Se arrienda una casita…

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Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Ricardo Arenales

La noticia no dejó de sorprender. En el corazón del centro internacional de Bogotá, se arrienda un magnífico local. El agente inmobiliario fue sincero. Tiene un local de 65 metros cuadrados, un auditorio, dos cocinas, Una más que no funciona porque no se le han hecho arreglos. Dispone de ocho baños, que no funcionan en su mayoría porque tienen problemas de tuberías. No tiene desafortunadamente un parqueadero privado, pero cuenta con depósito y una zona de descargue. No tiene facilidad de acceso, pero cuenta con un área cubierta de 570 metros cuadrados para habitarla. ¡Ah! Y el edificio fue construido, ni más ni menos, que por el reconocido arquitecto Rogelio Salmona. El precio: 120 millones de pesos mensuales.

Después se supo que la oferta fue una estrategia publicitaria para que la opinión pública y el mundo de la cultura y las artes supieran de las afugias por las que atraviesa el Museo de Arte Moderno de Bogotá, cuya directora patrocinó la aventura de poner en arriendo el local. Y la estrategia funcionó. Dio de qué hablar.

Flacos presupuestos

Y aunque la noticia de las dificultades financieras del Mambo no es nueva, el anuncio en sus muros actualizó la polémica en torno a la financiación, no solo de este acreditado centro cultural, sino de todos los museos. Y en general la financiación de las actividades culturales del país. Hace una semana, este semanario se refirió a la suspensión de auxilios al Festival Internacional de Poesía de Medellín. Los grupos de teatro en Bogotá y en el país, han reclamado hasta la saciedad que les incrementen sus magros presupuestos. La cultura en general, salvo iniciativas de la empresa privada, es la Cenicienta del presupuesto nacional.

Este nuevo episodio debería servir de pretexto para examinar la situación de los museos en todo el país. Faltan recursos, locales, personal especializado. El desespero por la falta de financiación lleva a directores de estos centros de actividad cultural a copiar modelos norteamericanos, a rendirse finalmente ante la comercialización que ofrecen las empresas.

Los museos, y las casas de cultura, buscan nuevos métodos de financiación. Y en no pocos locales se ven ya ventas de artesanías, de camisetas, de bolsos, de réplicas de arte, cuadernos y bolígrafos, de cafeterías ‘Oma’ o ‘Juan Valdés’. O los anuncios de empresas de viajes y de turismo.

Valdría la pena intentar democratizar la dirección de los museos, en manos de grupos de damas prestantes, esposas de encumbrados miembros de la oligarquía de este país, los mismos responsables del desastre social, de la corrupción y de la entrega de los recursos naturales a las grandes corporaciones transaccionales.

El Museo de Arte Moderno de Bogotá lleva 40 años poniendo el sombrero, suplicando ayudas económicas, unas veces al sector privado, otras a los gobiernos nacional y distrital. La actual directora del Mambo, Claudia Hakim, reclama con razón que, ciertamente, el museo ha recibido ayudas del gobierno central; pero tienen destinación específica, para una u otra actividad o exposición. Y no puede disponer de esos recursos para pagar curadurías, nómina de personal, reparación del inmueble, etc.

Resulta dramático el hecho de que la mayor parte del presupuesto de funcionamiento del Mambo proviene de la empresa privada. Pero las empresas que lo subsidian son apenas tres. La empresa privada, donde no ve rentabilidad a  corto plazo, no invierte un centavo. La cultura no está entre sus objetivos. Hace falta no solo una política cultural coherente en manos del estado, sino un plan nacional de museología, que por cierto, descentralice los museos del país. Es lo que pone en evidencia el episodio de la puesta en arriendo del Museo de Arte Moderno de Bogotá.

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