Tras las huellas de Rock al Parque

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Foto Catalejo Films.

Federico García – Óscar Sotelo
@garcianaranjo – @oscarsopos 

Sin duda, Rock al Parque no es un concierto, no es un evento más; es un acontecimiento sociocultural que genera rupturas, construye historias. Cada año se dan cita en el Parque Simón Bolívar de Bogotá, miles de personas que vienen de diferentes lugares del país para disfrutar el festival gratuito de rock más importante de Latinoamérica.

Público y de la ciudadanía, Rockal se convierte en un patrimonio cultural de la ciudad como del país entero. En su pluralidad, se configura la expresión libre de la gente, en su mayoría jóvenes, que concurren por tres días en un intercambio excepcional de cotidianidades que giran alrededor de la música. El punto común no es otro sino el intempestivo ejercicio de exorcizar el espectro del rock, sentenciado hoy a muerte por el totalitarismo del mercado con su tiránica y atractiva industria.

Herramienta eficaz

Han pasado 24 años de aquella propuesta que un grupo reducido de jóvenes rockeros formulara como una necesidad de un sector marginado de la ciudad. Del primer Festival, precario pero mágico que tuvo a los Aterciopelados, las 1280 almas y La Derecha como sus principales protagonistas, se tiene hoy un festival sólido que convoca por tres días multitudes, que promociona la emergencia y consolidación de agrupaciones locales, estimulando decididamente las prácticas culturales de la ciudad.

Sin embargo, Rock al Parque desborda el universo de la música. “El rock libera en los años noventa, eso que apenas ahora en el siglo XXI estamos empezando a recoger públicamente como resistencia. La política se comienza a manifestar como una oportunidad, que en los años setenta y ochenta era imposible de lograr”, comenta Bertha Quintero, antropóloga y una de las piezas claves en el diseño institucional de lo que fueron las primeras ediciones de Rockal.

De igual forma, resalta Bertha, la importancia transgresora del festival se ha traducido en la consolidación de una política pública que se convierte “en una herramienta eficaz para fomentar la práctica desde el espacio público de las distintas, diversificadas y genuinas expresiones artísticas de una ciudad del tamaño y la importancia de Bogotá”.

El impacto es cualitativo pues el festival produce en las generaciones jóvenes una posibilidad de educarse en la diferencia, siendo la expresión más notable la tarea de construir ciudadanías libres y empoderadas. Bertha reconoce con orgullo que el trabajo acumulado de distintos equipos y personas que han sido participes de Rock al Parque, se ve hoy reflejado en una política acertada que le aporta a la ciudad tres días de una fiesta anómala pero seductora, extraña pero masiva, la fiesta rockera bogotana con miles y miles de jóvenes como protagonistas.

Un festival no-comercial

Una de las características que tiene Rock al Parque, es que no es un festival de corte comercial. De hecho su carácter público y gratuito desafía a los pastores del libre mercado que satanizan a diario lo público sugiriendo extrañas fórmulas de privatización, donde Rock al Parque no ha estado exento a estas pretensiones en su larga trayectoria.

La música y los distintos carteles con sus programaciones, se convierten en un lugar polémico. La cultura rock bogotana, en sus distintas expresiones, es exigente, es crítica, y en muchas de los casos, es conservadora desde un sentido musical.

“Sin romper el balance de las bandas que son populares en los públicos, decimos que Rock al Parque nunca ha sido un Festival de moda, de trending; es un festival que estimula unos géneros musicales que siempre lo han acompañado y que le apuesta a traer bandas significativas de esos géneros”, responde Chucky García, curador y programador desde el 2014 del festival.

Con sus limitados recursos, año tras año se busca cumplir tres objetivos. El primero de ellos es mantener la línea musical que lo ha identificado como un festival esencialmente de música rock pero abierto a la diversidad. Lo segundo, es que a partir de las distintas convocatorias de públicos, se promocionen bandas locales en los distintos momentos que tiene el festival. Y lo tercero, es garantizar desde la programación una armonía entre las bandas distritales, nacionales e internacionales, garantizando escenarios llenos.

“Rock al parque es un festival que permite el contraste en música como en públicos, que permite la inclusión de cosas diferentes, lo cual lleva a definir su valor y su diferencial”, comenta García cuando hace hincapié del carácter que llama a la diversidad y que ha permitido que géneros y sub-géneros que no son propiamente rock en sentido estricto, tengan un espacio en el festival. Genera críticas, produce resistencias, pero en definitiva permite la diferencia, que es en últimas de lo que se trata, tolerarla e interiorizarla en beneficio de la cultura.

Ese muerto está muy vivo

“El Rock ha muerto”, gritan exasperados aquellos que quieren verlo muerto. El indicador es el mercado y sus dispositivos son variados, puede ser Youtube, Spotify o las aún hegemónicas radios locales orientadas por los intereses de los propietarios de medios de comunicación. Las visualizaciones se convierten en el catalizador que selecciona quien triunfa, sobrevive o padece la industria.

Se configura un libreto que tiene como principal tribuna la prensa visual o escrita. La sentencia a muerte de un género de “nostálgicos” y “anacrónicos” se evidencia cuando incluso los artistas que dieron vida al rock giran al mainstream y se acomodan al mercado.

Acto seguido, irrumpen más de 300 mil jóvenes y Bogotá se convierte en una masivo aquelarre. Conjuran la rebeldía y levantan al moribundo, el Rock, demostrando que no ha muerto ni morirá, que seguirá seduciendo multitudes con el estrepitoso sonido de sus poderosas guitarras.

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