Urabá, resistencias y laboratorio de paz

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Fachada de una casa en San José de Apartadó. Foto Óscar Sotelo.

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos 

Al llegar a las tierras del Urabá colombiano la percepción cambia y el mapa de la historia se convierte en relato. Es probable que no solo se esté entrando en uno de los territorios con mayor riqueza económica y social del país, sino también en uno de los lugares donde la violencia y la intolerancia del establecimiento se alinearon para impedir los cambios sociales y el progreso de la gente.

En el horizonte de cada palabra, anécdota, recuerdo, está la experiencia del Partido Comunista, que para el caso del Urabá puede significar, contradictoriamente, uno de sus mayores aciertos políticos y de masas, y una pieza de la tragedia termidoriana que significó con su exterminio y expulsión del territorio en manos del proyecto hegemónico de la elite regional: el proyecto paramilitar y mafioso.

Se respira entonces un clima volátil. Al cariño y amabilidad de la gente, se contrasta el silencio producto del miedo. Se observan fácilmente las injusticias y las desigualdades, las miserias de las minorías y las riquezas de las mayorías. Sin embargo, se perciben en el territorio las luchas y peleas que lo caracterizan, las rebeldías y herejías que alimentaron y alimentan el movimiento de los de abajo. Urabá, esquina de América, territorio de resistencias, laboratorio de paz y esperanza.

Don Juvenal

“¡Eh, ave maría!, es que el Partido en esta región era fuerte; con decirle que acá se vendían entre 10 y 15 mil periódicos VOZ, en los barrios, en las fincas bananeras, en las plazas”, son las palabras de don Juvenal Valderrama, veterano militante comunista del Urabá hoy residente en Medellín. Está en la “esquina de América” por orientación, pues Aída Avella, candidata al Senado apoyada por el Partido, tendría una fugaz visita por Chigorodó y San José de Apartadó de dos días, y nada como el acompañamiento político de alguien que conociera con los ojos cerrados la región.

“Mire hermano, el Partido en el Urabá fue verraco, muy combativo. Teníamos una excelente generación de dirigentes. Si esta región hablara, diría que acá los comunistas hicimos huelgas, organizamos a los trabajadores, fabricamos barrios, nos enfrentamos con todo a los terratenientes de la región, por eso nos dieron tan duro, por eso se ensañaron en desaparecer el Partido Comunista en el Urabá” remata don Juvenal, mientras vamos entrando en caravana a uno de los barrios populares de Chigorodó.

Bandera de la Unión Patriótica en San José de Apartadó. Foto Óscar Sotelo.

Y tiene razón. Producto de la violencia y las migraciones de colonos campesinos, el Urabá se convirtió finalizando los 50 en territorio del siglo XX. Con la llegada del cultivo industrial de banano, primero con la United Fruit Company y luego con los terratenientes criollos, cuyo capital era mayoritariamente de antioqueños, el Urabá se fue transformando. El Partido, que venía de la dura experiencia de la clandestinidad y la resistencia de masas, encontró en este territorio un lugar propicio para agitar las reivindicaciones de las gentes y expandir las ideas revolucionarias.

Se concentró en dinamizar las luchas de los trabajadores del banano dignificando las relaciones obrero-patronales a partir del instrumento sindical, Sintrabanano; se dedicó a satisfacer desde la organización popular y comunal las necesidades básicas de la gente, construyendo barrios y formando cooperativas, siendo Provivienda un protagonista; y proyectó trabajo político abierto y democrático, pasando de la oposición reivindicativa y beligerante con la Unión Nacional de Oposición y el Frente Democrático, a ser gobierno en gran parte de la región gracias al exitoso proyecto de la Unión Patriótica.

Claro, don Juvenal resalta algo que abrió la posibilidad, y es la generación dorada que se afincó en el proyecto revolucionario e hizo tangible la experiencia. Nombres como el de Israel Quintero, Diana Cardona, Bernardo Jaramillo Ossa y Nelson Campos, solo para nombrar algunos, permanecen en el inconsciente colectivo de la gente y en las memorias de las resistencias que se tejieron en el territorio.

Parque central del corregimiento de San José de Apartadó. Foto Óscar Sotelo.

San José de Apartadó

La correría de Aída contemplaba una visita al corregimiento de San José de Apartadó. En una carretera estrecha y destapada, rodeada por tres cordilleras en dirección hacia la Serranía de Abibe, se encuentra un corregimiento humilde, sencillo y promisorio, uno de los lugares más golpeados por el conflicto; un lugar donde la guerra dejó sus rastros y la paz promete dejar nuevas huellas.

La magia de San José se encuentra en su historia. Es quizás el caso más representativo y exitoso del trabajo del Partido en la región de Urabá. Tierra fértil para los cultivos de café, cacao, yuca, plátano, arracacha, cebolla, fríjol, maíz, zapote y lulo, hacen de San José una economía de pancoger abundante, lo cual sedujo a colonos campesinos que migraban en el Urabá en busca de tierras y oportunidades. En el año 1970 llegan Bartolomé Cataño, don Ramón Herrera, Dioselinda Giraldo y Elizabet Torres, y en un plancito van organizando con esfuerzo propio el corregimiento.

La experiencia organizativa llevó a los dirigentes sociales a crear la cooperativa de campesinos cultivadores de cacao Balsamar, y así articular la economía del corregimiento con el casco urbano de Apartadó. La base social era liberal pero terminó trabajando con las orientaciones del Partido Comunista, entre otras cosas por la influencia que dirigentes como Bernardo Jaramillo Ossa tuvo en Bartolomé Cataño y el trabajo político que de manera entusiasta se impulsaba para el corregimiento.

Balsamar, San José de Apartadó y sus principales dirigentes rápidamente entraron en el radar de los enemigos de la paz que ya venían impulsando el proyecto paramilitar, y optaron por el asesinato selectivo, las masacres y la tragedia de la guerra para la región. Bartolomé Cataño y Samuel Arias, dirigentes comunistas y directivos de Balsamar, fueron asesinados ignominiosamente desarticulando de manera violenta el trabajo cooperativo del corregimiento, sembrando miedo y desesperanza en el territorio.

Jesús Cataño

En el parque central de San José se puede ver el trabajo que la comunidad, junto con el colectivo Brecha, hicieron con los muros. La palabra memoria está acompañada de murales donde se encuentran “don Bartolo” y Samuel Arias. “A mi abuelo lo asesinaron los enemigos de la paz, no porque fuera una persona mala sino por todo lo contrario, por hacer un trabajo bueno en favor de la comunidad y por los derechos del pueblo”, comenta Jesús Cataño, nieto de Bartolomé Cataño y uno de los dirigentes jóvenes que se han propuesto reconstruir la Unión Patriótica en el territorio.

Jesús Cataño junto al mural de Bartolomé Cataño en San José de Apartadó. Foto Óscar Sotelo.

Sentado en una banca del parque, recuerda con amargura cómo después del asesinato de su abuelo, entraron los paramilitares con el ejército para ocupar el territorio e ir expulsando a la comunidad. Sin embargo, es consciente del momento y comienza a narrar los problemas actuales del corregimiento: “Acá los problemas más importantes son la educación, la salud, vivienda digna y carreteras para sacar lo que producimos. Con la salida de las FARC del territorio y su tránsito a la vida civil, vuelve el paramilitarismo con las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, AGC, reclutando a la juventud. San José no necesita militares, necesita oportunidades”. Jesús comenta que la mayoría de obras que existen fueron gracias a la época cuando gobernaba la Unión Patriótica en Apartadó, y que eso nadie lo olvida.

Se interrumpe el diálogo, Aída lo necesita en la mesa donde se está haciendo el evento en el que Jesús es oferente y orador.

Acaba la jornada, prometemos volver, no para cubrir un evento proselitista sino para aportar en el laboratorio vigente del Partido Comunista en Urabá: dinamizar las resistencias y construir la paz con y desde la gente.

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