“Que la palabra sea la única arma de los colombianos”

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El comandante Timoleón Jiménez estampa su firma en el Acuerdo de Paz.

Así dijo en medio de aplausos el comandante en Jefe del Estado Mayor Central de las FARC-EP, Timoleón Jiménez. Convocó a un gobierno de transición

El comandante Timoleón Jiménez estampa su firma en el Acuerdo de Paz.
El comandante Timoleón Jiménez estampa su firma en el Acuerdo de Paz.

Hernando López

El jueves 24 de noviembre de la semana pasada se realizó el acto solemne de la firma del Acuerdo Final de La Habana, en su nueva versión, después de las aclaraciones, precisiones y hasta modificaciones que sufrió el primer texto, suscrito en Cartagena de Indias, el 26 de septiembre pasado, debido al resultado adverso en el plebiscito del 2 de octubre del presente año cuando resultó favorecido, por estrecho margen, el “No” opuesto a la paz concertada por el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC-EP. “Durante más de cuarenta días nos pusimos la tarea de recoger, ordenar y atender las propuestas de ajustes”, dijo el mandatario en su intervención.

La ceremonia fue en el Teatro Colón del barrio La Candelaria de Bogotá, con la participación de los integrantes de las delegaciones de paz del Gobierno y la guerrilla de las FARC-EP, funcionarios gubernamentales, el cuerpo diplomático, miembros de los poderes legislativo y judicial, el Fiscal General de la Nación, dirigentes de los partidos políticos e invitados especiales. Fueron un poco más de medio millar los participantes. La organización de un día para otro fue desordenada, porque unas horas antes del comienzo del acto, algunos invitados estaban recibiendo las credenciales, sobre todo miembros de organizaciones sociales y populares, periodistas alternativos y otros no matriculados en las toldas oficialistas.

Baño de sangre

El acto fue sobrio, solo los discursos del presidente Juan Manuel Santos y el comandante Timoleón Jiménez después de la firma del documento, y una corta presentación artística a cargo de los Tambores del Cabildo de Cartagena, bajo la dirección de Cecilia Silva Caraballo. No tuvo la misma parafernalia de Cartagena de Indias tres meses antes. Tampoco irrumpieron el espacio aéreo los aviones Kfir que entonces atemorizaron a los numerosos invitados en el preciso instante en que intervenía el jefe de las FARC-EP.

La semana anterior había sucedido un baño de sangre en Cauca, Nariño y Meta cuando fueron asesinados varios dirigentes agrarios y humanitarios, algunos miembros de Marcha Patriótica, en acontecimientos minimizados por los funcionarios gubernamentales. Fue una antesala de violencia. Por cierto ni un solo renglón le dedicó el primer mandatario a un hecho tan delicado y amenazante para la estabilidad democrática. Aunque no fue aislado porque en los últimos años la guerra sucia contra la izquierda y sectores democráticos se adelantó a cuentagotas. Se entendió por qué el senador Álvaro Uribe Vélez dijo con ironía hace varios meses que el proceso de paz traería más violencia.

El único partido político que se marginó de la ceremonia histórica para el país y el mundo fue el Centro Democrático que agrupa a la ultraderecha que se opone a la paz y a la salida política dialogada. En la República Bolivariana de Venezuela la oposición derechista sabotea el diálogo con el gobierno bolivariano y, en Colombia, sus partners quieren impedir la refrendación e implementación del acuerdo de paz con el anuncio de un referendo contra este, de la revocatoria de los congresistas y hasta de un juicio político al presidente Santos. Ambas, en sus países, promueven el golpismo y tratan de abortar el afianzamiento de los cambios políticos y sociales.

Un logro democrático

No fue fácil llegar a este momento culminante de casi seis años de acercamientos, diálogos y negociaciones. Inclusive, la noche anterior, el miércoles 23 de noviembre, hubo un amago de crisis, porque los militares retiraron un párrafo que habían propuesto para subsanar lo que se dio en llamar “gazapo incómodo” y que hacía alusión a reabrir procesos a miembros de las Fuerzas Militares. Al tiempo querían reformular acuerdos ya pactados y que daban para una larga discusión a pocas horas de la ceremonia de la firma del documento. Una reunión en la Casa de Nariño, con presencia del presidente Santos, la cúpula militar y el abogado Enrique Santiago, logró zanjar la diferencia al filo de la medianoche.

El acuerdo de paz fue un logro de las fuerzas democráticas y el resultado del esfuerzo y voluntad política de las FARC-EP y del gobierno de Juan Manuel Santos con el respaldo de los países garantes y acompañantes, así como de la comunidad internacional.

El documento será refrendado en el Senado y la Cámara de Representantes en esta semana, como lo anunció el presidente Santos, y luego comenzará el proceso de implementación de conformidad con las responsabilidades y compromisos de las dos partes.

Acuerdo nacional

El presidente Juan Manuel Santos, en su intervención, anunció que convocará a un gran acuerdo nacional, el mismo que está contenido en el acuerdo final, con el objetivo de lograr la convergencia de todas las fuerzas políticas que respaldan la paz y se comprometan con la implementación de lo acordado en La Habana. El mandatario celebró el hecho de que las FARC como un partido sin armas pueda participar en elecciones con candidatos y proyecto político propio. “Serán los colombianos quienes con el voto lo apoyarán o rechazarán. Ese es el objetivo de todo proceso de paz. Que los que estaban alzados en armas las abandonen, reconozcan y respeten las instituciones y las leyes, y puedan participar en la contienda política en la legalidad”, dijo.

Anunció que el acuerdo será refrendado por el Congreso de la República con el control de la Corte Constitucional. Explicó que a partir del día D (cuando se produzca la refrendación) empezarán el desminado y la implementación de los demás elementos que componen el acuerdo. Explicó las metas y plazos para la ubicación de los guerrilleros en las zonas de ubicación en distintas regiones y la dejación de las armas. Destacó que “hoy hemos firmado, aquí en este escenario histórico, ante el país y ante el mundo, un nuevo acuerdo de paz con las FARC. El definitivo”.

En el mismo sentido, el comandante de las FARC-EP Timoleón Jiménez dijo que con el acuerdo no se imponen posiciones ideológicas o políticas, sino que se le pone fin de manera definitiva a la violencia. Hizo el llamado “para que la palabra sea la única arma de los colombianos”. Recalcó que “el pueblo está harto de la violencia” y recordó que, para llegar a este momento, “los colombianos vivimos más de siete décadas de violencia, medio siglo de guerra abierta, 33 años en procesos de diálogos, un lustro de debates en La Habana, el desencanto del pasado 2 de octubre y el más histórico esfuerzo por conseguir el mayoritario consenso nacional”.

Gobierno de transición

Timochenko convocó a un gobierno de transición nacional “cuyo propósito fundamental sea el cumplimiento de los acuerdos de La Habana, el cual debería estar integrado por todas las fuerzas y los sectores que han trabajado sin tregua por ello”. Criticó el asesinato de activistas y líderes sociales.

“No más asesinatos de dirigentes sindicales, agrarios o populares, de reclamantes de tierras, de activistas sociales o de opositores políticos de izquierda. No más amenazas ni hostilidades. Es inaudito que a estas alturas sigan cayendo guerrilleros de las FARC con extraños argumentos. Que las denuncias por violación de los derechos humanos sean pan de cada día. Que de todas partes broten quejas de las comunidades por los planes de ocupación militar por operaciones de erradicación forzada de sus cultivos pese a lo pactado”, reclamó el orador.

Pasado el mediodía culminó la ceremonia en la que por cuarta ocasión el presidente Santos y el comandante Timoleón estrecharon sus manos en señal de paz y reconciliación. Colombia está más tranquila, respira serena por el logro de un bien supremo como lo es la paz. En la otra orilla quedan los violentos, el grupo de resentidos, nostálgicos de la guerra y de la confrontación, que se oponen a los acuerdos de La Habana y a la nueva realidad de una guerrilla convertida en fuerza política sin armas.