Semana, panfleto fascista

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El reciente despido del analista Ariel Ávila y su equipo de periodistas solo revela que el propósito de la revista es consolidar un equipo de agitadores de ultraderecha que ayude a socavar nuestro pacto social

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

En abril de este año https://semanariovoz.com/semana-la-nueva-fox-news/ decíamos en estas mismas páginas que la revista Semana, antaño un respetable medio de derecha liberal, se iba a convertir en una cloaca de desinformación y manipulación, a semejanza del canal estadounidense Fox News. El tiempo nos ha dado la razón. Han pasado seis meses desde que el despido de Daniel Coronell y la renuncia de Daniel Samper Ospina motivaron dicho artículo y efectivamente la revista Semana cada vez más parece una barricada de agitación y propaganda ramplona que un medio periodístico serio.

No son especulaciones nuestras. El propio “dueño” de la revista, Jaime Gilinsky, quien había prometido convertir a Semana en el “Fox News colombiano”, claramente ha honrado su palabra. Durante este tiempo, el público ha presenciado la paulatina transformación de la revista en un canal audiovisual difundido a través de las redes sociales -lo más parecido a un club de youtubers pero con dinero, mucho dinero-, lo cual por sí solo no pasaría de ser el cambio de un medio impreso a uno digital, como está ocurriendo con casi todos los periódicos y revistas del mundo.

Propaganda subversiva

Lo más llamativo no es el giro que ha dado el medio en lo tecnológico, ni siquiera en lo ideológico, sino directamente en lo periodístico. Lo primero es parte de la lógica del periodismo en la actualidad, todos los medios impresos se ven obligados a explorar el mundo digital y ello redunda en la disminución de la calidad de los contenidos. Es inevitable y por lo mismo comprensible que se sacrifique la profundidad por la catarata de información que un medio digital debe reproducir. Lo segundo, la línea editorial, era algo que Gilinsky ya había advertido, cambiaría la habitual de derecha liberal a una de ultraderecha uribista, y lo cumplió. El nuevo enfoque noticioso privilegia una perspectiva ideológica que puede resultar odiosa, pero debe reconocerse que allí no hay sorpresas, el que avisa no es traidor.

Lo tercero -el giro periodístico- es escandaloso porque Semana ha dejado de hacer periodismo para dedicarse a hacer propaganda, burda y sin pudor. Por ello es nefasto el papel que está cumpliendo en el actual debate político en Colombia a través del uso malintencionado que da a la información porque, se insiste, una cosa es cubrir la noticia desde un punto de vista uribista y otra es comportarse directamente de forma subversiva. Es muy preocupante que un medio tan influyente como Semana se haya llenado de propagandistas mediocres, expertos en jalear a esas “legiones de idiotas” de las que se quejaba Umberto Eco, por ejemplo, a través de la grosera campaña de ‘acoso y derribo’ contra la Corte Suprema de Justicia. Semana no informa, ni siquiera desinforma, tampoco se queda en la simple manipulación. Va más allá. Contribuye, desde su influencia y a través de la propaganda más rastrera, a subvertir las instituciones que aún no están cooptadas por el uribismo.

Aclaración necesaria

Es asombroso llegar a la situación en el que un medio comunista como VOZ se queje porque las instituciones están en peligro, pero es así. El espectro político se ha desplazado tanto hacia la derecha -en Colombia y en el mundo- que algunos de los aspectos más básicos del consenso liberal están en peligro, como los derechos humanos, la libertad de expresión o el pluralismo ideológico. Por eso en la actualidad, defender esos consensos no es otra cosa que -en palabras de Lenin- observar las condiciones de la realidad concreta y actuar en consecuencia.

La penúltima

Retomando. La más reciente muestra de sectarismo y vulgaridad de Semana ha sido el despido del analista Ariel Ávila y su equipo de periodistas. Ávila es un investigador de la Fundación Paz y Reconciliación quien a través de su trabajo ha documentado sonoros casos como el del exgobernador de La Guajira hoy condenado por homicidio, Kiko Gómez, o la existencia de “ejércitos anti restitución”, grupos armados que se oponían a la restitución de tierras a campesinos desplazados, en especial en la región Caribe. Ávila, quien últimamente se ha convertido en una voz autorizada en medios de comunicación y es invitado frecuente a diversos espacios de opinión, desde hace unos meses tenía un programa en el canal de Semana llamado “El Poder” donde analizaba la actualidad política nacional con un tono crítico hacia el Gobierno.

Su presencia en la parrilla de programación -así como la de María Jimena Duzán y de alguna forma Matador- se justificaba seguramente porque los dueños tenían la intención de aparecer ante el público como un medio plural. No obstante, al parecer sus últimas intervenciones han exacerbado los ánimos de algunos uribistas influyentes y la paciencia con él ha terminado. En particular, hubo dos hechos que desataron la ira uribista: la cobertura y los análisis que Ávila y su equipo hicieron del levantamiento ciudadano del 9 y 10 de septiembre en Bogotá y la denuncia de que la propuesta uribista de reformar la Ley de Tierras oculta la intención de los terratenientes de impedir la restitución. Dos artículos recientes -uno firmado por el propagandista de ultraderecha Eduardo McKenzie y otro por la locuaz senadora María Fernanda Cabal- confirman que el uribismo ya tenía a Ávila en la mira hace varias semanas.

De hecho, independientemente de la orientación ideológica de los periodistas, los espacios de Duzán y Ávila son los dos únicos en Semana TV donde ha sido evidente un esfuerzo por investigar, contrastar la información, conformar espacios de opinión diversos y ofrecer al público información y análisis de calidad. El resto es propaganda barata. Lo más patético es que Semana no ha sido capaz de admitir ni siquiera la voz de alguien como Ávila, un analista de centroizquierda liberal, bastante moderado y nada radical, y ha preferido quedarse con la mediocridad de Vicky Dávila, Luis Carlos Vélez, Andrea Nieto y Federico Gutiérrez. Es decir, a Semana no le ha importado sacrificar -aún más, si cabe- la calidad periodística para consolidar un grupo unánime de agitadores.

Guerra psicológica

Los más perjudicados con toda esta deriva fascistoide son, qué duda cabe, los propios lectores de Semana. El público de derecha se está privando de tener un medio que le informe de manera responsable desde su perspectiva ideológica y está consumiendo un canal de propaganda que desinforma, manipula, distorsiona y acomoda la realidad a los intereses de la camarilla criminal que hoy ocupa el Gobierno de Colombia. Porque el principal ‘pecado’ de Semana no es que haya tirado la calidad periodística por el desagüe, sino que no se moleste en respetar a su propio público. Lo peor no es que la derecha esté mal informada, es que Semana contribuya a socavar las bases de nuestro pacto social a través de su desinformación subversiva.

La democracia necesita una derecha ilustrada, bien informada y respetuosa de las reglas del juego, pero Semana le juega justamente a lo contrario: Destruir lo poco que queda de andamiaje institucional y de consenso democrático para garantizar la impunidad de los suyos y la consolidación de su proyecto depredador y asesino.

Semana se comporta como RCN durante el decenio pasado: No manipula la información, va más allá, es una herramienta de guerra psicológica. Durante el mandato de Uribe fue contra la insurgencia. Ahora es peor. Ahora la guerra psicológica es contra todos nosotros. Ya no se trata de prometer la derrota de un enemigo armado, se trata de destruir lo poco que queda de democracia en Colombia.

Y ante ello solo queda la resistencia.

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