Radiografía de una guerrera

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En Colombia, las trabajadoras del servicio doméstico están entre las más desprotegidas en términos salariales y prestacionales.

Una mujer que como millones en Colombia, ha sido víctima de abusos laborales, robo por parte de sus patronos y desprotección estatal, ha guerreado sin embargo para sacar a sus hijos adelante y desarrollar trabajo con su comunidad

Juan Carlos Hurtado F.

Tres días a la semana, Alba López debe levantarse a las 4 de la mañana para hacer desayuno y almuerzo para ella y las dos hijas con quienes vive. A las 6 baja del barrio Ciudadela Sucre, en Soacha, Cundinamarca, hasta la Ciudadela San Mateo, en un colectivo que le cuesta mil pesos; luego debe tomar un Transmilenio que le vale 1.700 para llegar a su trabajo en una casa de familia. Gasta en transporte 5.400 pesos cada día.

Como trabajadora del servicio doméstico debe hacer duros oficios de hogar, desde las 8 de la mañana hasta las 5 o 6 de la tarde. Todo a cambio de 20 mil pesos más el almuerzo. Cuando la fueron a contratar le dijeron que requerían de sus servicios todos los días pero que no la dejaban interna para no pagarle prestaciones ni seguridad social. Solo labora tres días por semana.

Los días en que Alba no va, cose con una máquina que pudo instalar en la pequeña habitación donde vive. Arregla cremalleras, trama pantalones y remienda camisas, gracias a la experiencia que adquirió trabajando por años en fábricas de ropa. Con lo que devenga por los dos trabajos responde por las necesidades de ella y sus dos hijas que cursan décimo y once grado.

La semana pasada, tuvo que hacerse unos exámenes médicos para el control de diabetes y colesterol, por los que pago 56 mil pesos, y compró unos medicamentos que le valieron 65 mil. No cuenta con seguro médico ni Sisbén; está desactivada porque le sale un puntaje muy alto, ante lo cual exigió que le hicieran una visita: “Necesito que vengan para que se den cuenta que dormimos en un par de colchones, que no tenemos ni televisor ni lavadora. Me dicen que me sale alto dizque porque vivo con mis cuatro hijos mayores y que ellos me dan todo, pero eso no es verdad”.

Primeros trabajos

Alba López es una mujer que aunque siempre tiene una sonrisa en su cara, no puede ocultar las cicatrices que le ha dejado su paso por la vida. Cuando tenía 15 años, con engaños fue llevada por una hermana desde Páez, Cauca, a Bogotá. La falta de oportunidades para iniciar estudios secundarios, el incremento de la violencia en su región y que su mamá no quería que quedara embarazada a temprana edad, fueron los motivos para sacarla de la región.

Su primer trabajo en Bogotá fue cosiendo en Confecciones Kinder. Allí estuvo ocho años, tiempo en el que aprendió lo suficiente para independizarse. Inició a producir desde su hogar haciendo muestras de diferentes prendas que le solicitaban, cosía todo lo que le pedían.

Así estuvo 15 años hasta que no aguantó más los pagos a destajo, no tener derecho a un seguro médico y prestaciones de ley. Cuando reclamó fue despedida y amenazada para que no demandara. Tampoco contaba con dinero para pagar un abogado.

Intentó trabajar por su cuenta para venderle a su antiguo jefe, Hervalco Ltda, pero nuevamente fue robada cuando no le pagaron una producción de pantalones. Luego, con mucha más experiencia, trabajó para otra firma donde -reconoce- sí le pagaban como se debía.

Trabajo por el deporte

Por haber trabajado tantos años sentada tiene problemas de cintura, riñones y espalda, lo que le dificulta producir desde la casa. Tuvo seis hijos a los que “saca adelante” pero le falta ayudar a dos a terminar estudios secundarios. Entre su prole solo hay un hombre que actualmente está en el Ejército, institución a la que ella misma lo llevó con el convencimiento de que aun en la guerra estará más seguro que en las calles del barrio donde vive. Explica que no hay oportunidades de trabajo, estudio, pero sí un constante crecimiento de pandillas, tráfico de drogas y grupos paramilitares.

Alba López es una mujer dinámica. Y para salirle al paso a sus apuros económicos decidió organizar campeonatos de microfútbol en el barrio, en los que decenas de jóvenes tienen la opción de practicar un deporte de manera competitiva. Dice que la actividad es de gran ayuda para ella y para la recreación de los jóvenes.

Tuvo que aprender sobre el reglamento de esa disciplina por lo que acudió a capacitaciones en la Alcaldía de Soacha. Cobra una inscripción, contrata árbitros de calidad, paga por la cancha, cobra por arbitraje, cobra por tarjetas y da premiaciones de millón y medio al primer puesto, 800 mil al segundo, al tercero 600 y al cuarto 300 mil. Cobra 100 mil por inscripción y participan más de 20 equipos. “Los vecinos me agradecen por los campeonatos porque la cancha es un lugar en donde se encuentran las pandillas para meter vicio. Pero cuando la tenemos ocupada en campeonatos no se pueden meter.”

Hace tres años le robaron lo que había recogido en inscripciones del campeonato y no tuvo cómo pagar la premiación. “Para no quedarle mal a los muchachos” se endeudó por tres millones de pesos. Actualmente debe pagar mensualmente 150 mil de solo interés. Por eso, sueña con que la junta de acción comunal le facilite nuevamente la cancha para volver a hacer los campeonatos, recrear a los jóvenes, pagar la deuda y seguir sacando sus hijas adelante.

“Es que en verdad no se justifica hacerle todos los oficios a una casa, como para que le paguen a uno 15 o 20 mil pesos”.

La organización

Por esa y otras tareas con la junta de acción comunal, la conocen en el barrio como una mujer emprendedora. De eso se han aprovechado los políticos de los partidos tradicionales: “Ellos llegaban, pedían ayuda, les colaboraba consiguiéndoles votos y después se olvidaban de nosotros. Me utilizaban”.

Desde hace unos meses, Alba asiste a reuniones de una organización sindical. Dice que ha encontrado un espacio para distraerse, informarse, aprender y ver que con un sindicato se pueden lograr avances en las condiciones de trabajo para las trabajadoras domésticas y los trabajadores en general. Comenta que gracias a la organización una de ellas logró que la liquidaran como se debía, pues le habían pagado 700 mil pesos menos. “Me da mucha tristeza no haber sabido antes de la importancia de la organización sindical, así no me hubieran robado, hubiera tenido cómo asesorarme”.

Está convencida de la necesidad de fortalecer ese proceso. Pues aunque a su edad y en las actuales condiciones del país ve casi imposible una pensión o unas mejores garantías laborales, Alba ha entendido que sus hijos y las futuras generaciones sí pueden tenerlas.