A propósito de dos siglos de Independencia (II)

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Paso del ejército libertador por el páramo de Pisba. Óleo de Francisco Antonio Cano, 1922.

El genio de Bolívar, que nos condujo hasta el triunfo final de Ayacucho, no fue suficiente para hacernos naciones deslumbrantes, como lo soñaba en su carta de Jamaica

Gabriel Ángel
@GabAngel_FARC

Las guerras en Europa, que produjeron hondas repercusiones en América, se encargaron de configurar un panorama de transformaciones impensables treinta años atrás. A ello habría que añadir necesariamente la poderosa influencia de las ideas liberales de la ilustración. El marco era claro, el ascenso al poder de una nueva clase, la burguesía, que se consolidaba con su nuevo marco institucional. El capitalismo se configuró definitivamente en esta etapa.

Dejando al viejo sistema feudal en el pasado. Es evidente que en el mundo hay tendencias dominantes y que en ese momento en Europa se imponían en definitiva los comerciantes, banqueros y futuros manufactureros. Entre otras cosas porque en buena parte de sus países existían las condiciones materiales para eso. Otra era la situación de España y sus colonias, que, sin poder escapar al vendaval internacional, carecían de la base material para el capitalismo.

Contradicciones en América

Eso explica la extraña situación en que resultamos envueltos tras la independencia. En cuestiones políticas poseíamos el más avanzado de los regímenes, el republicano, una verdadera novedad, casi calcada de Norteamérica, aunque en materia económica y social nos hallábamos hundidos en el estático fango señorial. Económicamente, en nada nos parecíamos a Prusia, Francia o Inglaterra, aunque allá despertáramos enorme curiosidad por nuestro avanzado perfil democrático.

Esas contradicciones, entre otras muchas causas, habrían de condenarnos a las guerras civiles y el atraso que nos envolvieron durante el resto de siglo. El genio de Bolívar, que nos condujo hasta el triunfo final de Ayacucho, no fue suficiente para hacernos naciones deslumbrantes, como lo soñaba en su carta de Jamaica. La voluntad de los hombres, por más grande que sea su capacidad avizora, jamás será suficiente para conseguir lo que las condiciones objetivas niegan.

Sobre las revoluciones triunfantes

Es por eso que cuando se sueña con la revolución, es necesario reparar con la mayor frialdad en las condiciones reales que nos rodean. Un detalle más. Derrotada Francia por españoles e ingleses, Fernando VII, reconocido por el propio Napoleón, regresó al poder en España. Las cosas no eran como antes, entonces regía una Constitución aprobada en Cádiz en 1812, y el rey tuvo que jurar someterse a ella. Luego, sintiéndose fuerte, optó por desconocerla y volver al absolutismo.

Vencido finalmente Bonaparte en Waterloo, la Santa Alianza de las monarquías europeas juró impedir el triunfo de cualquier revolución contra su absolutismo. Bolívar lo vio claro, Fernando VII se vendría con todo contra sus colonias en guerra. De hecho, a fines de 1819, España tenía conformada la más grande flota, con un ejército de más de 20.000 hombres, para enviarla a América a retomar sus dominios. De nuevo el contexto impidió sus planes.

El coronel del Ejército español, Rafael del Riego, promovió un levantamiento militar que se propuso obligar a Fernando VII a cumplir su juramento de respetar la Constitución de 1812. En un par de meses, su ejemplo cundió por un sinnúmero de ciudades y pueblos de España, que a su vez se opusieron al envío de la flota a América. El rey fue obligado a respetar la voluntad popular. Y gracias a ello, Bolívar no tuvo que enfrentar el poderoso refuerzo realista.

Aquel levantamiento español de 1820 produjo la libertad de todos los encarcelados por la soberbia de Fernando VII y sus partidarios, entre ellos los prisioneros americanos como Antonio Nariño, que pudieron así regresar a su patria. Aún con el triunfo de Bolívar en Boyacá, aquellas liberaciones hubieran sido imposibles. Las revoluciones triunfantes requieren por ello de especialísimos espaldarazos más allá de sus fronteras. Revoluciones puramente locales no existen.

Reflexiones serenas

Ciertamente, sin unas condiciones concretas favorables en el plano internacional, ningún propósito profundamente transformador tendrá éxito. Eso no significa que, con base en una situación puramente local, podemos producir un sacudimiento mundial. El éxito requiere que las circunstancias existan realmente, crearlas en nuestra imaginación o leerlas con la óptica voluntarista conducirá finalmente a la debacle.

Son reflexiones que podemos derivar de la revolución de independencia americana, a propósito de la conmemoración del bicentenario. Los siglos XIX y XX amanecieron cargados de sucesos extraordinarios, de revoluciones y guerras que sacudieron a la humanidad entera. Debemos aprender de su resultado final. Soñar con repetir el despertar de esos siglos, desconociendo la realidad objetiva que nos rodea, equivale a lanzarnos torpemente al vacío.

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