Rosa Luxemburgo, comunista radical

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Rosa Luxemburgo.

“La primera tarea de los combatientes por el socialismo internacional, es seguir con lucidez sus líneas de fuerza, sus caminos”

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

La descripción que daría el filósofo latinoamericano Bolívar Echeverría nos aproxima al lugar imprescindible que tiene Rosa Luxemburgo en la historia: “Oradora encendida, polemista implacable, teórica iconoclasta, trabajadora incansable y llena de amor propio”.

Polaca de origen judío, Luxemburgo nació en 1871, momento histórico de tradición ilustrada y cosmopolita para Europa que experimentaba acelerados cambios. Auge económico en los países industrializados, donde las innovaciones tecnológicas y la creciente acumulación de capital se contrastaban con una fuerte rivalidad entre las potencias, dibujando en el horizonte épocas turbulentas para el continente.

Su condición de extranjera en su propio Estado – nacional, la llevó rápidamente a conseguir su nacionalidad alemana gracias a un matrimonio por conveniencia, y así, militar en el partido obrero mas grande de Europa y del mundo: El Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Para Luxemburgo, su auto-reinvidicación como mujer, pasaba por la conquista de la radicalidad comunista como condición de existencia en el movimiento obrero y revolucionario. Era marxista.

Reforma o revolución

Con el desarrollo de los acontecimientos, Luxemburgo se enmarca comenzando el siglo XX en una discusión implacable con las posiciones reformistas del SDP y la II Internacional. Le asaltaba el sentimiento de romper con una época y un mundo sobre la base de instaurar un nuevo periodo histórico. Este precepto la llevarán a un propósito radical durante toda su vida: el triunfo y realización de la revolución proletaria.

Discusiones que la conducen a un difícil campo de batalla. Su país adoptivo, en proceso acelerado de industrialización, no solo abría su régimen político con el sufragio universal masculino y el reconocimiento de libertades civiles, sino que tiene al frente a una clase obrera organizada y combativa.

El camino elegido por Rosa fue el marco institucional del SDP, no sin antes formular sus posiciones críticas frente a la democracia capitalista y los límites de la estrategia parlamentaria. Fue llamada por el periodista y dirigente socialdemócrata, Franz Mehring, como “la mejor cabeza después de Marx”.

Las tesis del revisionista Eduard Bernstein, serían objeto de su crítica mordaz. El objetivo de la socialdemocracia no debía ser otro que la revolución social. No será por el desarrollo exclusivo de la democracia y la reforma como el muro de la sociedad capitalista caerá, pues “para derribarlo sólo tendrá fuerza el mazazo de la revolución, la conquista del poder político por el proletariado”. En otras palabras, la necesidad de la transformación social por el sujeto histórico del cambio.

Espontaneidad, partido y masas

Uno de los propósitos de Luxemburgo, como audaz dirigente socialdemócrata, fue el de potenciar el comportamiento de la clase obrera y sus instrumentos de organización. Sin embargo, es hija de un teatro de la historia. Su militancia nacional, el partido que le tocó, volcado al parlamentarismo y conservador en sus formas, la conducen a una lectura que ve en la espontaneidad de las masas la potencia de la praxis revolucionaria. Discute con Lenin, polemiza con los bolcheviques.

“La organización no es el producto artificial de la propaganda sino de la lucha de clases”, sentencia Luxemburgo en su artículo Problemas de organización de la socialdemocracia rusa. Para ella, el Partido revolucionario tiene la misión de representar los intereses comunes del proletariado en cuanto clase. Crítica la idea jacobina de Lenin, en cuanto a las relaciones reciprocas entre la organización y la lucha, pues el centralismo no puede basarse en la obediencia ciega ni en la subordinación de la praxis revolucionaria al centro del partido.

Si la táctica es producto del movimiento obrero, no del Comité Central ni del Partido revolucionario, es imperativo que la libertad de acción permita desarrollar la iniciativa política. “La socialdemocracia no está ligada a la organización de la clase obrera, ella es el movimiento mismo de la clase obrera”.

El mito negativo

Al estallido de la primera guerra mundial, la generación de teóricos marxistas como Lenin, Luxemburgo, Bujarin o Trotsky, mantienen el espíritu revolucionario e internacionalista ante la inminente quiebra de una II Internacional sumergida en el reformismo y el chovinismo. Los acontecimientos derivan en cuatro años de confrontación armada, un nuevo mapa político europeo, y un movimiento comunista radicalizado.

Finalizada la guerra y con el triunfo intempestivo de la revolución rusa en dos etapas, la deuda rebelde del movimiento se convierte en una estrepitosa derrota. No solo el fracaso de la revolución alemana con Rosa Luxemburgo a la cabeza, sino también la supresión de la comuna húngara como el desastre de los consejos de fabrica en Italia, trazan el aplastamiento del capital sobre la fase inicial del proceso revolucionario en la Europa industrializada.

Años después, la URSS, inicialmente aislada pero después burocratizada en el PCUS con su concepción del “socialismo en un solo país”, se encarga de darle impulso a un hegemónico prototipo ideológico de lo político. En ese contexto, Rosa Luxemburgo y su obra, son transfiguradas a un mito negativo, pues al basar sus principales discusiones sobre otro paradigma, es considerada injustamente ser una contraposición del leninismo como teoría revolucionaria. Rosa estaría condenada por el estalinismo a estar “equivocada”.

Derrota

“¡El orden reina en Berlín!, ¡esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!”, escribe Rosa Luxemburgo el 14 de enero de 1919 en la víspera de su asesinato. Ante el fracaso del Levantamiento Espartaquista, el mensaje a los pueblos del mundo de la mas importante dirigente marxista de la historia es claro: creer en la revolución.

Al ser capturada el 15 de enero, la orden del canciller Friedrich Ebert, antiguo compañero de Luxemburgo en las filas del SPD, fue su asesinato. El soldado Otto Runge, la derriba de un culetazo y le destroza la cara, mientras un teniente la remata con un tiro en la nuca. El cuerpo de la fundadora del Partido Comunista de Alemania es arrojado al río Spree en Berlín. Igual suerte tendría Karl Liebknecht, compañero incansable de Luxemburgo, famoso por ser el único parlamentario socialdemócrata en no firmar los créditos de guerra para la participación de Alemania en la primera guerra mundial, como por ser uno de los dirigentes más destacados de la revuelta que encendía la Liga Espartaquista después de la derrota en la guerra. Otro frio tiro en la nuca, a sangre fría, dictaba con violencia la capitulación del proceso insurreccional de 1918-1919 con el asesinato de sus principales dirigentes.

Hace 100 años se liquidaba una dolorosa revolución derrotada.

Bibliografía

Anderson, Perry (1987); Consideraciones sobre el marxismo occidental; Siglo Veintiuno Editores; México D.F.

Estefania, Joaquín (2019); Rosa Luxemburgo: Mujer, marxista, pacifista.

Luxemburgo, Rosa (1978); Reforma o revolución, Problemas de organización de la socialdemocracia rusa, Huelga de masas, partido y sindicatos; En Obras escogidas, prologo y selección de Bolívar Echeverría; Ediciones Era; México D.F.

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