Se desatará una bola de fuego

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El presidente Obama, flamante Premio Nobel de Paz, dice que en cuestión de días, ordenará bombardear locaciones estratégicas sirias, repitiendo el libreto de Irak hace diez años. El mundo entero clama por una salida pacífica al conflicto en Siria

Alberto Acevedo

En contravía a un clamoroso sentimiento generalizado en el mundo entero para que se prefieran las vías del diálogo, antes que la guerra, en la solución del conflicto sirio, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, anunció el sábado de la semana pasada su disposición a iniciar una escalada intervencionista en Siria, repitiendo el libreto mentiroso que hace 10 años le permitió invadir a Irak, con las consecuencias desastrosas que esa aventura militar trajo para la región.

El anuncio de Obama se lleva por delante todas las normas del derecho internacional y de la guerra, ignorando cualquier decisión de las Naciones Unidas y de su Consejo de Seguridad, y a pesar de que el parlamento británico en esta ocasión desautorizó la participación del gobierno inglés en cualquier aventura bélica por cuenta del Pentágono.

Además, numerosos gobernantes, organizaciones sociales, humanitarias y personalidades en el mundo, coinciden en el reclamo unánime de evitar un nuevo foco de guerra, que podría incendiar toda la región del Oriente cercano, sin que se puedan determinar las dimensiones catastróficas del conflicto, que en todo caso no pondrá fin a la crisis siria.

Entre las voces sensatas que se alzan contra la guerra en Siria están, la del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, que ha pedido al gobierno norteamericano propiciar una solución política negociada al conflicto sirio, y en todo caso esperar los resultados de la inspección in situ que un grupo de expertos de la ONU realizan sobre la versión del uso de gas sarín por parte del gobierno de Damasco.

Contra la guerra

El sumo pontífice de la iglesia católica, el papa Francisco, expresó en una de sus homilías, el apoyo a la posición del secretario general de la ONU “para promover el necesario diálogo” en torno a la cuestión siria. Por su parte, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, denunció la existencia de “una provocación en marcha” contra el gobierno sirio y advirtió a Estados Unidos, el pasado lunes 26 de agosto, contra las consecuencias “extremadamente graves” de una intervención militar directa en Siria. El canciller ruso, Serguei Lavrov, le expresó por teléfono a su homólogo norteamericano, John Kerry, la inquietud rusa por la decisión de Washington de escalar el conflicto y advirtió a las potencias occidentales para que no cometan el “error trágico” de la aventura en Irak.

En América Latina, varios gobiernos de la región expresaron preocupaciones en el mismo sentido. El mandatario venezolano, Nicolás Maduro, dijo que la Casa Blanca busca “una guerra general” en el mundo islámico y de paso paliar la crisis con el mercado de armas, “porque Estados Unidos sale de las crisis produciendo armas”.

En el mismo sentido, de apuntar al riesgo de una hecatombe generalizada, coincidieron varios ministros del gabinete de Bashar al-Asad, al señalar que cualquier tipo de intervención norteamericana en Siria agravaría la crisis de ese país y llevaría al borde de una nueva guerra mundial. Uno de los ministros sirios dijo que una intervención armada norteamericana “desataría una enorme bola de fuego” que encendería el Medio Oriente, una región cada vez más inestable.

Reacción siria

De otra parte, el gobierno sirio dijo estar preparado para un ataque en gran escala de cohetes disparados desde naves de guerra apostadas sobre aguas territoriales. “Si los países occidentales, en particular Estados Unidos, emprenden una operación militar contra Siria, van a fracasar”, advirtió el presidente de ese país árabe.

Ciertamente, Siria no es Irak. Los norteamericanos se encontrarán con un ejército oficial que no ha claudicado en los últimos tres años, frente a la ofensiva intervencionista norteamericana. En ese país, la denominada “oposición política”, no funciona, y se sostiene gracias a la abultada ayuda militar y financiera extranjera, especialmente proveniente de Estados Unidos y Gran Bretaña. En ese sentido, el “ejército rebelde” es una pantomima mediática sostenida por las grandes potencias occidentales.

La coartada de Washington para justificar a toda costa la intervención militar, ha sido el expediente de la utilización, el 21 de agosto pasado, por parte del gobierno de Damasco, de armas químicas prohibidas por las Naciones Unidas, en este caso, el denominado gas sarín, que acarrea efectos letales inmediatos contra la población.

Pruebas amañadas

Las únicas ‘pruebas’ que Estados Unidos tiene del empleo de estas armas químicas, son ‘informes de inteligencia’ de sus propias agencias, en una reedición de los mismos informes que aseguraron la existencia de armas nucleares en manos de Sadam Husein, para justificar, hace diez años, la invasión a Irak. En el caso actual, las agencias norteamericanas se apoyan en datos suministrados por la ‘oposición’ siria, generosamente financiada por Estados Unidos.

Las autoridades sirias han negado, en todo momento, que hagan uso de ese tipo de armamento, y que sería de la mayor torpeza emplearlo, en una zona donde acampan guarniciones del ejército oficial de ese país. En cambio han divulgado pruebas de que ha sido la denominada “oposición”, la que ha adquirido y utilizado este tipo de elementos bélicos.

Un día antes de la señalada matanza de civiles con gas sarín, un portal de internet montó en la red fotografías de decenas de cadáveres, en lo que evidentemente aparece como un montaje publicitario. Más tarde, líderes rebeldes sirios confirmaron al corresponsal de prensa de la agencia AP, que ellos sí han utilizado el gas sarín en sus operaciones.

Descrédito

En ese sentido, también Estados Unidos muestra una doble moral, porque este tipo de armas, pese a la prohibición internacional de su uso, son fabricadas por la industria militar de ese país, distribuidas en el comercio internacional y autorizadas por el Pentágono, como lo hizo en el episodio de la guerra Irán-Irak.

Por lo demás, pese a que el anuncio de una inminente operación militar fue hecha por Obama hace ya una semana, la no participación de Gran Bretaña ha sido un duro revés para sus intenciones bélicas. Además, esta semana Obama deberá comparecer ante la cumbre del G-20 en San Petersburgo, donde probablemente no encontrará el respaldo que busca, al menos no en la proporción deseada, para su nuevo acto de piratería internacional.

Esto ha llevado a Obama a tener que consultar la voluntad del parlamento de su país, que no abocará el estudio de una eventual autorización de la intervención armada hasta después del 9 de octubre. A esta situación debe agregarse el creciente desprestigio de la política exterior norteamericana en el Medio Oriente, después del apoyo al golpe militar en Egipto y los reveses militares que sigue cosechando por su participación en conflictos como los de Afganistán, Libia e Irak y el respaldo a Israel en su agresión contra el pueblo palestino.