Santiago García y nuestro derecho al miedo

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Maestro Santiago García.

Ningún actor responsable con su arte sale sin miedo al escenario; sólo quienes lo han sentido de manera telúrica se han salvado de los cataclismos, porque ante el noble miedo todos los sentidos triplican sus fortalezas

William Fortich Palencia

Un 23 de marzo decidió Santiago García Pinzón dejar este lado del muro; de esta cárcel que nos correspondió pintar para no morir de angustias muertas. Lo hizo como solía hacer la mayor parte de las cosas de su larga y pródiga vida: ¡Porque se le dio la real gana!

Ahora nos toca rendirle tributo a su memoria, pues ese es el deber con alguien que trabajó la memoria en todos los aspectos de dicha dimensión: actor, pedagogo, director (la más temida por los actores), dramaturgo, acuarelista, astrónomo aficionado, investigador y teorizante de los fenómenos del arte. Era un hombre de la memoria que veía en la Historia la inmensa fortuna que poseemos los humanos para no seguir cometiendo el mismo error sobre la misma piedra, y de allí su irreverencia ante los protocolos y el manierismo rococó que trae consigo la urbanidad y los “buenos” modales, sin saber en qué juicio se dividió el ya convulso mundo entre modales “buenos” y “malos”.

En todo caso, si le tocaba escoger, García se iría con los malos a tirarse pedos en un banquete en el Salón Esmeralda del Hotel Tequendama, sabiendo que lo echarían del lugar y él, con su cara trajinada de mimetizador experto, falló al develar la burla que la cara de aquellos buenos burgueses le producía, pues de seguro la Historia le habría mostrado la lámina donde se registraba una comida como aquella, que de seguro no conseguiría de un poquito conmover el duro corazón del presidente guerrerista que tendríamos en ese tiempo. Sólo corazones de impiedad han gobernado esta nación.

Memoria de García, cuando en medio de todas las amenazas y el genocidio sobre la Unión Patriótica, que nunca ha parado y continúa hoy como un sinfín del horror nacional, llegaron actores de televisión, directores de teatro, danzarines, cineastas, teatreros y un puñado de políticos y nos reunieron en la Sala Seki Sano de la Corporación Colombiana de Teatro. Les escuchó las más sesudas disertaciones contra el miedo. La propuesta era generar una campaña contra el miedo. Todos estábamos conmovidos y admirados de aquellos análisis, pues la mayoría allí estábamos amenazados de muerte y coleccionábamos atentados y sufragios como verdaderas victorias en la batalla por no dejarse matar.

Que el miedo progrese en cada uno de nosotros

No quiso García en principio hablar, pero le insistieron los organizadores de aquel evento, entre quienes recuerdo a Jorge Emilio Salazar, presidente del CICA por ese entonces. Con el miedo de quien sabe que volteará la mesa del banquete sagrado se pasó las manos, las dos manos al tiempo, sobre el sudado cabello, alisó algo el bigote que apuntaba ya algunas canas, se ajustó los lentes y entonces, con enorme ímpetu, como un volcán sin cañada que dispersara el daño, rugió y entonces, como acto mágico, los demás intelectuales fueron abandonado el escenario y se volvieron espectadores como nosotros y García se fue elevando en aquella aura rabeliana que sólo él podía transmitir; la tragicomedia era su zona más plácida.

Se opuso rotundamente a una campaña contra el miedo y llamaba, clamaba, invocaba a todas las fuerzas del universo a que el miedo progresara en cada uno de los hombres y mujeres que habitaban el planeta. Hacía memoria de uno y otro detalle, para reafirmar nuestro tierno derecho a tener miedo y a gozarnos por tenerlo. Ningún actor responsable con su arte sale sin miedo al escenario; sólo quienes lo han sentido de manera telúrica se han salvado de los cataclismos, porque ante el noble miedo todos los sentidos triplican sus fortalezas.

¡Ah! el miedo de Agamenón al retornar, el que seguro la valiente Antígona hubo de padecer al enfrentar a todo un Estado; el miedo de la cacica Gaitana al desafiar un imperio; el miedo de José Antonio Galán, no ante su asesinato, no, si no el que seguro tuvo cuando le tocó asumir la dirección de aquella turba que logró convertir en fuerza revolucionaria. Y siguió haciendo un panegírico del miedo, hasta convertirlo en categoría y luego transmutarlo en personaje. Y como todo héroe, en palabras de Mijail Bajtin, tiene en el terror a su antagonista. Por lo tanto, la campaña era contra el terror y, por ende, contra el terrorismo de Estado.

Escoger la menos peor de las muertes

Hay que tener miedo para salvarse y oponerse al terrorismo. El uno alerta, conforta, nos dinamiza, el otro genera el pánico o pavor y nos inmoviliza para que de esta forma ya no pensemos y nos rindamos ante el cruel verdugo.

Ahora, en época de terror, cuando a más de la pandemia que nunca pensamos como civilización vivir, se une la posibilidad de la miseria que traerá consigo la caída del sistema capitalista, o al menos unos de sus trozos, que como bloques de hielo, arrasarán con su barquinazo la poca resistencia que podamos ofrecerle y que como salida la OTAN como ejército mundial de los grandes financistas, ve en la guerra otra vez una salida, lo que nos pone ante las falsas disyuntivas de escoger la menos peor de las muertes, era necesario hacer memoria con Santiago García, el maestro de los maestros, para que desde el humor que bien puede producir nuestra larga tragicomedia, alimentemos con la teta de la Historia, nuestro derecho al sagrado miedo. Que será factor fundamental para hacer la próxima creación colectiva que ha de ser una Nueva Colombia con Justicia Social.

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