Una revolución popular en desarrollo

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Fundada en 1949, producto de una gigantesca revolución social, fue concebida como una república ‘popular’, basada en el concepto de ‘nueva democracia’, como alternativa a la ‘democracia liberal’, creada para fortalecer a la burguesía de ese país

Alberto Acevedo

El primero de octubre, la República Popular China cumple 70 años de su fundación. Es un hecho tan trascendental, que no se podría darle una mirada a la historia contemporánea de la humanidad, sin tomar en cuenta los acontecimientos chinos del último siglo, sin pecar de parcialidad, de ofrecer una visión incompleta del mundo.

Fundada en 1949, producto de una gigantesca revolución social, fue concebida como una república ‘popular’, basada en el concepto de ‘nueva democracia’, como alternativa a la ‘democracia liberal’, creada para fortalecer a la burguesía de ese país.

Esa nueva democracia fue concebida, por tanto, para fortalecer y consolidar los intereses de obreros y campesinos. Internamente, en los primeros años del proceso, se produjo una “revolución maoísta”, que algunos denominan la segunda revolución, y que influyó en la historia del siglo XX.

Bases de la modernización

El actual líder chino, Xi Jinping, sugiere una temporalidad histórica para abordar el estudio de este proceso: Los 30 años de influencia de Mao Tse Tung; los 30 años de Deng Xiaoping, que algunos consideran el verdadero período de modernización del país; y los 30 años que comienzan a proyectarse bajo el liderazgo del actual gobernante. Es decir, Xi Jinping llegó para quedarse, y él no se pone con modestias para referirse a su papel dirigente.

En su momento, Mao planteó la necesidad de una “acumulación primitiva de capital” en su país, y cimentó las reformas económicas que más tarde comenzó Deng Xiaoping y el salto que hoy ha dado ese país. En aplicación de la teoría marxista, Mao se dio cuenta que no podía edificar un proceso revolucionario basado en un proletariado que aún no existía, y habló entonces de las “características chinas” del nuevo proceso de cambios.

Mao matizó entonces los principios científicos del marxismo a la realidad local, asunto que algunos consideran un aporte de la experiencia china a las revoluciones populares del siglo XX. Esa es una de las claves del éxito de la ‘vía propia’, que explica la actual gestión económica y su desarrollo. Por cierto, en los años de la posguerra, en medio de una euforia anticomunista, pensando en contener la influencia de la Unión Soviética, las potencias occidentales no valoraron en su real dimensión de esos procesos nacionales en muchas regiones del planeta.

Si le damos crédito a la periodización que propone Xi Jinping, y sumamos esas etapas, el saldo es verdaderamente sorprendente. China es hoy la primera nación comercial del mundo. Es el mayor consumidor de energía del planeta. Tiene la mayor Marina Mercante del globo. Es el primer productor de acero, carbón, cemento y fertilizantes. En sus aguas costeras tiene instalados 4.000 astilleros, que la ponen a la cabeza de la construcción naval en el mundo.

Es vocal permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y es miembro fundador de la Cumbre Asiática Occidental, que incluye también a India, Australia, Nueva Zelanda, y a la Asean. Es miembro observador de la OEA y del Mercosur.

Hasta la demografía china tiende a convertirse en arma política, en tanto invade el mundo con la presencia física de sus connacionales. Son comunes y muy populares los barrios chinos en las principales capitales de los cinco continentes. Los restaurantes de comida china, las tiendas artesanales, la telefonía celular. Sin ir muy lejos, miremos las tiendas en chinas en San Victorino, los sanandresitos y en los principales centros comerciales en Bogotá.

Este salto enorme se ha producido en las dos últimas décadas. El extraordinario poder financiero de China la acredita como el gran prestamista mundial. Es de hecho el principal acreedor de Estados Unidos, al poseer la mayor tajada en Bonos del Tesoro norteamericanos. Precisemos: el 45 por ciento de la deuda soberana norteamericana está en manos de inversores extranjeros, y de éstos, China tiene el 18.17 por ciento, que equivalen a 1.189 billones de dólares. ¡Casi nada! Suficientes para sacudir la economía norteamericana cuando lo desee. Una posibilidad puesta sobre la mesa en medio de la guerra comercial desatada por Washington.

Nuevo contexto histórico

Una paradoja es que China recibe 50 mil millones de dólares al año por concepto de intereses de la deuda norteamericana, una buena parte de los cuales invierte en obras de desarrollo en África. Así, los Estados Unidos, indirectamente, financian la expansión china en el continente africano. China, además, contribuye al desarrollo nacional de estos, países, incrementa su influencia y de paso erradica vestigios de colonialismo en esa región.

Analistas consideran que el objetivo de China durante la era Xi Jinping es culminar el sueño de la modernización, que ya se planteaba desde el siglo XIX. China, al comienzo de su revolución, era un país atrasado y pobre. En 1978 se había colocado ya como la 32 potencia del mundo. Desde 2016 es considerada la segunda potencia y, según el Fondo Monetario Internacional, FMI, en términos de paridad y poder de compra, es ya la primera potencia.

Protagonista de primer orden de estas vigorosas transformaciones ha sido el Partido Comunista de China, que es la única fuerza que representa al pueblo y defiende la unidad nacional y territorial. El Partido Comunista en la nación asiática no es parte del sistema político, es el sistema político. Después del maoísmo, es la gestión eficaz de la economía lo que aporta legitimidad al sistema. Eso hace que los comunistas se mantengan en el poder. Pero reconocen que se encuentran en un nuevo contexto, diferente a las circunstancias que dieron origen a una revolución popular en un país agrícola.

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