Telenovela barata

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El mercenario estadounidense Jordan Goudreau (centro) responsable logístico del ataque fallido contra Venezuela.

El atropellado manejo que los medios de información le han dado a la noticia del fracasado intento de invasión desde Colombia, evidencia que la versión que se quiere imponer no encaja con el relato construido. Explicaciones erráticas y contradicciones evidentes crean una grotesca narrativa en la que ya nadie cree

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

En las telenovelas mexicanas de los años ochenta, como las recordadas “Los ricos también lloran” o “La Fiera”, siempre se repetía el mismo recurso de construir los conflictos entre los personajes a partir de mentiras que se decían durante la trama. En el primer capítulo, un personaje se veía obligado a decir una pequeña mentira, una mentira piadosa, tal vez para ocultar alguna pilatuna o para disimular alguna debilidad. En el segundo capítulo, el mismo personaje tenía que mentir de nuevo para tapar el primer embuste y así sucedía una y otra vez. Eso le daba ritmo al relato y permitía crear nuevas situaciones y desenlaces a partir de los engaños que se urdían o se develaban.

Era emocionante, hay que reconocerlo, cuando algún mentiroso quedaba al descubierto y su plan se desbarataba delante de todos. En esos momentos sonaba de fondo una música de violines dramática y sobrecogedora que erizaba la piel y arrancaba una exclamación. En otras ocasiones, el mentiroso estaba a punto de quedar en evidencia, pero in extremis conseguía salir del apuro con explicaciones retorcidas y contradictorias. Hacía todo lo posible para que los hechos encajaran con su versión de la realidad y a veces -de hecho, muy frecuentemente- lograba convencer a su víctima y salir airoso.

Régimen mentiroso

Es un poco lo que ha intentado el régimen político colombiano desde que se develó el episodio -que aún no termina de destaparse- del intento de incursión armada en suelo venezolano desde Colombia. Como si se tratase de unos mentirosos de telenovela, el Gobierno y los grandes medios de información han tratado por todas las formas de ocultar, tergiversar y desviar la atención sobre los graves sucesos ocurridos en el mar Caribe colombo-venezolano.

Han querido convencer al público de una versión retorcida de los hechos que, si bien en lo inmediato tal vez les permita eludir sus responsabilidades, a largo plazo puede ser contraproducente para los actores del propio régimen porque no encaja en el relato sobre Venezuela que ellos mismos han impuesto.

Cuando se conocieron los hechos y el Gobierno venezolano hizo públicas las primeras bajas, capturas e incautación de material de guerra, el Gobierno colombiano respondió a través de un escueto comunicado de la Cancillería negando cualquier participación o conocimiento. Desde entonces, el Ejecutivo prácticamente ha guardado silencio y han sido los medios quienes han asumido la vocería en la fabricación del relato.

Versiones retorcidas

Todo comenzó dos días antes de la incursión, el 1 de mayo, cuando el periodista Joshua Goodman publicó un artículo en la página web de la agencia de noticias estadounidense Associated Press, AP, donde sostenía que el mercenario Jordan Goudreau tenía el delirante plan de desembarcar en Venezuela, llegar a Caracas, secuestrar al presidente Nicolás Maduro y llevarlo a Estados Unidos. El artículo pasó desapercibido en Colombia, pero su publicación dos días antes del fallido desembarco ya evidenciaba que se quería imponer la versión de que Goudreau era un aventurero idealista para, en caso de fracasar, echarle toda la culpa y desmarcarse de él, como de hecho sucedió.

Unas horas después del primer desembarco que fue repelido por las fuerzas bolivarianas, el propio Goudreau -seguramente consciente de la estrategia de desinformación que se cernía sobre él por el fracaso del operativo- apareció en una entrevista con Patricia Poleo -una reconocida periodista de la oposición venezolana- y reveló el contrato que respaldaba la operación firmado por él y el autoproclamado presidente Juan Guaidó, el estratega J.J. Rendón y otros miembros de su equipo. El contrato, que más tarde se conoció en su totalidad, no solo comprometía a Guaidó sino también indirectamente al Gobierno de Colombia pues allí se establecía que La Guajira sería el lugar de los entrenamientos y el punto de partida de la incursión.

En un primer momento, solo fue posible encontrar información de los fallidos intentos de desembarco en medios del Gobierno venezolano, como VTV y Telesur. En la prensa colombiana y en la internacional el silencio era estremecedor. Eso sí, desde que la avalancha de información en las redes sociales se hizo apabullante y los medios no tuvieron más remedio que hablar del tema, siempre han cuidado el lenguaje y se han referido a los “presuntos” hechos, a las “versiones del régimen” y a la “supuesta” incursión armada. Lo más ridículo es que cuando ya no pueden evitar admitir que hubo un intento de agresión, lo hacen siempre en condicional, “si es que hubo el tal intento”, “hipotéticamente hablando…”.

Una aventura

Es muy problemática esa versión de que todo fue una aventura de un mercenario idealista que planeaba, a espaldas de los gobiernos de Colombia y Estados Unidos, convertirse en el segundo Bolívar. No solo porque no encaja con el relato que se ha impuesto sobre Venezuela sino porque sus implicaciones son muy peligrosas para el Gobierno colombiano. La versión no encaja, al menos, por cuatro razones: Primera, nos han vendido que el presidente Maduro es un estúpido y un incapaz. No obstante, después de siete años su gobierno no solo no se tambalea, sino que luce saludable y ha logrado derrotar todos los intentos por derrocarlo.

Segundo, el régimen venezolano está descomponiéndose, sin embargo, la acción conjunta de pescadores y policías del pueblo costero de Chuao contra los invasores demuestra que existen amplios sectores de la sociedad venezolana que apoyan al Gobierno. Tercero, la clase dominante colombiana ha hecho todo lo posible por derrocar a Maduro como promover el bloqueo económico contra Venezuela, alimentar la matriz mediática antichavista, animar el “cerco diplomático”, ser cómplice en la estrambótica acción de la “ayuda humanitaria” e incluso llamar directamente al ejército a dar un golpe de Estado. Pero ahora que la incursión fracasa, el Gobierno sale a improvisar declaraciones -nunca mejor dicho- con cara de yo no fui.

Posible casus belli

Y cuarto, la pregunta de si el Gobierno de Iván Duque sabía o no (asumiendo que no participó) tiene solo dos respuestas posibles, no se sabe cuál más inquietante. Si sabía, es cómplice de una acción armada ilegal contra un país soberano, lo que está tipificado en el derecho internacional y constituye un casus belli, es decir, un motivo válido para que Venezuela se defienda y lance un ataque militar contra nosotros. Si no sabía, es el presidente más inepto que ha tenido este país porque no es capaz de garantizar que la agencia de inteligencia estatal que le reporta directamente a él -la DNI, que sí estaba al tanto- le informe sobre algo tan delicado.

Por más que a veces lo parezca, nuestro relato de país no es un melodrama. Todos deseamos que un día por fin suenen los violines y se ponga al descubierto el gran engaño. Pero la realidad no es así. Por ahora y mientras se va develando toda la verdad, al menos admitamos que estamos en una trama que más parece una comedia negra o una tragedia shakesperiana donde los personajes que antes se veían terroríficos, ahora lucen grotescos.

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