El pueblo ha perdido hasta el miedo

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Movilizaciòn en Bogotá. Foto Gabriel Ramón Pérez.

Desde el paro cívico nacional de 1.977 han transcurrido 42 años de duras batallas por reivindicaciones políticas, económicas y sociales. Una parte de la población continúa animando los levantamientos contra un modelo económico de desarrollo (neoliberalismo) que es el principal causante del hambre y la miseria.

En el paro de 1977 los puntos que se agitaron fueron: El incremento de salarios, la congelación de los precios de los artículos de primera necesidad y servicios públicos, la suspensión del Estado de sitio, la derogatoria del Estatuto Docente, la libertad sindical y el derecho de huelga para los trabajadores del Estado, la entrega inmediata a los campesinos de las haciendas afectadas por el Incora, la Jornada laboral de 8 horas y el salario básico para los trabajadores del transporte y la suspensión de los decretos de reorganización del Instituto Colombiano de Seguros Sociales, ICSS.

El gobierno de López Michelsen había decretado el estado de emergencia y la inflación que estaba muy alta afectaba el poder adquisitivo de la población. Era apenas el comienzo del neoliberalismo en Colombia.

El pliego de exigencias reflejaba los intereses de un enorme conglomerado afectado por la inflación, que en luchas separadas no había avanzado en esas reivindicaciones, por lo cual se unificaron en torno a los ocho puntos relacionados. El gobierno calificó el paro de subversivo, y la acción fue atendida de forma violenta contra los trabajadores y la población.

Según historiadores, el paro fue el germen de unidad para la organización de los trabajadores en la ciudad y el campo; la ANUC, la ONIC y la propia CUT se fueron gestando en esa acción de masas.

No obstante, la lucha por esas reivindicaciones sigue vigente, los salarios no alcanzan (el tema del incremento salarial no está aún en el pliego de peticiones), las privatizaciones de la salud y de las empresas de servicios públicos avanzaron en gran medida y siguen enajenando los bienes sociales (holding financiero y otros).

El tema de la tierra no se desarrolla de conformidad con lo acordado en los Acuerdos de Paz, la salud (de mala calidad) ya está en manos de privados y es fuente de corrupción, los trabajadores estatales no tienen derecho a la huelga, la canasta familiar es inalcanzable debido a los bajos salarios, etc. Es decir, que siguen teniendo vigencia puntos no logrados en la jornada del 77.

El modelo de acumulación hoy globalizado (neoliberalismo) ha ido afectando a una población cada vez mayor, y por ello, los estallidos sociales se producen en muchas latitudes, la indignación creciente contra el capitalismo está en su fase de crisis.

Por esa situación vimos el levantamiento en Ecuador cuyas reivindicaciones siguen sin atender; Chile, país que nos mostraron como un modelo a seguir, se levanta contra un cuerpo de carabineros pinochetista y se mantiene; Haití lleva semanas de huelga general para deponer el gobierno antipopular; Panamá lleva varias jornadas de lucha en las calles, Venezuela resiste, Cuba sigue asediada por el imperio y resiste con dignidad, al igual que Nicaragua; México elige un gobierno democrático y popular igual que en Argentina y se proyecta un acuerdo comercial.

En fin, es la lucha de clases en todo su vigor, pero ahora en muchos frentes. Solo falta la coordinación requerida para que las batallas sean simultáneas y más efectivas en la construcción de un modelo alternativo de desarrollo, donde el centro de la política económica sea el ser humano.

Colombia no podía ser la excepción, el paro del 21N ha sido una manifestación de indignación inimaginable, estuvo antecedida de muchas reuniones y no se tenía la seguridad de que resultara tan significativa una acción que aún no termina.

Ahora mismo se desarrollan cabildos populares, asambleas de barrio, veredas, universidades y de localidades, que se han convertido en ejercicios pedagógicos en los que se explica el significado de las políticas neoliberales, y la necesidad de construir un futuro cuyo eje principal sea la felicidad de la población.

Extraordinaria ha sido la participación de la juventud, la que la oligarquía pretende dejar sin derechos. También están las mujeres y los maestros cuya guía ha sido ejemplar. Aún falta la vinculación con mayor vigor del campesinado y otros sectores a los que se convoca a vincularse, para mirar hacia el horizonte colmado de esperanzas en la construcción de una vida digna. Decimos, como el Che Guevara: “Seamos la pesadilla de quienes quieren arrebatarnos los sueños”.

6 Comentarios

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