Sumándose al lenguaje del poder

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Gabriel Ángel
@GabAngel_FARC

Desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, el inhumano bloqueo contra la República de Cuba se acentuó a grados insoportables. Lo más doloroso de la tragedia que para el pueblo cubano representa el giro de la administración norteamericana con relación a la isla, es quizás el hecho de que precisamente dos años antes de Trump, el demócrata Barack Obama había sorprendido al mundo con un giro completamente inverso.

La Habana y Washington iniciaron a fines de 2014, un proceso encaminado a normalizar las relaciones diplomáticas y comerciales, conscientes de que el bloqueo impuesto desde comienzos de los años 60 era un obstáculo difícil, pero no imposible de superar. En junio de 2017, el nuevo presidente de los Estados Unidos hizo su anuncio público de echar abajo lo alcanzado en ese proceso, decisión que se empeñó en materializar en adelante.

Los Estados Unidos, con el pretexto rebuscado de presionar la democratización del régimen político cubano, cosa que jamás hicieron con las brutales dictaduras que asolaron la mayoría de naciones del continente, no solamente impide a Cuba comerciar con empresas norteamericanas en cualquier sentido, sino que le prohíbe realizar sus transacciones económicas en dólares, o realizarlas con empresas que tengan relaciones comerciales con pares norteamericanas.

Las compañías aéreas norteamericanas o aliadas de algún modo a ellas, no pueden realizar viajes a Cuba, ni turistas norteamericanos pueden visitar la isla. USA alega que la razón inicial de todo ello fueron las nacionalizaciones de firmas norteamericanas dispuestas por los revolucionarios cubanos, pero simultáneamente prohíbe que el gobierno de la isla dialogue con esas compañías, para efecto de concertar las indemnizaciones a las que tendrían derecho.

Las consecuencias para el pueblo cubano son angustiosas. En términos reales el país ha enfrentado obstáculos casi insuperables para conseguir el desarrollo económico que legítimamente buscaba. Las trabas de toda índole confieren a Cuba ese aspecto de nación congelada en el tiempo, con un sistema educativo y sanitario ejemplar, al que se añade una condición humana superior en decoro y valores, pero víctima de grandes carencias en múltiples sentidos.

Las cuales son esgrimidas por los enemigos de la revolución, para presentarla como un proyecto fracasado. Cuba es pobre, si se la compara con otros países del continente y el mundo, pero a su manera y en muchos sentidos es muy superior a cualquiera de ellos. Nada de eso vale para los críticos que con saña desprecian y descalifican al socialismo, presentándolo como algo indeseable para cualquier nación que aspire a un mejor futuro.

Así son, apuñalan por la espalda a un transeúnte y luego lo recriminan por caerse, manchar con sangre el piso y no darse prisa en correr al hospital. La situación de Cuba me recuerda al partido FARC y los Acuerdos de La Habana. Resuenan las voces que los culpan de fracaso en su proyecto de superación política, económica y social del país, de haberse equivocado, de haber traicionado los sueños de Jacobo y Manuel.

Obviando que los mismos enemigos de la revolución cubana, el imperialismo y las oligarquías, también realizan contra la FARC las más crueles embestidas. Incumplen, asesinan, acosan, sabotean, mienten, calumnian. Lo verdaderamente justo sería la solidaridad total con la revolución cubana, al igual que con la lucha del partido FARC por la implementación de los acuerdos. Pero sobran los oportunistas revolucionarios radicales sumándose al lenguaje del poder.

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