El Salvador y el próximo combate

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Simpatizantes del FMLN en el cierre de campaña de la pasada contienda electoral. Foto Laura Mor, Contexto Latinoamericano.

Centroamérica es un archipiélago imaginario,
un todo fracturado, desconocido, diverso, contradictorio,
arrojado entre dos mares, como ante dos espejos
~encanto y desencanto~, donde todo puede pasar
y todo está pasando.
¿Te interesa lo irregular, lo marginal, lo ninguneado,
donde convergen estupidez y miedo,
inteligencia y pasión,
asombro y estupor, que no es Norte ni es Sur,
que parece podrirse y, sin embargo, pervive?
Entonces te interesa esta región
(Miguel Huezo, poeta salvadoreño)

Rigoberto Ramos – Especial para VOZ

Es curioso cómo Centroamérica suele pasarse por alto hasta en los más sesudos análisis de la geopolítica latinoamericana, incluso desde la izquierda. Desde que esa región, perdida en la cintura del continente, arrasada por invasiones y dictaduras militares, centró la atención del mundo en la convulsa década del 80, cuando de manera simultánea estallaron conflictos armados en toda la región, con los procesos de paz se pasó de nuevo al olvido, apenas y tocando ciertas agendas, incluso en las más acaloradas discusiones de la izquierda sobre la “década ganada”, la región muy pocas veces asomó aquellos debates aún con dos movimientos políticos de origen guerrillero en función del gobierno en Nicaragua y El Salvador.

No es sino hasta que algo estalla, que los ojos vuelven a estos lugares. Hoy, como ayer pero con menor brillo y de manera muy ácida, Centroamérica regresa a ser un tópico de interés, el régimen militar golpista de Honduras, la gravísima situación política nicaragüense, la convulsión guatemalteca asolada por la corrupción gubernamental y hasta la mansa Costa Rica, muy ajena históricamente a la situación del resto de sus hermanas, mantuvo en vilo a muchos con su última elección presidencial. Ahora, lo más reciente: El Salvador, sale al paso con el resultado de una derrota anunciada para la izquierda, pero que no deja de ser sorpresiva.

La derrota

Lo que pasó en este pequeño y hermoso país con “nombre de hospital o remolcador” como le decía Roque Dalton, es sin duda, una nueva interpelación a la izquierda de la región. El Salvador no está ajeno al punto de inflexión que en sus diferentes formas han venido experimentando los gobiernos posneoliberales en Latinoamérica, y a nivel estructural, el pueblo y la militancia alzó su dedo acusador sobre la gestión de gobierno y la conducción política del FMLN.

Es importante leer como un error estratégico la expulsión de Nayib Bukele del FMLN, sí, la abstención electoral fue altísima arañando el 50%, sí, el resultado también fue parte de esa generación millenial apasionada por la tecnología y deslumbrada por un candidato que se limitó a hacer monólogos por Facebook live en toda la campaña, y sí, el veredicto de las urnas es también consecuencia del fenómeno de la “antipolítica” que presenta como “outsider” a una derecha de rostro fresco.

Pero no es menos cierto que la dirigencia del FMLN se alejó de sus bases, que varias de sus figuras están salpicadas por actos de corrupción, que el Frente, en su orgullo, no supo interpretar el mensaje de los votantes expresado en la disminución sistemática de su caudal de votos cada vez que apelaba a elecciones, y que también sectores feministas, artistas, intelectuales y ciudadanías diversas que jamás serán representadas por la derecha, tampoco fueron bien representadas por la izquierda.

Las enseñanzas

En definitiva de este duro revés electoral, la izquierda salvadoreña tiene la imperiosa tarea de extraer importantes lecciones y volver a su origen, a su razón de vanguardia. El FMLN como izquierda partidaria, organización vertical, está en el deber de entender, dinamizar e incluir las horizontalidades que plantean las demandas del movimiento popular.

Es un paso importante que la comisión política del Frente, haya adelantado sus elecciones internas, apostando por la paridad de género y el relevo generacional en sus cuadros de dirección, pero los cambios no deben depender de las concesiones de una dirección política, sino practicarse a pesar de ellas, atendiendo una lógica que Carlos Fonseca, histórico y legendario revolucionario nicaragüense expresó respecto a la crítica constructiva cuando afirmaba: “le da consistencia mayor a la unidad y contribuye a su fortalecimiento y continuidad, entendiéndose que una crítica mal entendida que expone la unidad, pierde su sentido revolucionario y adquiere un carácter reaccionario”.

Allí están las herramientas para reconstruir el instrumento ¿Qué FMLN está demandando hoy El Salvador? ¿Cómo organizar la oposición impulsando las aristas más filosas de la lucha social que se avecina? Esta nueva condición del FMLN fuera del poder sin duda informará nuevas prácticas en la medida que regrese a su esencia popular revolucionaria. Es el momento de organizarse, articularse, rectificar, resistir, avanzar, combatir y vencer. ¡La lucha continúa!

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