Tachia, la coronela de Gabo

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María de la Concepción Quintanar, Tachia.

A comienzos de 1956, Gabo tendría un encuentro que fue amor parisino y amistad de toda la vida, el encuentro con la actriz española María de la Concepción ‘Tachia’ Quintanar

Manuel Salamanca Huertas

Cuando Gabriel García Márquez llega a París un día de diciembre de 1955 como corresponsal del diario El Espectador. El futuro nobel de literatura andaba por sus 28 años. Lejos estaba entonces de sospechar los encuentros, las aventuras que la vida parisina iba a depararle.

En los años 50 del siglo 20, las dictaduras proliferaban en Latinoamérica: Rojas Pinilla, Anastasio Somoza, Pérez Jiménez, Fulgencio Batista.

A comienzos de 1956, Gabo tendría un encuentro que fue amor parisino y amistad de toda la vida, el encuentro con la actriz española María de la Concepción Quintanar, más conocida como Tachia.

En la Europa de la posguerra se respiraba un ambiente de guerra fría, se hablaba de la cortina de hierro, del peligro rojo. España vivía la larga noche del franquismo.

De esa España llegaba a París en 1952 Tachia, una joven nacida en 1929 en Éibar, un pueblo del país vasco español. Llegaba con la mente llena de sueños y el recuerdo del primer amor de su vida: el gran poeta comunista Blas de Otero.

En cuanto al origen de su nombre Tachia cuenta: “En España a la Concepción las llaman Conchita. Blas escribió en un papel con-chita invirtió chita, agregó una a, resultó Tachia”.

Como mirando en el retrovisor de su ya larga vida… “Pero con Blas nunca vivimos en la misma casa, nos veíamos, salíamos al campo, paseábamos. Un día me dijo que se iba para Italia, pero era mentira, iba para la Unión Soviética, estuvo también en China. Yo me fui a estudiar al conservatorio de Madrid, allí frecuentaba el Ateneo que era un lugar de encuentros literarios. Recuerdo que en el Ateneo Blas dio una conferencia con Caballero Bonald, otro poeta. Allí lo volví a ver.

“En aquel entonces yo tenía 20 años, él 34. Este hombre hablaba poquísimo, a mí me encanta hablar, pero él no abría la boca. Yo me quedaba horas mirándolo, lo admiraba tanto. Blas era un hombre muy místico, había estudiado con los jesuitas, era muy religioso.  Lo mismo que yo, provenía de una familia católica de esas que van a misa todos los domingos, pero se le cayó la fe. Un día me dijo: ‘el partido te necesita’ pero yo no tenía ni puñetera idea de lo que era el partido. El había entrado en el partido comunista de España en pleno franquismo, el partido estaba superclandestino».

Los ojos de Tachia se iluminan como penetrando en el pasado, declama un poema de Blas de memoria, como sabe hacerlo con esa voz que parece acariciar el aire perfumado de la tarde: “Tachia, los hombres sufren. No tenemos/No tenemos ni un pedazo de paz con que aplacarles/ roto casi el navío y ya sin remos…/ ¿Qué podemos hacer, qué luz alzarles? Larga es la noche Tachia. Oscura y larga/como mis brazos hacia el cielo. Lenta/como la luna desde el mar. Amarga/como el lomo del amor: yo llevo bien la cuenta. Tiempo de soledad es este. Suena/en Europa el tambor de proa a popa. / Ponte la muerte por los hombros. Ven/ Alejémonos de Europa. Pobre mi Tachia. No tenemos/una brizna de luz para los hombres. /Brama el odio, van rotos rumbo y remos…/No quedan de los muertos ni los nombres. Oh, no olvidamos, no podrá el olvido/vencer sus ojos contra el cielo abiertos/ Tienes que amarlos Tachia/ Te lo pido por Dios sino te bastan tantos muertos/Larga es la noche, Tachia/ …Escucha el ruido/del alba abriéndose paso –paso– entre los muertos”.

Evocaciones

Fue un 21 de marzo de 1956 en un recital en el Club de los Cuatro Vientos, cerca de Odeón, un círculo literario de encuentros internacionales que todavía existe, en donde por primera vez Tachia y Gabo se encuentran.

Después vendrían los tiempos compartidos de la rue Cujas, esa calle estrecha, de andenes angostos, en pleno corazón del barrio latino, en ese entonces calle de hoteles baratos, allí vivían los refugiados latinos, allí compartían poetas, escritores, artistas: Nicolás Guillén, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos.

Tachia evoca esos tiempos de privaciones: «Todas las mañanas Gabriel bajaba siete pisos para ver si llegaba un cheque, no teníamos ni un céntimo, ni para pagar un tiquete de metro. A veces me digo ¿Pero he vivido todo eso? ¿Pero acaso no lo he soñado?”

Así iba naciendo en ese París del exilio, en esos días aciagos de largas esperas, la novela “El coronel no tiene quien le escriba”.

“Tachia es un personaje viviente de la literatura -dice Marino Valencia su gran amigo y cómplice- Tachia es la coronela de El Coronel no tiene quien le escriba, ese viejo coronel que iba todos los viernes en busca de la carta que nunca llegaba”.

Su apartamento parisino lleno de recuerdos, atiborrado de libros, de fotos, de pinturas, sigue siendo, lo mismo que ayer, ese lugar de encuentro, de poesía, en donde se cantan vallenatos – “A Gabriel le gustaba cantar, cantaba muy bien. Aquí compartimos varias navidades juntos con Mercedes su esposa, sus hijos, amigos, mi marido Ruzzof, Juan mi hijo”.

Hoy, caminando por el sendero de los 90 años, Tachia sigue ofreciendo recitales con la misma pasión de siempre. De sus labios brotan textos grabados en su mente como “Isabel viendo llover en Macondo” lo mismo que poemas de Miguel Hernández, García Lorca, Nicolás Guillén, Ángela Figuera, Antonio Machado. Sus recitales son como un paseo a través de la poesía con esa voz -como dice el cantautor Paco Ibañez- “Tachia es la voz de los poetas y en la voz de los poetas nuestra propia voz”.

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