Salario y pobreza

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reyes

El reajuste unilateral del salario mínimo, concertado por el Gobierno y los empresarios, sin escuchar ni tener en cuenta la opinión de las centrales obreras, fue de 4.02 por ciento, equivalente a $22.800 mensuales, que no se corresponde con el alza de los artículos de primera necesidad que desbordan el porcentaje acumulado en los 12 meses del año transcurrido, mayor que lo contemplado en las frías cifras de la estadística oficial. Está comprobado al escuchar a los trabajadores y trabajadoras, incluyendo las amas de casa, que visitan las plazas de mercado y los supermercados, testigos de excepción del frecuente incremento de la canasta familiar, desaparecida en las mediciones del DANE.

Con el argumento de que la inflación disminuyó y que la proyectada para 2013 es del 3 por ciento, a pesar que están en camino alzas superiores, Gobierno y patronos declararon su “generosidad” con el incremento del salario mínimo, por encima, según ellos, de la inflación causada y proyectada. El salario mínimo lo reciben más de diez millones de colombianos, aunque cerca de dos millones más reciben menor ingreso. Es un absurdo, un salario miserable, en un país considerado el tercero de mayor desigualdad en el planeta. Récord ni siquiera mencionado en los “logros” enumerados en la cantaleta gubernamental.

La cifra mezquina, un “salario de miseria”, así llamado por los sindicalistas, pretende ser soportada con la falacia capitalista de que se está generando empleo y que la tasa de desocupación, a noviembre de 2012, fue de 9.2 por ciento, “una de las más bajas en los últimos decenios”. Sin embargo, no explican los tecnócratas gubernamentales que el mayor “empleo” en Colombia es la informalidad, el “empleo disfrazado” a la hora de la verdad desempleo sin atenuantes. El 60 por ciento de los colombianos con empleo están en la informalidad, que supone inestabilidad, inexistencia de seguridad y de garantías laborales. La industria, el comercio y los servicios han generado muy poco empleo, mientras en el campo es evidente que no lo hay. La reforma laboral uribista que conculcó derechos laborales con el cuento de que estimularía el empleo, no fue así. A la hora de la verdad se convirtió en mejores condiciones de rentabilidad y de utilidades para los capitalistas. Con el mismo argumento, el Gobierno actual puso en marcha la reforma tributaria que alivia las cargas a los empresarios y se las endurece a las capas medias y al sector de menor ingreso.

Es lo que se llama un régimen plutocrático. Lo ancho para los ricos y lo angosto para los pobres. Se aumenta la brecha entre unos y otros, así como la franja de pobreza que no cede a pesar de la versión oficial, repetida por los medios burgueses, de que hoy los pobres son menos en Colombia. Dicen que ahora uno de cada tres colombianos es pobre y que la medición es de la CEPAL. Quien la haya hecho no conoce a Colombia. No ha visitado los barrios más vulnerables y los cinturones de miseria en las ciudades de todos los tamaños, incluyendo a Bogotá. Pura paja, como diría un cachaco de la capital.

Colombia es un país de sobresaliente desigualdad; donde unos pocos viven demasiado bien y la mayoría demasiado mal. Las diferencias son enormes, mantenidas hasta con violencia por la rancia burguesía que domina el poder político y económico.

A propósito de las estadísticas oficiales, Max Otte, académico alemán, quien avizoró la actual crisis del capitalismo, autor de un libro reciente: “El crash de la información”, sobre los mecanismos de la desinformación ciudadana, desnuda cómo se embellecen las cifras del desempleo, se invisibiliza la inflación y otras maniobras mediáticas para aceitar la supuesta maquinaria del capital. Dice que en Alemania si se incluyera en la tasa de desempleo a los millones que reciben el desempleo I y II, aumentaría en más del cien por ciento. Igual ocurriría en Estados Unidos si incluyeran a los desempleados que renunciaron a buscar empleo.

Otte revela cómo modifican la metodología de la medición del comportamiento social, algo que han hecho en Colombia para corregir las cifras disparadas de desempleo, pobreza, indigencia y otras lacras sociales. Hasta la canasta familiar desapareció en la medición, porque son los productos que más aumentan de precio y elevan el valor de la misma. Sugiere el académico que “el capitalismo actual se va pareciendo en muchos aspectos a la economía feudal”.

Tiene razón. La economía de libre mercado neoliberal, promueve una “ideología basada en la codicia”, que contempla la falacia, la desideologización de los procesos históricos, la desinformación, todo ello para acomodar las cifras y mostrar un mundo falso, una realidad inexistente y ficticia, con la finalidad de las mayores ventajas y ganancias para los capitalistas, los monopolios, los grupos económicos y las transnacionales.

Es el mundo que debe cambiar. Otra Colombia es posible. La clave es la unidad y la movilización de masas, únicas formas de derribar todos los mitos y mentiras.