El precio de no callar una violación

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Felicia Sonmez y Kobe Bryant.

La diferencia que existe entre quienes hoy solo hablan de la estrella del baloncesto Kobe Bryant, como el deportista ejemplar, y entre quienes intentan gritarle al mundo que detrás de una estrella también puede existir un machista que viola y una sociedad cómplice que calla, está en su adhesión al sistema patriarcal

Carolina Tejada Sánchez
@carolltejada

Hace apenas una semana, el basquetbolista Kobe Bryant murió en un accidente trágico. El helicóptero en el que se desplazaba se estrelló y, junto a él murieron seis personas, entre las que se encontraba su hija de 13 años.

En medio del acontecimiento, la periodista Felicia Sonmez, de The Washington Post, quiso recordar, a través de su red social de twitter, que la estrella de la NBA tenía una denuncia por violación sexual. El precio de este comentario para Felicia fue el ataque de varios jugadores y seguidores del deportista y la suspensión temporal del cargo. La suspensión generó rechazo del consejo de redacción del medio y la dirección decidió que Felicia siguiera en su puesto laboral.

Los tuits de la periodista consistían en resaltar una denuncia por abuso sexual de una joven de 19 años contra el deportista Bryant. La denuncia se dio en el 2003, la joven era empleada de un hotel de Colorado al que habría llegado el deportista, luego de una intervención médica. En el litigio, la estrella de baloncesto negó la acusación y aseguró no haber tenido relaciones con la joven, sin embargo, las pruebas de ADN en el cuerpo de la chica dijeron lo contrario y también demostraban otras agresiones físicas. Luego de la irrefutable evidencia, a través de un comunicado, el deportista reconoció haber tenido contacto con la joven, pero que había creído que el encuentro había sido consentido.

Semanas antes del juicio oral, la joven decidió no declarar. Ella fue sometida a un acoso social, hostigada por la denuncia y fue tildada de loca. Bryant quiso solucionar todo con una joya de cuatro millones de dólares.

La doble moral de una sociedad patriarcal

Haciendo un barrido de los medios que cubrieron la noticia relacionada con la muerte del deportista, pocos se atrevieron a hablar de la denuncia de violación, muy pocos incluso, hicieron un análisis sobre la suspensión de la periodista de The Washington Post.

Dos situaciones podemos observar en esta situación, por un lado, la doble moral de una sociedad, incluso de quienes hablan de hacer público, frenar o evidenciar el abuso sexual, de no ocultar que este es un problema social y que, por lo tanto, cualquier persona, como la joven de 19 años, no está exenta de ser violada y que cualquier hombre, en este caso un famoso deportista, también puede ser un violador. Para muchos medios y periodistas fue mejor y más cómodo limitarse a hablar de las capacidades del jugador, sus logros, los triunfos, incluso pensar en la falta que le hará al baloncesto mundial la adrenalina que se sentía al ver las jugadas de la estrella en la cancha. Cualquier epíteto menos aquel que “perjudica la imagen de la estrella”.

En una sociedad patriarcal, lo que menos interesa es incomodar la posición del patriarcado. Da más réditos hablar de estrellas, que nos lean por lo mucho que sabemos del buen deporte, que hablar de “locas” que denuncian violadores. Cómodo u oportunista, al fin y al cabo, a ninguna persona que se beneficie de este sistema, cualquiera que sea su posición, le interesa que este tema se comprenda como un problema social-estructural.

Por otro lado, no podemos dejar de notar cómo las relaciones laborales, que también atañen a periodistas, del medio que sea, están sujetas a las líneas editoriales, a su visión moral y política de la sociedad, a unas relaciones de poder en las que, la fuerza de trabajo de los empleados y empleadas, no solo pertenecen al medio, sino también su individualidad, y en donde una opinión política, incluso por fuera del medio, cualquiera que esta sea y que atente contra la línea empresarial, puede llegar a generar la pérdida del empleo, la cancelación del contrato, etc. Esta es una práctica propia del sistema capitalista en donde el patriarcalismo tiene un campo libre para jugar.

Los gritos que incomodan

Las dos situaciones, la de la joven violada y la de la periodista sancionada, los ataques que vivieron, las amenazas de muerte y el tratamiento de los medios de comunicación, son el reflejo de esa sociedad. Así como las empresas, de comunicación o no, buscan limitar los derechos de sus empleadas, censurándolas o abusando de sus necesidades laborales, de esa misma manera, los hombres bajo la misma cultura, actúan sobre ellas sometiéndolas o violándolas. Tal y como ocurrió con las dos mujeres, cuando se atreven a hablar, ellos saben que hay un sistema que los cobija, que ellas son presa fácil, serán sometidas al escarnio público, las llamarán locas y, muy seguramente desistirán de una denuncia o de una marcada posición política en defensa de su integridad.

La situación no es menos penosa cuando los mismos periodistas, incluso los que se hacen llamar críticos, se cohíben de hablar de la violencia de género, de mencionar el sistema patriarcal, pues suena incómodo a los oídos de muchos, y es mejor no incomodar. Entonces, se evita hablar del tema, de cómo a las mujeres en la vida social, política e incluso en el mundo del espectáculo se les invisibiliza, mal pagas o reducidas y menospreciadas en su profesión. Siempre encontrarán una excusa que los saques del apuro ante la crítica de no tocar el tema, el tiempo, el espacio, el clima, etc.

Aquí no hay normas, ni ética, ni responsabilidad social, los machos se salvaguardan bajo la estrategia de la caballerosidad, de la pretensión de buenas personas, en el fondo y de manera soterrada reproducen el sistema, y el papel es el mismo, pasan por encima de ellas y salvaguardan el prestigio y la posición cómoda de la que gozan los hombres.

Por fortuna, para las mujeres esa situación ha ido cambiando poco a poco. El valor de muchas al denunciar hechos de violencia de los que son víctimas, de recordarles a la sociedad el suelo que están pisando y las majestuosas movilizaciones que exigen igualdad de derechos para todas, el respeto por su cuerpo, por su humanidad, son parte de esa labor. Una labor que no ha sido gratis, que es gracias a su intento de despatriarcalizar el mundo en el que viven, una labor descomunal, una lucha social, política y cultural, y en ese propósito no desestiman el papel del hombre en una brega por relaciones sociales igualitarias.

Esa es la primera diferencia que marca una distancia entre quienes hoy solo hablan de la estrella como el deportista y de quienes intentan gritarle al mundo que detrás de una estrella también puede existir un machista que viola y una sociedad cómplice que calla.

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