¿Quién le teme a la Constituyente?

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Miles de venezolanos han salido a las calles a manifestar su respaldo a la Constituyente.

El pueblo venezolano necesita una nueva institucionalidad, otro marco constitucional, que responda a las condiciones actuales para superar la crisis y la arremetida de la reacción nacional e internacional. Ese empecinamiento en defender la obra social de la revolución bolivariana, es lo que enfurece a la derecha de todos los matices

Alberto Acevedo

Nunca las clases dominantes, ni de adentro ni de afuera, reconocieron el derecho del chavismo a gobernar a Venezuela. En general, en ningún país del mundo, la burguesía le reconoce ese derecho a los sectores populares. La burguesía siempre se ha creído con el derecho a manejar los destinos de los pueblos y solo ellos pueden arrogarse la titularidad del disfrute de las prerrogativas que ello conlleva.

Desde 1811, con el Grito de Independencia del yugo español, hasta 1961, en Venezuela se promulgaron más de treinta constituciones. Antes del ascenso de Hugo Chávez al poder, los gobiernos dictatoriales y bipartidistas que lo antecedieron, se acompañaron de procesos constituyentes que respaldaran sus proyectos de gobierno. Pero en ninguna de esas versiones anteriores, se tomó en cuenta para nada la opinión de los de abajo, del pueblo raso.

Y a pesar de que algunos de esos procesos se concibieron  para empotrar en el poder gobiernos arbitrarios y autoritarios, jamás los sectores políticos tradicionales y algunos ‘progresistas’, armaron tanta escandola como ahora. ¿Por qué la incomodidad? Porque tanto la constituyente convocada por Chávez, como la de ahora, la de Maduro, conciben la idea, esa sí verdaderamente democrática, de que en ellas estén representados los verdaderos poderes populares, los sindicatos, los barrios, los campesinos, los estudiantes, las mujeres, las regiones.

Proyecto de nación

Pero además, porque la constituyente de Maduro, a diferencia de la de Chávez, se fija como uno de sus objetivos la construcción de un proyecto de nación, iniciativa para la cual no se daban las condiciones en el primer mandato de Chávez. Y porque además, a pesar de que la crisis ahora es más honda y la arremetida de la reacción más dura, precisamente por eso se requiere de un proceso constituyente que entregue al gobierno herramientas legales para defender el proceso de reformas sociales democráticas conocido como la revolución bolivariana.

Ese proyecto, por cierto, debe apuntar a salir de la crisis, como lo ha dicho la convocatoria. Y para ello debe definir una política territorial e institucional, que tome en cuenta la soberanía alimentaria, un desarrollo industrial democrático, tanto en el campo como en la ciudad, superar el modelo minero, petrolero y gasífero, es decir, extractivista,  y diversificar la economía.

Lo que ha demostrado el curso de la crisis en los últimos meses, es que la institucionalidad de 1999, cuando se aprobó la constituyente chavista, no es suficiente ahora para manejar la hondura de la crisis. Ni paliar la enorme capacidad de daño de la reacción nacional e internacional.

Y es ahí donde los círculos de derecha internacionales ven el peligro. De ahí su furia y encono. Porque saben que esta es una de las últimas oportunidades de detener el proceso democrático y revolucionario en Venezuela y recuperar sus viejos privilegios. Sobre todo, apropiarse de los riquísimos recursos naturales de esta nación, y feriarlos, al lado de las grandes empresas transnacionales, que van a llenar sus bolsillos, en detrimento del bienestar social del pueblo.

Lo que Venezuela representa

En este sentido, lo que define la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela es la contradicción entre la lucha por la supervivencia de una nación en desarrollo, y la política del sistema capitalista, que en su política de expansión, necesita destruir estados soberanos que reclaman su soberanía, para que reine el capital financiero.

¿Por qué le temen a la Constituyente de Maduro? Porque en los últimos 18 años Venezuela ha sido un ejemplo, para las fuerzas antisistema, anticapitalistas. Por su lucha en defensa de la soberanía nacional de los pueblos, que estimuló el surgimiento de procesos democráticos en otras naciones. Por su papel en el diseño de una integración regional contra hegemónica para los pueblos de América Latina, inspirada en el ideario emancipador de Bolívar y Martí.

En fin, por sus éxitos en la lucha contra la pobreza, la inequidad y la desigualdad social, por su reinserción en el nuevo orden mundial multipolar, como alternativa al sistema mundial hegemonizado de las grandes potencias, con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, Estados Unidos y la Unión Europea a la cabeza.

Este ejemplo emancipador incitó el odio de las oligarquías del mundo entero. Trump anuncia bloques económicos. La Unión Europea, hace lo mismo. El nuevo Mercosur, ahora con ropaje neoliberal, pide que se suspenda la Constituyente. Otro tanto hacen los Almagro, los Santos y toda la caterva de ‘demócratas’ de nuevo cuño.

Por eso Venezuela se encuentra en el centro de la batalla por la democracia verdadera. Está en el centro de la batalla contra los poderes globales, contra el capital transnacional. Venezuela enfrenta por ello una feroz agresión internacional, que tiene como único fin, derrotar la revolución bolivariana, apropiarse de sus recursos naturales y estratégicos, crear las condiciones para una intervención militar, y frustrar el camino de los pueblos del continente hacia la liberación nacional y su autodeterminación.

Derrotar a la derecha

La Constituyente convocada por Maduro debe imponer una nueva institucionalidad acorde con un proyecto de país, liberador, audaz y revolucionario. Intención que, por cierto, no se va a lograr en una semana, o en un mes, y seguramente los constituyentes populares deberán afrontar su tarea en el tiempo que sea necesario, seguramente el que resta de este año, o tal vez unos días más, para que se apropien de un  conjunto de iniciativas, del tamaño de la amenaza fascista que los ronda.

En este sentido, hay que permitir que se desaten las fuerzas creativas del pueblo venezolano, para que surjan iniciativas desde la base social, para enfrentar la crisis económica, social, el desafío de las guarimbas y contener la ofensiva de la derecha que ya ha pasado al plano del terrorismo desestabilizador.

La derecha venezolana está dispuesta a jugarse todas las cartas en esta semana que antecede a la elección de los constituyentes. La elección de magistrados al Tribunal Supremo de Justicia, el anuncio de un gobierno paralelo, el anuncio de un programa de gobierno que ejecutarían inmediatamente se deshagan del presidente Maduro, son indicadores de que el plan golpista va en serio. Y esos preparativos golpistas solo podrán ser detenidos con una fuerte movilización social del pueblo venezolano y el respaldo a la iniciativa de la Asamblea Nacional Constituyente, representativa de las reales fuerzas populares del hermano país.

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