Luz Adriana Tovar: Una herencia sobre pedales

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Luz Adriana Tovar compite en la Winston-Salem Cycling Classic de Estados Unidos, representando a Colombia en 2019. Foto cortesía

Luz Adriana Tovar, ciclista cundinamarquesa, es otro ejemplo de excelentes atletas producto de su entereza, dedicación y el apoyo de sus familias, y no por la inversión pública en deporte

Juan Carlos Hurtado Fonseca
@Aurelianolatino

Hace algunos años en una carrera de ciclismo femenino en Anapoima, Cundinamarca, las participantes corrieron la primera etapa, disputaron con mucho esfuerzo las metas volantes y la llegada. Pero al culminar, los organizadores les informaron que no había premiación ni podio.

Al siguiente día, los jueces dieron la salida para el circuito final, aunque ninguna de las ciclistas arrancó. Les reclamaron y ellas respondieron que no competirían por la manera como eran tratadas. Fue una pequeña huelga en la que al final dieron las vueltas del recorrido, aunque sin disputa. Al siguiente año, y gracias a la protesta, la competencia estuvo muy bien organizada.

En el lote estaba Luz Adriana Tovar, quien ya era una pedalista experimentada, y recuerda ese día como un episodio más que evidencia la manera despectiva como es tratado el ciclismo femenino en Colombia.

Inicios y palmarés

A la edad de 10 años, Luz Adriana ya salía con su padre, quien había sido ciclista, a pedalear por rutas cercanas a su hogar en Padua, corregimiento de Herveo, Tolima. Pero el ingreso al colegio la hizo alejarse de su bicicleta roja, marca Duarte, como la recuerda.

Luego, viviendo en Mariquita, en el mismo departamento, conoció a un exciclista profesional con quien salía a entrenar con mayor frecuencia. Quiso competir, se acercó a la Liga de Ciclismo del Tolima y allá le dijeron que las mujeres no servían para montar en bicicleta, que las competencias eran solo para hombres.

A sus 18 años, empezó a correr en la Liga de Cundinamarca y supo que en departamentos como Boyacá, Antioquia y Valle sí había algún apoyo para las corredoras, hacían constantemente competencias femeninas bien organizadas.

En Cundinamarca había varias jóvenes que entrenaban y competían. En 2001, junto con otras corredoras empezó a vivir en la casa de la Liga de Ciclismo, bajo el mando de un entrenador. Sus días pasaban entre salir a entrenar, descansar y cada 15 días competir. “No hacía nada más, no había salario, mis padres me apoyaban para que lo hiciera. Eran más las ganas mías de hacerlo. Uno se levantaba temprano, salíamos a rodar por la calle 80, salíamos de Bogotá, trabajábamos ruta, y pista en el velódromo Luis Carlos Galán”, recuerda Luz Adriana.

Dice que antes era más fácil competir porque hasta las administraciones de las ciudades lo facilitaban: “En ese entonces se corrían muchos más circuitos en Bogotá, era más fácil el tema logístico y organizativo, ahora es más complicado porque no prestan las vías, no dejan cerrar las calles. Antes cada dos semanas en los barrios de Bogotá había carreras”.

Años después, Luz Adriana regresó a competir durante tres años por el departamento que inicialmente la había rechazado, el Tolima.

Cuenta con un amplio palmarés, pero ella destaca haber sido subcampeona de la Vuelta Femenina a Costa Rica en 2008; campeona de la Vuelta Femenina a Guatemala el mismo año; múltiple medallista nacional de contrarreloj individual los años 2010, 2012, 2013, 2016 y 2017; campeona nacional de persecución por equipos en 2011; medallista panamericana persecución de la misma prueba de pista el mismo año y campeona nacional de ruta en 2016.

Luz Adriana Tovar como ganadora de la Vuelta al Tolima en 2019. Foto Internet

Decepciones y falta de apoyo

Pero todos los triunfos están precedidos de esfuerzos y decepciones. Acerca de sus tristezas, dice que en varias oportunidades se sintió como se ha visto y ha expresado por estos días el ciclista Thibaut Pinot en el Tour de Francia, en el que se le nota dolor, vergüenza y se ve desfigurado.

De esta manera, recuerda que la cantidad de fracasos es muchísima mayor que la de triunfos: “Si uno cuenta cuántas carreras ganó en su vida, se da cuenta que gana como el uno por ciento. Cuando entrena a diario y trabaja para ganar es muy difícil afrontar los fracasos, a veces falla una porque su condición física no le dio y otras por fallas mecánicas o situaciones externas que no puedes controlar, es muy doloroso. Pero cuando se gana, todo lo negativo se borra y al final todos nos quedamos con el dulce de la victoria”.

En sus años como profesional debió ser pedalista y madre a la vez, lo que era muy complejo por la cantidad y el nivel de las responsabilidades. Su esposo, entrenador de ciclismo, trabajaba en las mañanas y en las tardes asumía la responsabilidad de su hijo para que Adriana saliera a entrenar. “Después, tuve que meter a mi hijo al jardín, muy pequeñito, para poder ir a entrenar, luego llegaba a casa, almorzaba e iba a recogerlo”, rememora.

Y al recordar estos pasajes de su vida, no deja de reconocer lo fundamental que para ella ha sido su esposo, quien no solo es su gran amor, sino que fue su entrenador, mecánico, masajista, técnico, consejero, es decir, un pilar de sus triunfos deportivos y en la vida.

A propósito de su experiencia, Luz sabe que hay muchas mujeres en igual situación, quienes no cuentan con ayuda y deben abandonar el deporte de manera competitiva.

Heredar lo heredado

Para ella, también causa indignación ver cómo muchas veces son excluyentes con las competencias femeninas. “Organizadores que hacen la carrera femenina porque les toca y no porque realmente la quieran hacer; diseñan recorridos malos, con mala premiación y regular logística en comparación con las de los hombres”, asegura.

Estas críticas no nacen solamente de su conocimiento de las competencias nacionales, también porque ha corrido en varios continentes, lo que le ha dado la posibilidad de comparar la inversión y los niveles organizativos. En las ocasiones que estuvo en la Vuelta a San Luis en Argentina se asombró: “Por ejemplo, lo que ganaba el campeón de los hombres era lo mismo que ganaba la primera de las mujeres. En Estados Unidos las carreras son todo un show, hacen presentación de la gente, de los equipos. Aunque hay que reconocer que eso ha mejorado en las carreras femeninas grandes de Colombia”.

Y entre las tantas cosas que le faltan a este deporte en el país, expresa que muchas jóvenes pueden competir solamente mientras están en el colegio, pero si están en una universidad no tienen apoyo, no hay permisos para entrenar o viajar a competir. “En países como Estados Unidos les dan becas, facilidades para que compitan y representen a la universidad. Aquí no, aquí se estudia o se compite, no hay apoyo para hacer las dos cosas”, señala con tristeza.

En 2019 y después de casi 20 años de pedalear en carreras, participó en varias competencias y dio paso a su retiro saliendo por la puerta grande, esa que se abre para pocas, para las mejores. “El año pasado que corrí la Vuelta al Tolima fue chévere porque gané a ese nivel, de buenas corredoras y más que ganar me gustó mucho el afecto que sentí”. Afecto y reconocimiento de las otras corredoras que la veían como una gran contrincante, pero también como un gran referente.

Ahora, los días de Luz Adriana transcurren en el quehacer que le exige su naciente empresa de café, sus entrenamientos diarios y su hijo que ya se perfila como pedalista profesional, proyecto en el que participa activamente como guía y consejera. Además de sufrir como toda mamá, es feliz porque sabe que tiene alguien a quien heredarle tanto conocimiento, experiencia y sabiduría, y que su hijo forja su propio camino apoyado en su familia.

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