el desarrollo del género, siendo la gaita un precursor de vientos en los primitivos cantos, la guitarra un instrumento que fomentó exitosamente la música en el interior del país, y la dulzaina herramienta para la composición.

Este fenómeno de legados comunes fue construyendo en el trovador un cantor de poesías y composiciones, y en el juglar un intérprete de estos cantos. También fue desarrollando, a destiempo y de manera no lineal, lo que se conoce como los aires o ritmos vallenatos: Merengue, puya, son y paseo. Un género musical que con relatos populares interpreta el mundo combinando realismo e imaginación, nostalgia y alegría, sarcasmo y humor.

Los lugares

Así como se fueron transformando los cantos, también fueron cambiando los lugares de divulgación. De las parrandas locales, en rancherías y entre amigos, se pasaron a las “colitas”, donde en el mismo punto de encuentro que generalmente eran fiestas de la aristocracia, los de abajo se divertían con ritmos vallenatos mientras los de arriba seguían sus gustos cosmopolitas y burgueses. O las piquerías, donde la dinámica del reto entre distintos juglares fue propagando los ritmos en las gentes. O las parrandas, que contrario a lo que se pueda pensar, eran espacios sociales para cantar y escuchar vallenatos, no para bailarlos.

Las migraciones del interior contribuyeron a la salida del género hacia otros lugares del país. Primero con la llegada del cultivo industrial de banano al sur de Santa Marta y luego con el auge del algodón, los flujos migratorios se hicieron cada vez más constantes y con ello la salida del vallenato de la comarca. Después con la llegada de la radio, la televisión y la posibilidad que proporciono la industria disquera de grabar y prensar, la historia cambió: Ya no era una expresión regional y subalterna, sino un potencial del folclor Caribe que cada día iba ganando más y más públicos.

Los nombres

En esta prolija historia son reconocidos múltiples nombres que enriquecen la cultura. Se habla de patriarcas, caciques, compositores y voces. Por supuesto el mito fundacional está en el legendario Francisco el Hombre, cuyo verdadero nombre era Francisco Moscote Guerra, un guajiro parrandero que compuso e interpretó puyas y merengues.

Luis Pitre, Abraham Mestre, Chico Bolaños, Alejo Durán, Luis Enrique Martínez, Lorenzo Morales, Juancho Polo Valencia, Pacho Rada, Abel Antonio Villa, Emiliano Zuleta Baquero, Alfredo Gutiérrez, “Colacho” Mendoza, Calixto Ochoa, Juancho Rois y Emilianito Zuleta Díaz, son algunos nombres de esos acordeoneros que pasaron del anonimato campesino al reconocimiento cultural del folclore.

De los compositores se reconocen al icónico Rafael Escalona, al maestro Leandro Díaz, a Adolfo Pacheco Anillo, Carlos Huertas, y Hernando Marín, este último, olvidado muchas veces por la vallenatología, por ser el “cantante del pueblo” y compositor de combativos cantos vallenatos.

Con referencia a las voces y su lugar protagónico en el ensamble del conjunto vallenato, se da como punto de partida y no retorno, el fenómeno exitoso que significo el auge comercial del género. Desde los tiempos del “El jilguero de la Sierra” Guillermo Buitrago hasta hoy, se destacan voces versátiles, polémicas y disímiles como las de Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz, Silvio Brito, Ivo Díaz, Rafael Orozco, Daniel Celedón o Carlos Vives.

Sobre el festival y su carácter popular

La mayoría de cronologías apuntan a que fue un 27 de abril de 1968 la fecha que dio lugar al primer Festival de la Leyenda Vallenata, cuyo primer Rey fue el inolvidable Alejo Durán. Por iniciativa de un grupo de apasionados y arquitectos del folclor regional como Consuelo Araújo Noguera, Rafael Escalona, Darío Pavajeau, Gabriel García Márquez y Álvaro Cepeda Samudio, se edificó la propuesta de un festival que lograra promover la cultura del vallenato, tomando y usando las fechas de la última semana de abril que celebraba la aristocracia valduparense en fiestas religiosas, y las fiestas en los barrios populares, como el Primero de Mayo de Provivienda, que hacían de la fecha de los trabajadores un festín de parrandas.

Este acontecimiento fue retratado de manera nostálgica y bohemia por el cineasta Ciro Guerra en su film Los Viajes del Viento, historia quijotesca de un juglar majagualero y su joven compañero mulato, que entre piquerías, duelos y parrandas, atraviesan “La Provincia” con rumbo hacia la alta guajira, para cumplir una promesa propia de los cantos clásicos, y que por coincidencia participan en el primer Festival Vallenato en Valledupar.

Desde entonces el festival se ha posicionado como uno de los eventos más importantes que tiene la agenda cultural a lo largo de la geografía colombiana. Sin embargo lo que fue una simbiosis entre el vallenato como una expresión musical y la necesidad de fomentarlo como crisol de la cultura popular, hoy solo deja un escenario preso por el mercado y la industria musical, sujeto a los intereses del poder local y regional, e instrumentalizado en la idea de un país donde las elites despojan a la gente no solo de la economía y la política, sino esencialmente de su cultura.

Quizás sea bueno recordarle a Poncho Zuleta, que hoy muestra con orgullo su afinidad por la extrema derecha del país, aquel canto del maestro fonsequero Carlos Huertas, Tierra de Cantores, interpretado por él y su hermano: “El recuerdo de Luis Pitre / Enmarcado en lontananza / Crecerá con la esperanza / de un pueblo que lucha y vive”.

Algún día “La Provincia” recuperará la tarima Francisco el Hombre y el Parque de la Leyenda Vallenata, y el Festival será completamente gratuito. Para eso lucha y vive.

 

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