Semillas de paz en el campo

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Manos campesinas. Foto Bibiana Ramírez - APR.

Aunque el Estado colombiano ha intentado privatizar las semillas, los habitantes del campo se han resistido conservando bancos de semillas criollas y truequeándolas entre ellos

Bibiana Ramírez – Agencia Prensa Rural

Las semillas han representado para el hombre una soberanía sobre su alimentación y sobre su territorio. Por eso los indígenas, afros y campesinos se han empeñado en conservar la semilla limpia, orgánica, porque representa toda una tradición cultural. Después de que se recoge la cosecha, se seleccionan las mejores semillas para la próxima siembra y así mantienen el equilibrio con la agricultura y no va a faltar el alimento.

En La Vega, Cauca, cada dos años se celebra el Encuentro de Pueblos y Semillas, donde hay un día completo dedicado al trueque de semillas. Desde las veredas más lejanas llegan los campesinos y los indígenas con sus semillas para intercambiar por otras que no hay en sus territorios.

Todos llegan con las especificaciones de cada semilla. La conocen bien y por eso saben en qué clima se deben sembrar. Es una tradición en todos los pueblos del Cauca hacer trueque de semillas, ya sea en eventos o en los días de mercado. En las mochilas siempre hay una semilla porque todos quieren custodiar ese alimento limpio que por generaciones se ha conservado, además que es el fundamento de su cultura y de sus sistemas productivos.

“La semilla es vida, es lo que nos llena el estómago, lo que nos da el bienestar a nosotros los campesinos. El trueque es algo muy importante, ya que nos lleva a intercambiar productos de los diferentes climas y comunidades. Construimos paz con las semillas ya que si le aportamos a la sociedad una semilla limpia, germina la esperanza, germina la prosperidad y la vida de la humanidad”, dice María Alejandra Ordóñez, de la asociación Somos agua de esta tierra, corregimiento de Santa Rita, en La Vega.

Semillas como mercancía

En la década de los 90 en Colombia se empieza a privatizar la semilla con el convenio 345 de la Comunidad Andina que se refiere a la protección de la propiedad privada sobre semillas. Pocos eran los alimentos importados, casi todo se producía en el país y su potencial agrícola era grande. Sin embargo muchos expertos coinciden en que los tratados de libre comercio hicieron que el campo colombiano entrara en quiebra.

Se dio privilegio al uso comercial de las semillas transgénicas, que eran mejoradas en laboratorios y certificadas, sacando del mercado a las semillas criollas o tradicionales, imponiendo restricciones al campesino y judicializándolo por mantener prácticas ancestrales de producción.

En el año 97 Colombia recibe por primera vez semillas modificadas que son producidas por Monsanto. Y en el 98 crean Dow AgroSciences de Colombia S.A., especializada en la producción de fungicidas, herbicidas, insecticidas y semillas mejoradas en arroz, papa, hortalizas, pastos, banano, flores, maíz, algodón y frutales.

Uno de los duros golpes dados a los campesinos es la aprobación de la resolución 970 de 2010, que establece los requisitos de producción, acondicionamiento, importación, exportación, almacenamiento y comercialización de 4.271 toneladas de semillas de arroz, papa, maíz, trigo, algodón, pastos, arveja, cebada, fríjol y habichuela “toda vez que aquellas de naturaleza criolla usadas de forma tradicional por los campesinos, empleadas en terrenos mayores a cinco hectáreas o bajo un uso distinto al personal, adquieren la categoría de ilegales y por tanto están proscritas, prohibidas”, dice la resolución.

Muchos campesinos, por el temor de perder sus cosechas, empezaron a utilizar las semillas transgénicas, obteniendo resultados poco favorables, pues no podían sacar semillas de esas transformadas sino volverlas a comprar, lo que los llevó a la quiebra. Como pasó en Córdoba con el algodón: sembraron la semilla mejorada y trajo pérdidas.

Una de las apuestas de los campesinos en el paro agrario del 2013 era exigir al Gobierno que la autonomía de las semillas fuera devuelta. La intención era frenar la resolución 970 y se logró, pues no han sido decomisadas las semillas, pero aún no se define la legalidad del uso de semillas criollas y, cada vez que se vaya a sembrar, se debe usar semilla certificada y producida en laboratorios.

Todo esto demuestra que el alimento ha dejado de ser un derecho en Colombia y se ha convertido en una mercancía que es monopolizada por las empresas transnacionales.

El campesino cuida sus semillas

Cuando las semillas son libres es libre el campo. Por eso el campesino y el indígena se resisten a dejar entrar en sus territorios esas semillas modificadas. Es por eso que muchos pueblos deciden fortalecer el cuidado de las semillas nativas, ancestrales, pues es una herencia que han recibido y que no piensan dejar desaparecer.

“Queremos rescatar nuestra tradición y tener semillas apropiadas al clima que no sean transgénicas porque nos hace daño a nosotros y al medio ambiente. El trueque es para que no nos olvidemos de nuestros ancestros porque ellos siempre estaban intercambiando semillas para poder subsistir. La apuesta es que nuestros niños, nuestra juventud empiece a mirar que lo nuestro es bueno, que lo que llega de por allá no es tan bueno”, dice Dolores Jiménez, del resguardo indígena de Pancitará.

“El campesino, el indígena, el afro tienen una semilla que se produce con cero químicos. No necesitamos de los paquetes tecnológicos que nos trae la revolución verde. Aquí se produce sanamente, se alimenta sanamente porque somos conscientes de que nuestra alimentación no está cargada de preservantes, de colorantes artificiales, de sustancias aditivas que producen mucho daño en nuestro organismo, que se traduce en cáncer. Esa es la importancia de seguir produciendo limpio, sano”, cuenta Danilo Hernández, del municipio de Totoró, Cauca.

Las semillas son el patrimonio de los pueblos, nadie es dueño de ellas, por eso nadie puede reclamar derechos de propiedad, y eso lo tienen claro los campesinos, por eso se resisten a dejarse quitar las semillas que han conservado desde la antigüedad.

“Con las semillas se construye paz. Lo que nos mete en temas de guerra es la pelea por dinero, nosotros no estamos por esa disputa de dinero, sabemos que podemos tener cargas de dinero al lado de nosotros, en los bancos, pero el día en que se nos acabe la comida, el agua, este suelo, el dinero no va a servir para nada, eso no nos lo podemos comer. Vivimos en paz comiendo sanamente e intercambiando esto con nuestra gente rural”, argumenta Danilo Hernández.

Y por eso es lógico que el manejo de las semillas en Colombia debe ser concertado entre el Gobierno, los agricultores y los consumidores en general y no entre las multinacionales y el mercado, pues estos tienen intereses económicos. La soberanía alimentaria debe primar en el campo y los pueblos son los que deben decidir qué sembrar y qué comer, porque está más allá de una lógica capitalista y más cercana a una paz rural.

@bibianarm

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