Trump, cómplice del racismo

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Aspecto de las demonstraciones de fuerza de los grupos neofascistas de Virginia.

La demora del mandatario norteamericano en condenar los ataques racistas de grupos fundamentalistas blancos y la tardía condena a los hechos, en que equipara a atacantes y atacados, provocó malestar entre los ciudadanos

Alberto Acevedo

El discurso racista del presidente Donald Trump, tanto en su campaña electoral, como lo afirmado en lo que va de su gobierno, estimula hechos bochornosos, como los sucedidos el pasado 12 de agosto en la pequeña ciudad de Charlottesville, en Virginia, donde grupos racistas y de supremacía blanca hicieron alarde de su poder, provocaron la reacción de activistas defensores de derechos humanos, y choques que dejaron dos muertos y varias decenas de heridos. A esta conclusión han llegado activistas de derechos humanos al analizar los hechos.

Bajo la consigna “unir a la derecha”, reconocidos miembros del Ku Klux Klan, supremacistas blancos y sectores de clara tendencia nazi, convocaron a una demostración de fuerza en Charlottesville, que provocó la inmediata reacción de la ciudadanía y de activistas demócratas, que terminaron chocando, con  saldo de heridos y muertos.

En la noche anterior a los enfrentamientos, estos grupos habían marchado con antorchas, capuchas y coreando consignas nazis. Entre ellas el himno ‘sangre y tierra’, lema del ministerio de Agricultura del Tercer Reich, que exaltaba los valores del campesino alemán contra el “prestamista judío”. En esa tónica, los manifestantes de Virginia gritaban, “los judíos no nos reemplazarán”, y “un pueblo, una nación, terminemos con la inmigración”.

Encuentro de odio

Tan grotesco resultó el espectáculo, que el Southem Poverty Law Center, un organismo que investiga a los grupos que fomentan la violencia racial, dijo que se trató del “mayor encuentro de odio de su clase en décadas, en Estados Unidos”. En dos choques con activistas de derechos humanos, alrededor del campus de la Universidad de Virginia, se produjeron 19 heridos y dos muertos. El primero de los cuales fue una mujer, arrollada por una camioneta, conducida por un fanático nazi, que más tarde fue arrestado por la policía.

El gobernador de Virginia, Terry McAuliffe, reaccionó de inmediato, condenó “todo lo que represente odio” racial, y decretó el estado de emergencia en la ciudad. En cambio el presidente Donald Trump, se demoró dos días en reaccionar, y en su primera declaración evitó condenar a los grupos racistas, no mencionó al Ku Klux Klan y se limitó a rechazar la ‘violencia’, equiparando a los grupos fundamentalistas con los demás activistas que manifestaron estar hartos de racismo, de odio y de expresiones de discriminación y exclusión.

Por eso muchos medios de prensa, organismos de derechos humanos, centros de investigación social y ciudadanos en general, coincidieron en señalar que la condena tardía de Trump, estimula la actividad de estos grupos supremacistas. Máxime si se tiene en cuenta que en su discurso de campaña, y ahora, el mandatario ha incitado al rechazo a los inmigrantes y a las minorías raciales.

Símbolo racista

Uno de los pretextos para el desafío de los grupos pro nazis, fue el rechazo a la intención de numerosos ciudadanos de derribar una estatua del general Robert E. Lee, de casi cien años de antigüedad, símbolo de los llamados soldados confederados, que se había convertido en símbolo del odio racial.

Lo cierto es que el incidente del sábado 12 de agosto pone sobre el tapete de nuevo el tema de la discriminación racial en la mayor, potencia del mundo. Muestra que esos grupos se sienten alentados por las expresiones políticas del primer mandatario de la nación. Y que el racismo no es solamente hablar de Hitler, de Mussolini o de Pinochet. Es el odio latente contra los negros, los pobres, los explotados, los sindicalistas. Es la desigualdad en el capitalismo.

En el caso de los Estados Unidos, se expresa no solo en el odio a los negros, sino a los mexicanos, puertorriqueños, centroamericanos. En el pasado reciente, muchos ciudadanos de este origen fueron asesinados por policías gringos de marcadas simpatías racistas, y todo en su conjunto, en escenarios de un país que se considera a sí mismo superior a los demás, y meca de la democracia occidental.

América grande

Varios observadores han hecho notar que los uniformes de los grupos racistas norteamericanos, los cascos y los escudos utilizados en Charlottesville, son los mismos empleados por las brigadas neofascistas de Ucrania, durante la llamada ‘revolución rosa’, estimulada por Estados Unidos y la OTAN, y los mismos que utilizan los protagonistas de las guarimbas en Caracas, tan generosamente financiados por la Usaid y el Departamento de Estado de los Estados Unidos.

En el caso de Virginia, los sectores fascistas portaban armas de grueso calibre y carteles con elogios a Trump y repetían la consigna de ‘hacer grande a América”, vale decir, la América blanca, protestante, anglosajona, y no la América de las mejores tradiciones democráticas de la independencia de ese país.

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