Un “Nobel de paz” guerrerista

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Tomando como pretexto la lucha contra el recientemente creado Estado Islámico, el presidente norteamericano anuncia una ofensiva militar a gran escala en Siria e Irak. Un mensaje contradictorio a los gobiernos de la región, a quienes había dicho que no iniciaría una nueva guerra durante su mandato

Alberto Acevedo

En vísperas de la conmemoración de un nuevo aniversario del ataque contra las Torres Gemelas de Nueva York, en un discurso transmitido a la nación, el pasado 10 de septiembre, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, sorprendió al mundo anunciando su disposición de emprender una guerra a gran escala contra las posiciones del denominado Estado Islámico (EI) en territorios de Siria e Irak.

Con el anuncio, Obama envió un contradictorio mensaje a los gobernantes del Oriente Medio, a quienes había anunciado desde su primera campaña electoral que bajo su mandato no emprendería una nueva aventura militar ofensiva en esa compleja región del planeta.

Al anunciar la operación, que representa nada menos que incendiar la región en una guerra absurda, como la emprendida años atrás por su antecesor George W. Bush, que terminó en una cadena de errores militares y políticos y en el aislamiento y desprestigio internacional de los Estados Unidos, la que anuncia Obama implica al menos una visión falaz y distorsionada de la realidad del mundo islámico al desconocer las fuerzas políticas que allí actúan y querer imponer una medida de fuerza, una solución militar, que no va a sacar a Estados Unidos del atolladero en muchos años.

En este caso, el apetito bélico de la mayor potencia del mundo implica que no solo se desconoce la voluntad del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, al que no se consulta, sino que excluye la voluntad de muchos sectores de opinión de los propios Estados Unidos, hastiados de conflictos, y propone a los 28 países integrantes de la OTAN que lo acompañen en su aventura, a la que además invita a gobiernos aliados del Oriente Medio.

El cálculo del mandatario norteamericano olvida que ha sido el inicio de operaciones militares en Siria e Irak el que alimentó poderosos sentimientos antinorteamericanos y antioccidentales que terminaron siendo caldo de cultivo para el nacimiento de organizaciones extremistas. Muchas de ellas, por cierto, alentadas, entrenadas, armadas y financiadas por la CIA norteamericana para que sirvieran de puntal para el derrocamiento de gobiernos incómodos a los intereses norteamericanos. Y que después se volvieron contra la teta que los amamantaba.

Nuevo enemigo

Ese fue el caso de Al Qaeda, armada por la inteligencia norteamericana para que combatiera contra la Unión Soviética en Afganistán; el de Osama Bin Laden, antiguo informante de la CIA, y el caso ahora del EI, acunado con la anuencia gringa para que luchara contra el gobierno de Bashar al Asad en Siria.

El derrocamiento de Sadam Husein derivó en el fraccionamiento y la anarquía de Irak, y fue terreno abonado para el relanzamiento de Al Qaeda. Las aventuras militares terrestres, marítimas y aéreas de Estados Unidos en el Medio Oriente, Asia Menor y el Golfo Pérsico, no han hecho sino cosechar odios contra Estados Unidos.

Obama, al anunciar la escalada militar contra posiciones del EI en Siria e Irak, dijo que a pesar del debilitamiento de Al Qaeda y de la muerte de Bin Laden, el radicalismo islámico se ha convertido de nuevo en amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos. Es el viejo pretexto de un “enemigo” al que hay que combatir para justificar guerras de agresión, que han resultado funcionales a la solución de las crisis del modelo capitalista y convenientes a los intereses del complejo militar industrial norteamericano y occidental.

La propuesta de Obama no convence a muchos sectores de opinión norteamericanos y otros francamente rechazan la idea de que Estados Unidos se involucre en una nueva guerra de agresión. “Quedan muchas preguntas relativas a la manera en que (Obama) pretende actuar”, dijo el presidente de la cámara baja, el republicano John Boehner.

Balcanizar la región

Varios países de la OTAN no se muestran tampoco entusiasmados con la idea de una nueva aventura militar, que va a ser de largo aliento y choca con la idea de salir de procesos de crisis financiera, sobre todo en Europa. El gobierno sirio por su parte dice que rechazará cualquier intento de intervención en su país. El canciller sirio, Walid al Moallem, dijo que “cualquier acción no aprobada por el gobierno de Siria será vista como un acto de agresión”.

Sectores conservadores norteamericanos aseguran que la estrategia de Obama no tiene ninguna posibilidad de éxito pues al emplear solo ataques aéreos, sin una fuerza militar poderosa en tierra, no tiene posibilidades de éxito contra una insurgencia consolidada como el EI. En efecto, el EI ha desplazado en protagonismo a Al Qaeda, y en la India, el país más poblado de la región, ha anunciado la creación de un grupo que actúa como franquicia suya: Qaedat al Yihad.

En estas condiciones, el plan de Estados Unidos es balcanizar Siria e Irak, partir los estados en comunidades, valga decir, sunitas, chiítas, salafistas radicales, para controlarlos más fácilmente, como lo hizo en el Kurdistán, y allanar el camino para apoderarse de sus ricas fuentes de recursos naturales y energéticos. Independientemente del carácter extremista de los pregoneros del nuevo califato, en los pueblos del Medio Oriente permanecen latentes sentimientos de justicia, de independencia y de soberanía, que seguramente se pondrán en movimiento para detener la mano del agresor. Y esta cruzada de justicia va a recabar de la solidaridad internacional de los pueblos y los sectores antiimperialistas del mundo.