Rescatemos la niñez

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José Ramón Llanos

Hablemos claro. Debemos reconocer una diferencia entre los gobiernos de Álvaro Uribe y el gobierno de Iván Duque, el primero siempre ocultó y sigue ocultando las fechorías cometidas, desde sus implicaciones en el paramilitarismo y sus estructuras hasta las cometidas en su época de senador.

En cambio, Duque y sus funcionarios inicialmente tratan de ocultar sus delitos, pero cuando se cercioran que los han cogido con las manos en la masa confiesan con voz engolada y un cierto orgullo, tal como lo ha hecho el ministro de Guerra, que llaman de Defensa.

El ministro Molano ha notificado al país: “Jóvenes reclutados y convertidos en máquinas de guerra”.  Por tanto, debemos entender que estos niños y jóvenes dejan de serlo y serán tratados como se tratan estas máquinas. Hay que destruirlos, entre más rápido se proceda, mejor. Lo más eficaz y certero es bombardearlos. Dejemos que otros apliquen las normas y principios del Derecho Internacional Humanitario, DIH.

Esto se puede concluir de la respuesta que el ministro Molano da a la periodista de El Espectador Diana Durán Núñez cuando ella le recuerda que en el caso de los bombardeos debió aplicarse el principio del DIH de proporcionalidad. En vez de demostrar que ese principio se ha aplicado, el ministro responde “también se tiene en cuenta una definición importante, la ventaja militar.” Es lógico que bombardear a un grupo de niños y jóvenes desde el aire da una gran ventaja militar, pero esto es precisamente violar groseramente el principio de la proporcionalidad que el Derecho Internacional Humanitario exige. Esto no es un valeroso acto de guerra es una masacre, una carnicería ordenada por el ministro Diego Molano.

En vez de utilizar a la inteligencia militar para aislar a esos niños y jóvenes y con una estrategia nada letal rescatarlos para reintegrarlos a la sociedad y restituirles sus derechos, especialmente el derecho a la educación, a un hogar digno, a la salud, se procedió a destruirlos, un procedimiento inhumano que no merece que quien dio la orden sea elogiado, sino que debe ser repudiado, como en efecto la sociedad lo repudia.

Téngase en cuenta que estas respuestas las da el ministro 48 horas después de haber hecho las declaraciones sobre los niños “convertidos en máquinas de guerra”, en lugar de rectificar esas declaraciones erróneas continúa hablando despropósitos. A la pregunta de la periodista “¿se arrepiente de haberlos llamado máquinas de guerra?” responde: “es una expresión fuerte lo sé, pero la sociedad colombiana tiene que entender que han venido preparando a unos individuos que pueden generar daños serios a la sociedad”. O sea que en lugar de rectificar ratifica su calificación de niños convertidos en máquinas de guerra. Eso sencillamente significa que esa calificación corresponde a una doctrina que está en lo más profundo de la conciencia del ministro.

Esta doctrina pone en peligro a todos los niños de Colombia, por tanto, es deber de la Colombia sana rescatarlos. Evitemos que los niños que no mueren de hambre sigan siendo bombardeados. Rescatarlos es un imperativo de humanidad. Por eso los miembros del Pacto Histórico deben convocar a la Colombia sana y decente que proceda a ese rescate. Los católicos y todos los colombianos consecuentes cumplamos con nuestros deberes de humanidad, debemos proceder a este rescate. Sepultemos la doctrina de exclusión y muerte del Centro Democrático.

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